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Ver a los políticos discutir de cargas virales, confinamientos obligatorios y números de reproducción básica (R0) me llena de ternura. Incluso si un político insinúa que Pedro Sánchez es capaz de provocar una epidemia, está planteando una cuestión interesante, porque ¿cómo se hace eso? Que un brote de hantavirus se politice no es malo en sí mismo. Es solo que yo preferiría que la discusión política fuera otra: ¿cuántos recursos deberíamos dedicar al estudio de los virus potencialmente peligrosos? ¿Qué tipo de proyectos de investigación debemos apoyar? ¿Cómo atraer inversión privada a esos proyectos? Si los políticos están tan preocupados por el hantavirus como aparentan estos días, que empiecen a buscar la pasta.
En el siglo XVI, México sonaba más a Sheinbaum que hoy. Oriundo de Lituania, el primer apellido de la presidenta Sheinbaum comienza con un sonido sh que existía también en el consonantismo del español antiguo y que se escribía con la letra x. El nombre náhuatl del territorio de México incluía también ese sonido; los españoles lo asociaron con el propio, y de acuerdo con la ortografía de la época, lo representaron con x. Así, México, dixeron y páxaro sonaban como “Méshico”, “disheron” y “pásharo” hasta el inicio del siglo XVII y se escribieron con x.
El Tribunal Supremo está llamado a “lo más grande”, como diría el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Balas. Su historia se escribe en paralelo a la de España: del conflicto en las Cortes de Cádiz a las causas contra Miguel de Unamuno o los juicios por el 23-F y el procés. En consonancia, cada procedimiento se vive con solemnidad y, cuando la ocasión lo merece, se abren las esbeltas puertas del Salón de Plenos. También para el caso Koldo, a pesar de las “señoritas” y las “chistorras”.
“Vivero de ruina con oficio de cantera”. El arquitecto Ignacio Gil Crespo se acoge al análisis que el crítico de arte Juan Antonio Gaya Nuño utilizó a principios de los años cincuenta para calibrar la salud de los castillos españoles. “Cuando visitas una población donde el castillo está un poco arruinado, es muy fácil ver en las casas algunos de sus trozos”, describe el especialista, miembro de la comisión del Plan Nacional de Arquitectura Defensiva. Aunque hoy el estado general de las fortalezas sigue siendo, en general, ruinoso, algunas cosas han cambiado en este último siglo. “Llevamos 800 o 1.000 años de abandono y 100 de sensibilización y restauración”, precisa. Sin embargo, en el paisaje nacional —indisociable de torres, murallas, almenas y barbacanas— sigue pesando la falta de información. Para evitar la progresiva muerte de las fortificaciones, el país debe saber primero cuántas hay y dónde están, pero los sucesivos intentos de contabilizarlas, clasificarlas y precisar su estado de conservación aún no han llegado a completarse. “Todavía no hay un inventario definitivo, muchas veces no se sabe ni que están”, lamenta Gil Crespo.

Una mujer le advierte nada más llegar: “Estás en la casa de los vecinos”. Es la asociación vecinal Villa Rosa, en el distrito de Hortaleza. Reyes Maroto (Medina del Campo, 52 años) dice que es donde quiere estar, en los barrios. La exministra de Industria, Comercio y Turismo aterrizó en la capital como portavoz del PSOE, el tercer partido de Madrid en número de votos, en 2023. Entonces era una desconocida, la nueva, venida directamente de Moncloa. Ahora, asegura, eso ha cambiado y no se ve en otro sitio. La semana pasada confirmó su candidatura para las elecciones municipales de 2027.


Desde que Irán comenzó a lanzar misiles y drones contra los países árabes del Golfo en represalia por el inicio de la ofensiva bélica de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica, el 28 de febrero, la mayoría de impactos contra blancos civiles, como aeropuertos, infraestructura energética y zonas residenciales, quedaron a la vista de todos. Sin embargo, el daño a objetivos militares estadounidenses en la región pasó desapercibido.
Abeer Murad, una mujer de unos 30 años y madre de dos niños pequeños, vive en una tienda en el centro de Gaza desde el primer mes de la guerra, después de perder su casa en el barrio de Sheikh Radwan, en Ciudad de Gaza. Dice que los roedores han pasado de ser una simple molestia a convertirse en una fuerza que domina hasta los aspectos más pequeños de la vida cotidiana. “Tenemos que cargar en brazos a nuestros hijos para protegerlos, y al mismo tiempo intentar salvaguardar lo poco que queda de nuestras pertenencias”, afirma.

A veces, la resistencia consiste simplemente en cruzar los brazos. El 13 de junio de 1936, hace ahora 90 años, Hitler visitó el astillero Blohm und Voss de Hamburgo. El dictador todavía no había alcanzado el zenit de su poder y la intensidad de la represión había bajado un poco porque se aproximaban los Juegos Olímpicos de Berlín —uno de los momentos más vergonzosos de Occidente, cuando las democracias del mundo le bailaron el agua a un régimen racista y antisemita, que ya había aprobado las leyes de Núremberg, el primer paso hacia el Holocausto—. Sin embargo, muchas costumbres habían cambiado en Alemania: ya no se decía buenos días, sino Heil, Hitler, algo así como “larga vida a Hitler”. No hacerlo era sospechoso y, sobre todo, muy peligroso, como lo era no celebrar el cumpleaños del tirano, no tener un retrato suyo bien visible en casa o mantener a judíos como amigos. Estos mínimos gestos podían convertir a alguien en sospechoso y acabar en alguno de los seis campos de concentración que las SS mantenían en Alemania: Dachau, Sachsenburg, Lichtenburg, Columbia-Haus, Esterwegen y Sachsenhausen.

Dice Irantzu Varela (Portugalete, 1974) que es menos mala de lo que parece y más lista de lo que debería. Achaca lo primero a su planta imponente, su voz ronca y su vehemencia, aunque con su locuacidad aleja cualquier temor. Lo segundo, lejos de ser un problema, la ha convertido en una de las voces más relevantes del feminismo en España. Ahora publica su primera incursión en la narrativa de ficción con Darle fuego a Bilbao (Continta me tienes), un libro con espíritu punk, cargado de activismo, fiesta y mucho amor.
Auspiciados por la libertad que ofrece la alfombra roja de la Gala del Met, donde se alienta a todos los invitados a subir las escaleras del museo neoyorquino vestidos de la manera más extravagante posible, cada vez es más habitual ver a las celebridades masculinas aprovechando la ocasión para salirse de la cómoda tradición de sastrería a la que están acostumbrados. En sus versiones más extremas, la edición del pasado lunes acogió al actor de la serie Más que rivales Hudson Williams vestido de torero por Balenciaga; al puertorriqueño Bad Bunny, vestido de Zara y envejecido 50 años; y al cantante Sombr envuelto en una nube de flecos de Valentino.