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Hace poco más de un año, en marzo de 2025, el Congreso aprobó la Ley de Prevención de las Pérdidas y el Desperdicio Alimentario. El objetivo de esta nueva normativa es “la prevención y reducción de las pérdidas y el desperdicio de alimentos por parte de todos los agentes de la cadena alimentaria”, lo que obliga a las empresas a contar con un plan para disminuir las pérdidas, gestionar los recursos de forma más eficiente y fomentar la donación y redistribución de los alimentos. Aunque la ley entró en vigor en abril de 2025, se dio a las empresas un año de plazo para cumplir de forma obligatoria con las medidas que exigía, y ese plazo se cumple mañana, 3 de abril de 2026.

Si en los momentos de tormenta es cuando más se tiende a recordar a Santa Bárbara según el dicho popular, cuando la gasolina y el diésel se disparan vuelven las preguntas de cómo se conforman sus precios o por qué cuestan tanto. Lo primero es el plano general. En el combustible que se vende en las estaciones de servicio en España pesan principalmente tres factores: el margen bruto de la distribución, el coste que afrontan las empresas por adquirir el petróleo o el derivado refinado (gasolina o diésel) y los impuestos.
No hubo novedades en el esperadísimo discurso de Donald Trump sobre la guerra contra Irán. Tampoco nuevos ataques contra sus aliados de la OTAN, contra los que había arremetido horas antes. La “importante actualización” no fue más que eso, una actualización para pedir paciencia; una repetición un poco más ordenada de lo habitual de sus declaraciones de los últimos días: que apenas faltan dos o tres semanas para acabar el conflicto, que se han alcanzado los objetivos militares y que el estrecho de Ormuz se abrirá “naturalmente” una vez hayan cesado las hostilidades. Tendrán que ser otros países quienes se encarguen de garantizar el tránsito.
La imagen hace enmudecer a cualquiera. Un cohete descomunal se levanta lentamente hacia el cielo en completo silencio, en una tarde de clima perfecto, mientras espesas nubes y brillantes llamaradas salen de su cola. Pasan segundos eternos hasta que se escucha el primer rugido de los motores, después transformado en una atronadora sucesión de explosiones mientras la lanzadera está ya muy alta en el cielo azul, y los periodistas gritan y vitorean a los cuatro tripulantes de la primera misión a la Luna en más de medio siglo.