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Cuando el escándalo de los cribados estalló en octubre de 2025 y se descubrió que la sanidad pública andaluza había dejado desatendidas a 2.317 mujeres que necesitaban una prueba para aclarar si sufrían cáncer de mama, solo un restringido grupo de personas sabía que todo pudo haberse evitado gracias a un documento. Se trataba de un plan, desvelado por EL PAÍS el pasado viernes y propuesto en 2023 por los radiólogos del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla —de referencia para más del 90% de las afectadas—, que alertaba de los retrasos que acumulaban las pruebas diagnósticas y proponía medidas concretas para reducirlos. “Todo fue rechazado. La respuesta fue que no había recursos ni se podían hacer contratos”, lamentan ahora fuentes del centro.
De qué hablamos cuando decimos que alguien “canta bien”. Qué es cantar bien. Espinosa cuestión, y más hoy, cuando el recelo entre generaciones no parece admitir ni sosiego ni posiciones intermedias. Existe unanimidad en afirmar que a Maria Callas se le daba bien eso de abrir la boca y emitir sonidos. Igual que a Frank Sinatra, Mercedes Sosa o Beyoncé, esta última para disfrutar en la actualidad. Pero ese susurro rugoso y penetrante de Leonard Cohen, ¿lo podemos considerar bajo ese prisma de la excelencia? Aquí es cuando comienza el verdadero debate. El caso es que existe una corriente ruidosa, abundante y, digámoslo también, de gustos clasicotes que considera que Bad Bunny, la estrella más grande del pop actual (lo sentimos, Taylor Swift), no anda ducho en esto de la afinación, la entonación y la proyección vocal. Solo hay que sumergirse en los comentarios de los artículos que este periódico publica sobre el puertorriqueño para comprobar el encendido intercambio de opiniones que suscita el tema. Algo ha cambiado después de sus ya célebres 13 minutos en la Super Bowl, pero no lo básico. Recogemos el sentir de muchos comentarios en este: “Qué gran espectáculo, qué bofetón a Donald Trump, qué valentía… Pero sigue cantando mal”.
Su romance parece sacado del argumento de una comedia romántica con un ligero poso de drama. Contaría la historia de dos actores que, ya adultos, intentan abrirse camino en una industria que los recuerda sobre todo por el éxito descomunal que alcanzaron en la infancia. Dos antiguos niños prodigio que tratan de huir de un pasado tan profesionalmente glorioso como emocionalmente complejo y que terminan encontrando en el otro un espejo en el que reconocerse y, quizá, también curarse.
“Nunca me iría con chicas jóvenes. Cuando lo veo en otros amigos míos, me parece un poco ridículo. A mí me encantan las mujeres de mi edad”, dijo Ernesto Sevilla, de 47 años, en el podcast Moderneces. Raquel Córcoles, conocida como Moderna de Pueblo y conductora del programa, tildó de “increíbles” sus declaraciones. “Me parece motivo de orgullo que hombres de referencia digan que les parece ridículo salir con chicas mucho más jóvenes, porque deslegitima un poco algo que sigue siendo habitual (y más en hombres famosos)”, reflexionó después Córcoles.

La guerra en Irán ha vuelto a recordar a Europa su elevada vulnerabilidad geoeconómica como importador neto de combustibles fósiles, lo que significa que episodios de elevados precios de la energía como el actual se trasladan con rapidez a la inflación y el crecimiento se ve debilitado. En este contexto, Bruselas ha decidido abrazar definitivamente la energía nuclear como un elemento estratégico. La decisión se enmarca en el camino de la Unión Europea hacia la independencia estratégica y llega en un momento en el que el mundo está especialmente ávido de energía por el elevado consumo de gigavatios de los centros de datos y la inteligencia artificial.
Desde hace ya unos cuantos años, cuando quiero decir “semáforo”, me suele salir la palabra “ascensor”. Las primeras veces me asusté un poco, pues lo creí signo irreversible de un cómico deterioro mental. Pero pasó el tiempo y todas las palabras, menos esas, seguían en su sitio. Así que lo dejé correr, como tantas absurdas peculiaridades que uno descubre sobre sí mismo para divertimento de los demás. Un día, sin embargo, le comenté el caso a una amiga, y me dijo que a ella también le pasaba. Así que busqué en Google: había hasta un grupo de Facebook de gente que confundía las palabras. Al poco, coincidí una noche con el periodista Antonio Martínez Ron. Y él escribió un extenso artículo en elDiario.es. Habló con dos neurocientíficos, con una experta en psicolingüística, con una psicóloga; menos mal que no me cobró la consulta. Así pude enterarme de que a veces nuestro cerebro sabe lo que quieres decir, pero activa una palabra cercana o disponible en su red. No es aleatorio: suele pasar con palabras que comparten algo. El fenómeno es curioso porque cuando una palabra se cuela en lugar de otra, tiende a repetirse: el cerebro ha creado una asociación temporal y lo vuelve a hacer durante un tiempo. Ese diccionario mental, el lexicón, es una red enorme donde están guardadas todas las palabras que conocemos y la información sobre ellas. A Martínez Ron le dijo el neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga que hay neuronas individuales que se activan ante un concepto concreto. Que puede asociar una neurona a Jennifer Aniston y establecer una relación de la actriz con la torre de Pisa, de tal forma que las neuronas se superpongan y se crucen las palabras. Uno estudia el discurso político triunfante, el que fundó Trump con aquella ironía suya (“podría disparar a alguien en la Quinta Avenida y no perdería votantes”) y puede pensar que, en lugar de humor negro, lo que había hecho es confundir “Quinta Avenida” con Irán y los que vengan, “alguien” con “miles”, y tener al mundo despistado con sus vaivenes geopolíticos cuando en realidad habría que descifrar su averiado lexicón.
Algunas de las cosas que pasan no se explican con complicadas teorías ni grandes premisas. No hace falta rebuscar en tratados internacionales ni darle demasiadas vueltas, porque esas cosas son de una desnudez que asusta. Se entienden a pesar de los voceros que dicen que nosotros no podemos comprenderlas, que no las comprenderemos jamás. Pero nosotros las sabemos: claro que las sabemos.
“#FelipeVI”, “#Borbón” y “#FelpudoVI” escalaron este martes a la lista de temas más comentados en X a propósito de las recientes declaraciones del Monarca sobre “los abusos” cometidos por España en la conquista de América. En una conversación pretendidamente informal, pero ante las cámaras de la Casa del Rey, y previa consulta al Gobierno, el jefe del Estado se refirió ante el embajador mexicano en la visita a una exposición excluida de su agenda pública a las “controversias morales y éticas” de los métodos empleados por los conquistadores españoles. El comentario dura apenas dos minutos, pero las redes sociales se lanzaron rápidamente a posicionarse absolutamente a favor o absolutamente en contra.
Cuando Matthew Lieberman comenzó a estudiar el dolor social en los años 90, muy pocos de sus colegas compraban la idea de que la falta de habilidades sociales, el aislamiento, la soledad, en fin, pudieran provocar en quien lo sufre un dolor comparable con los achaques físicos. Tras una pandemia biológica, y otra de soledad que llegó después, las teorías de Lieberman (Atlantic City, EE UU, 56 años) le han convertido en uno de los investigadores más influyentes del mundo en su disciplina, con más de 58.000 citas académicas. Su libro Social, publicado en inglés en 2013, llega ahora al español (Capitán Swing) en un momento en que sus tesis resultan más relevantes que nunca: pocos dudan de que la soledad es uno de los grandes males de nuestro tiempo, aupada por la polarización, las redes y una inteligencia artificial que empieza a sustituir —con resultados inciertos— las conversaciones que antes teníamos con otros humanos. Lieberman habla con EL PAÍS por videoconferencia.
El domingo, la Guardia Civil detuvo en Pedreña, en Cantabria, a un hombre de 52 años. Él había llamado el sábado para decir que se había encontrado a su pareja muerta en casa. La autopsia reveló que la muerte de Mercedes, de 64 años, había sido un asesinato. En esa relación, Mercedes no interpuso nunca una denuncia, como no lo hicieron 1.054 de las 1.356 mujeres asesinadas desde 2003 por sus parejas o exparejas, por distintos motivos ―como la vergüenza o el miedo a esos agresores o a no ser creídas por las instituciones―; sin embargo, él sí tenía antecedentes por violencia machista. Dos, con condena firme: en 2011 y 2019, en Madrid. Ese hombre había estado dos veces en el Sistema VioGén, el de seguimiento de las víctimas y sus agresores, y ambos estaban ya inactivos. ¿Por qué lo estaban? ¿Cómo se decide?