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Leo que hace 25 años de la publicación de La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, y recuerdo unas declaraciones del autor que Carles Geli reprodujo en este diario a raíz de su muerte prematura; de ellas se desprende una imagen poco halagüeña de la sociedad literaria española. “No hay nada ahí que pueda interesarme”, decía Zafón. “Para mí es exactamente como la asociación de amigos de la zarzuela”. También decía: “Todo lo que se dice en esos ámbitos es por intereses disfrazados de principios”. Y también: “He tenido la buena fortuna de poder pasar de todo eso. El supuesto mundillo literario es 1% literario y 99% mundillo”. Y también: “La literatura española es un gueto de mediocridad, aburrimiento, pretensión y pose”. Y también: “La crítica literaria es un búnker de los sesenta al que la gente ha pasado por encima”.
Mi pariente joven me miró divertido e hizo un gesto con las manos imitando el aletear de una mariposa. “Es que pusimos una planta hospedera y se llenó de mariposas”, me explicó su madre, el rostro a contraluz, una belleza del siglo XIX, la piel blanquísima, los pómulos marcados, mientras le daba el pecho a otro pariente aún más joven recostada en un sofá. Lo dijo como si yo supiera qué es una planta hospedera, como si todo el mundo tuviera una planta hospedera en su casa, entonces me aclaró que es una planta en la que sobre todo las mariposas suelen poner sus huevos, que la plantaron adrede en el jardín, que un día vio allí una mariposa, que al día siguiente la planta estaba repleta de larvas que al poco tiempo fueron, ellas también, mariposas, y que todo eso había pasado allí, a 10 metros de donde estábamos, en un patio donde hay también una canoa y una larga mesa de madera y una parrilla y plantas de toda clase incluyendo cactus —lo cual hace que después de determinada experiencia que involucró a mi pariente joven y a un trozo de cactus me mantenga lejos de ese sitio si voy acompañada por cachorros humanos; la vigilancia no me sale bien—, y me dije: “Vivimos en mundos distintos. Este es hermoso”. Ahí estaba mi pariente joven haciendo el gesto del aleteo, sonriente, rubio y azul, con todo el aroma del sueño plácido brotándole de la piel de durazno, contándome sin hablar que había presenciado el milagro inconcebible de una planta llamadora de la fertilidad, con toda su familia vibrando alrededor como un cuerpo ambarino en la mañana fría, los pies dentro de sus pantuflas con cara de conejo o de oso —no me fijé bien—, juguetes desparramados sobre la mesa y el piso, planes de ir al parque o a la calesita o a donde sea, porque todos los planes son buenos cuando uno tiene ocho meses o cuatro años y padres que construyen recuerdos para el futuro apelando al mundo, recuerdos hechos de la magia de las cosas.
En estos días de promoción de Prácticamente magia 2, Sandra Bullock, protagonista y ahora también productora, con Nicole Kidman, de la película sobre las Owens, una familia de brujas, recordaba cómo en 1998, cuando se estrenó la primera parte, los días frente a los micrófonos no fueron tan placenteros como ahora. “No fuimos bien recibidas porque éramos demasiado brujas, demasiadas mujeres, demasiado en general”, ha recordado la actriz en varias entrevistas. Las críticas en los medios especializados fueron implacables y la taquilla, un fiasco. “Pero aquí estamos, y qué suerte tenemos de seguir para poder cosechar los beneficios y las recompensas de nuestro trabajo. Resulta que hicimos algo bonito, simplemente llegó 28 años demasiado pronto”.

En los bajos del número 7 de la calle Bordador Rodríguez Ojeda, en el centro de Sevilla, unos carteles alertan contra la masificación turística y el desvalimiento de los vecinos ante la desidia del Ayuntamiento hispalense por no reprimir una especulación que se extiende sin control por toda la ciudad. Pero los mensajes también evidencian el empeño de las 20 familias que residen en él para impedir que los locales que ocupan el patio interior del inmueble se conviertan en nueve apartamentos turísticos, con solárium y piscina, con capacidad para 44 personas, casi las mismas que habitan allí.

Se hace llamar Bravotron para preservar su identidad en internet. Su eslogan: en la capital sobran terrazas para tomar cervecitas y faltan bancos para descansar. “Muchas personas mayores no pueden y/o no quieren estar en un bar, pero les gustaría poder sentarse en las cercanías de su vivienda disfrutando de su barrio”, razonaba este ciudadano en 2024, cuando planteó en el portal de participación municipal de Madrid que es necesario aumentar el número de bancos de la capital. Dos años después, sorpresa. El Ayuntamiento ha escuchado. Quiere gastarse más de un millón de euros en comprar un mínimo de 1.602 bancos, según consta en el portal de contratación capitalino. Aunque el asunto puede tener truco: no todos ellos serán destinados a poner nuevos asientos en zonas que carecen de ellos, pues también se usarán para sustituir a aquellos instalados hace años y que ya no cumplen con la ley de accesibilidad.

Si l’heu vist alguna vegada, segur que us heu fixat en ella. Mabel Olea (Lleida, 1997) té una imatge fascinant i, alhora, una mica inquietant, a mig camí entre un personatge de pel·lícula coreana de terror i una artista mexicana d’una altra època. Prima, amb uns ulls enormes i una llarga cabellera negra, la coreògrafa i ballarina té una presència escènica incontestable. Gran amant de la contorsió i la dislocació, la Mabel és també un imant de mirades. El juliol passat va estrenar la seva darrera creació al festival Grec (Cut one’s teeth), és la responsable del moviment de L’òpera de tres rals (que inaugura la temporada del Teatre Lliure) i participa en La bola negra, l’esperada pel·lícula de Javier Ambrossi i Javier Calvo. Hem conversat amb ella sobre Lleida, dansa, filosofia, humor i Instagram.

