Home Investigacion en Intelligencia Artificial y Desarrollo de Algoritmos Desarrollo de Energia Nuclear y Avances en Fisica Nuclear Innovacion en Tecnología de Vanguardia
“Mira, ahí lo pone: 1966”. El padre de Rafael Jódar, también Rafael, se acerca a la estatua conmemorativa y profundiza en los orígenes históricos del Club de Tenis Chamartín, fundado hace 60 años por un grupo de amigos que se reunían en la Ciudad Deportiva del Real Madrid y que decidieron comprar unos terrenos al norte de la ciudad, dentro de la almendra central de hoy. “Esto es nuestra casa, vivimos aquí”, dice el hombre, que una hora antes empujaba un carrito cargado de pelotas en la pista 13 mientras llovía a cántaros. Bajo la cubierta, un esquema básico: él, su hijo y un compañero. Nada más. Una escena absolutamente extraordinaria en el paisaje tenístico actual, donde los tenistas viven rodeados de satélites allá por donde van.
La sede de la federación española sigue radicada en Barcelona, pero el protagonismo de Madrid es creciente. Paula Badosa se ejercitó en su momento en la capital (Ciudad de la Raqueta) y también lo ha hecho la gallega Jessica Bouzas. Tras el cambio de residencia, lo hace el veterano Pablo Carreño.
El caso de Mérida es especial. El madrileño, de 21 años y 86º de la ATP, se moldeó fundamentalmente en el Club Atlético Montemar de Alicante, aunque desde hace dos años compite para el Chamartín. “Hemos intentado captar el talento de Madrid, aunque no se hayan formado aquí”.
Linares Corral habla del “orgullo de pertenencia” y apunta que además de los tres jugadores citados, su club ha logrado reunir a otros oriundos como Álex Moro, Miguel Lamas o Sergi Pérez Contri. “Tenemos un grupo de ocho o diez profesionales y que son de aquí”, especifica.
Además del tenis, en el Chamartín se practican la natación y el pádel, e históricamente ha acogido en sus pistas a Fernando Verdasco, Pato Clavet, Guillermo García-López, Tita Torró o Silvia Soler. Por el Grand Prix también pasaron Emilio Sánchez Vicario, Sergi Bruguera o Àlex Corretja.
De 1996 a 1998, precisa la página web del club, se celebraron los Open Villa de Madrid Trofeo Páginas Amarillas contando con la presencia estrellas como Mónica Seles, Jana Novotna, Mary Joe Fernández, Gabriela Sabatini, Arantxa Sánchez Vicario o Conchita Martínez, entre otras.
Hay un tipo de foto que desarma incluso al más fotogénico: la foto de carnet. Ese retrato de unos 32x26 milímetros sin artificios iguala a todos, anónimos y famosos, ricos y pobres, guapos y feos. Todo el mundo necesita una en algún momento y se somete al mismo ritual de sentarse erguido frente al flash con un semblante tan neutro como el fondo de detrás. Hay quien sale bien parado y quien no se siente representado, pero en el caso de las celebridades sucede un fenómeno extraño. Acostumbrados a verlas siempre deslumbrantes y producidas, tener acceso a este pedacito de su intimidad es como conocerlas en su esencia más pura, más honesta, más real. “Hemos fotografiado a más de 800 famosos y ninguno vino acompañado de asistentes, maquilladores ni gente de relaciones públicas diciendo: ‘Haz esto, haz lo otro’. Simplemente, eran ellos mismos”, comenta por videollamada Philip Sharkey (Londres, 60 años), último dueño de Passport Photo Service, el estudio fotográfico londinense más frecuentado por las estrellas.

Es 2026 y parece increíble que a estas alturas se siga hablando de mitos obsoletos como los de buena madre o mala madre, “cuando son términos que hacen mucho daño, porque la mayoría de las mujeres intentan hacerlo lo mejor que pueden o lo mejor que saben”, explica a EL PAÍS Iria Marañón (Madrid, 49 años), periodista, filóloga y autora de cuatro libros sobre maternidad y feminismo. El último es Somos revolución, somos feminismo (La esfera de los libros, 2025), en el que invita al lector a descubrir qué es el feminismo, a identificar las desigualdades de género que siguen existiendo y a disfrutar aprendiendo de la historia de las mujeres y “cómo tanto chicas como chicos tenemos el poder de cambiarla”.
Un año después de haber estado en un buen hotel habrá olvidado casi todo menos el olor. Esa fragancia diseñada para hacerlo sentir por un tiempo un mortal levemente superior al resto habrá quedado almacenada en algún rincón de su hipocampo con un 65% de precisión, según apuntan algunos estudios. El día que regrese, reconocerá de inmediato la sensación: ha llegado a un sitio que huele a caro —olor a rico—, que se dice ahora en TikTok, así que alguien se hará cargo de usted por unos días siempre que su tarjeta de crédito también huela a rico, o al menos a persona solvente con disposición a gastar dinero.
El año 2026 puede convertirse en el año de las grandes salidas a Bolsa si el conflicto en Oriente Próximo no dinamita la confianza de los inversores. La esperada llegada al parqué de compañías ligadas a la inteligencia artificial como SpaceX, OpenAI y Anthropic está despertando un gran interés entre inversores y gestores de activos y forzando a los proveedores de los grandes índices bursátiles mundiales a estudiar cambios en la composición de selectivos como el S&P 500, el Dow Jones o el Nasdaq 100 para facilitar su incorporación. Una pequeña revolución de carácter técnico que encierra un claro objetivo: atraer a estas grandes compañías a sus respectivos mercados y dar respuesta a la elevada expectación. Tras años de reinado de las siete magníficas —Nvidia, Apple, Microsoft, Alphabet, Amazon, Meta y Tesla—, Wall Street se prepara para acoger nada menos que a diez magníficos.
Todo comenzó en 1935. Massachusets. La empresaria y cocinera Ruth Graves Wakefield regentaba una casa de huéspedes y restaurante llamado Toll House Inn. Se comía bien, se dormía mejor, pero, por encima de todo, se tomaban unos excelentes postres. Un día, sin más pretensión que hacer unas galletas diferentes, Wakefield añadió trozos de chocolate a la masa, la metió en el horno, pero... ¡los pedazos no se fundieron! Lo que a priori fue un error, se convirtió en una genialidad y una adicción. Así, nació la Toll House Chocolate Crunch Cookie, la primera galleta de chocolate crujiente de la historia.

Sus padres se dedicaban al cereal, a lo que él define, como se cataloga ahora, agricultura heroica, aquella en la que no entraban las máquinas sino el trabajo manual. Algo de lo que él hace ahora tiene también un cierto punto de heroicidad. Abel Buezo (Salinillas de Bureba, Burgos, 61 años) tenía 35 años cuando decidió —de esto hace 26— compatibilizar su actividad empresarial en una comercializadora de cereal con otra faceta, la de bodeguero. No tenía viñedo, pero sí sabía que en la comarca de Arlanza —en el oeste de la provincia de Burgos—, desde el siglo X —cuando los monasterios de la zona se encargaron de descubrir las virtudes de las uvas de la región—, había habido vides plantadas. Esa actividad se fue abandonando en los años cincuenta del pasado siglo debido al gran éxodo rural que se produjo con la expansión industrial, que requería abundante mano de obra. Además, la estructura de los viñedos —en su mayoría parcelas muy pequeñas, con variedades dispares de uva— tampoco favorecía el desarrollo de una zona vinícola, por lo que los agricultores acabaron pasándose al cultivo del cereal.



Los primeros cuatro meses del año se saldan con una avalancha de despidos en las grandes empresas. El sector tecnológico, parte de la banca y la consultoría están recortando personal. Entre los diferentes motivos esgrimidos por las firmas, la implementación de inteligencia artificial (IA), o la necesidad de reorganizar sus estructuras por el impacto de esta tecnología, destacan como los argumentos más repetidos. Los expertos dudan sobre si realmente la IA es capaz de aportar tanta productividad como para prescindir de tanta gente. Todavía hay quien alega que la IA no es lo suficientemente hábil como para sustituir su trabajo. La mala noticia es que, capaz de aportar productividad real o no, las empresas echan mano de ella para justificar unos despidos que ya se están produciendo.

Si quieres enterarte antes que nadie de todo lo que se cuece puedes suscribirte a nuestra newsletter y recibirás el menú semanal de El Comidista en tu correo cada viernes. Aquí tienes toda la información.






No tiene el mismo efecto regañar al travieso de la clase que castigar al alumno ejemplar, aunque sea con un tirón de orejas. Por eso, la decisión del Pentágono de retirar 5.000 soldados de Alemania, que hasta esta semana, cuando su canciller dijo que Irán estaba “humillando” a Estados Unidos en la guerra, lo había hecho todo bien en términos de no enfrentarse abiertamente a Washington ―como sí ha hecho España―, se ha sentido con fuerza en toda la OTAN. Este sábado, el republicano elevaba su órdago y aseguraba que no se limitará a sacar a 5.000 soldados. “Vamos a reducir drásticamente y vamos a recortar mucho más de 5.000”, ha sostenido en declaraciones a la prensa en Florida.