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Dos grandes cañones de bronce presiden la entrada principal del Emirates Stadium de Londres, donde este martes (21.00, Movistar+) Arsenal y Atlético de Madrid se juegan el pase a la final de la Champions League. Las simbólicas piezas de artillería que son la seña de identidad del club londinense han envejecido mejor que un coliseo que fue vanguardia cuando fue inaugurado en 2006 como relevo del entrañable Highbury Park.
El pasado sábado, ante el Fulham (3-0), 45 minutos fueron suficientes para que Mikel Arteta comprobara que Bukayo Saka (Londres, 24 años) estaba ya en plenas condiciones para liderar la tormenta que espera desatar este martes sobre el flanco izquierdo del Atlético de Madrid. Matteo Ruggeri y previsiblemente Ademola Lookman lidiarán con el extremo internacional inglés que ha reavivado las esperanzas de su entrenador de poder terminar la temporada con un título que le reivindique. El Arsenal puja por la Premier League codo a codo con el Manchester City y está ante la oportunidad histórica de alcanzar su segunda final de la Liga de Campeones y el regreso de Saka ha supuesto un alivio para Arteta. Para Thomas Tuchel, su reaparición también ha sido una gran noticia con vistas al Mundial.

Gil Manzano estiraba en el vestuario de Cornellà con su cuadrilla. En 12 minutos iba a llevarse el silbato a la boca y a pitar el comienzo del partido entre el Real Madrid y el Espanyol, un encuentro crepuscular donde uno se jugaba el descenso y el otro, el honor y una supuesta humillación por el posible pasillo al Barça en la siguiente jornada. Y entonces, en una realidad paralela, las cámaras de El Chiringuito captaron a Mbappé bajando por la escalerilla de su avión privado con esa suerte de riñonera cruzada, tan del agrado del seguidor de curva del PSG, y con su pareja actual. Llegaban tranquilamente de una escapada. Y aquí alguien decidió que era un buen momento para colgarle el muerto.
Una moqueta vieja, cuatro paredes empapeladas de amarillo con motivos geométricos y un falso techo plagado de fluorescentes. Hace siete años, una fotografía de lo que parecía un antiguo almacén irrumpió en la polémica web 4chan. El espacio era anodino, familiar, pero ese minimalismo tan crudo producía una sensación de extrañeza que atrapó en seguida a los usuarios. Sobre esa fotografía se construyeron leyendas que advertían del riesgo de quedar atrapado en un laberinto formado por infinitas estancias similares a esa almacén. El fenómeno se bautizó como backrooms, en español se traduce como trastienda, e inauguró el interés por los llamados espacios liminares.
“Escribí a cinco directores generales y me contestaron cuatro”, dice Ben Horwitz, estudiante de la Escuela de Negocios de Harvard. Los directores generales no suelen contestar a emails de desconocidos. Les pedía, además, tomar un café o que fueran a una reunión con estudiantes, nada muy importante. Pero Horwitz tenía un truco: había creado una pequeña app que imitaba el estilo de estos ejecutivos al escribir, con erratas, sin saludos, apenas una línea con seis, ocho palabras. Y funcionó.
“Un buen grito o castigo a tiempo siempre funciona”. Esta frase aparece en conversaciones de parque, en sobremesas familiares, en comentarios lanzados casi sin pensar cuando un niño desafía un límite una y otra vez. Como si, en el fondo, todavía necesitáramos creer que la firmeza, entendida como dureza desmedida, es la manera más eficaz de educar. Pero basta observar con algo de perspectiva la vida cotidiana en casa para ponerlo en duda.

Cuando el calendario anuncia el cambio de estación, las horas de luz se alargan y los planes al aire libre se multiplican. Dentro de casa, el jardín pasa a convertirse en la estancia favorita. Se convierte en el espacio perfecto para todo: desde desayunar hasta leer, o simplemente para desconectar al sol.










Manuel Alonso, con 66 años, llegará este martes por su propio pie a la sala de vistas, acompañado por su abogado, y se sentará de nuevo en el banquillo de los acusados como presunto responsable de la muerte de dos presuntos sicarios colombianos. Los dos hombres asaltaron su finca de Los Naranjos, en Alhaurín de la Torre (Málaga), para robarle la droga que supuestamente escondía, debajo de las jaulas de los animales exóticos que le entregaban los agentes del Seprona tras sus incautaciones y que él después vendía. Aquel doble crimen ocurrió el 25 de abril de 2009: dos certeros tiros de su escopeta acabaron con la vida de Derian José Morales Feria (36 años) y Eduard Andrés Gómez Tabares (25 años).

Hace 20 años Marbella saltó por los aires. Desde entonces, nada es lo mismo en la Costa del Sol. La Operación Malaya contra la corrupción urbanística acabó con un sistema de incumplimiento sistemático de la legalidad que nació con la llegada de Jesús Gil a la alcaldía y acabó con la detención de un centenar de personas. Aquel trabajo policial supuso la disolución del ayuntamiento, primera y única vez que esto ha sucedido en democracia. También un antes y un después para todo el litoral malagueño, que dos décadas más tarde ha conseguido liberarse de la imagen de corrupción, pero se enfrenta a nuevos retos ante un crecimiento que parece infinito. Entre ellos, la escasez de recursos naturales, los problemas de movilidad o el crimen organizado. De fondo, la falta de vivienda y la masificación turística, que va ya mucho más allá del verano en estos casi 150 kilómetros de urbanización continua donde viven 1,3 millones de personas. Y cuyo nuevo centro de gravedad se ha desplazado hacia Málaga, paradigma de este litoral.



El 4 de mayo de 2015, nos dejó Soledad Cazorla Prieto, la primera fiscal de sala especializada en violencia contra las mujeres. Su trayectoria estuvo marcada por una convicción firme: que la justicia debía mirar de frente a la violencia contra las mujeres. Pero también por una intuición que durante demasiado tiempo no ocupó el lugar que merecía en el debate público: que las víctimas de la violencia machista no eran solo las mujeres asesinadas o maltratadas, sino también quienes estaban a su lado.