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La falta de ambición del próximo presupuesto europeo presentado por la Comisión Europea se ve con nitidez en un punto: la mayoría de Estados miembros recibirán menos dinero para la financiación de políticas tradicionales de la UE como la agraria o la de cohesión. A España, por ejemplo, le corresponderán unos 73.890 millones, un 12% menos que en el periodo actual, sin tener en cuenta las cantidades que están llegando por el Fondo de Recuperación. Para Italia o Francia, el recorte es similar, en cantidad y porcentaje, según un informe interno del Parlamento Europeo al que ha tenido acceso EL PAÍS. Del recorte solo escaparían Estonia, Malta, Suecia, Finlandia y Croacia si estos números no cambian sustancialmente tras las negociaciones entre los propios países y con la Eurocámara, que deberían estar listas a finales de este año.
En Semana Santa, podemos optar por salir a las procesiones, quedarnos en casa para ver clásicos ultrarrepetidos como Ben-Hur o aprovechar los días festivos para ponerse al día con series que hemos ido dejando o que todavía estamos a tiempo de descubrir. En el equipo de Televisión de EL PAÍS hemos hecho una selección de series accesibles en plataformas según lo que os guste para disfrutar relajados en estas fechas.


Son las 21:47. Miras el reloj. Vibra. “Te faltan 2.134 pasos para alcanzar tu objetivo”. Y, de repente, el día ya no parece tan productivo.
Flaco favor le hace a la ley de eutanasia la gula informativa que se ha generado en torno al particular caso de Noelia Castillo. Mezclar su biografía personal, cargada de desamparo, violencia y abandono, con su deseo final de someterse a la eutanasia activa ha provocado que muchas personas confundan la función real de la ley. El texto legal no ampara el suicidio ni mucho menos la solución a una depresión o la infelicidad, sino que se circunscribe a casos de enfermedad incurable y dolor que impide la vida digna, y por ello se rechazan un amplio número de solicitudes. Además, en el caso de Noelia se ha descuidado contar algo que es de gran importancia. En primer lugar la inverosímil relación entre una asociación de fortísima carga ideológica y el padre de la muchacha, no precisamente, según la propias palabras de ella, alguien cercano y atento. Esa colaboración, sobre la que no se ha profundizado, ha permitido una interrupción de casi dos años al proceso. Y aún amenaza a los responsables del departamento médico-jurídico que se encargó del dictamen, en lo que es, de hecho, una obstrucción a la ley. La persecución de los servidores públicos sirve de aviso y amenaza a los que colaboran con quienes emprenden este duro trance.
Estoy harta de vídeos virales de misóginos acosando a chicas de fiesta. Sabía que la reacción antifeminista había llegado con ganas de sangre, pero nunca imaginé que lo que más funcionaría en redes fuese ver a chavalas en la pista o en la puerta de una discoteca aguantando a ineptos apuntándolas con las linternas de su móvil. No es un material difícil de encontrar. Son clips de la machoesfera que acumulan millones de visionados y cada vez hay más. Las suelen acechar en manada, con un manfluencer liderando y tres o cuatro de sus minions móvil en mano grabando vídeos en directo que después serán troceados y esparcidos por toda plataforma posible.
Donald Trump siempre ha dicho muchas cosas. Su verborrea le hizo pasar de empresario a estrella de la telerrealidad, y de ahí a la Casa Blanca en dos ocasiones. En las últimas cuatro décadas, al mundo nunca le ha faltado la oportunidad de saber la opinión de Donald Trump acerca de absolutamente todo. El problema es que de la palabra del presidente de Estados Unidos se espera una prudencia y una precisión acordes con el inmenso poder que conlleva lo que dice. Todos los jefes de Estado comprenden esta responsabilidad. Trump nunca se ha preocupado por darle ese peso a sus afirmaciones, y nunca en sus años en el poder eso ha quedado tan en evidencia como con sus declaraciones sobre la guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán.

Los jóvenes son cada vez menos feministas. En España, entre los menores de 30 años, más de la mitad de los hombres y casi cuatro de cada diez mujeres creen que el feminismo se utiliza como herramienta política de manipulación. La tendencia es global: según una encuesta de Ipsos realizada en más de 30 países, la mayoría de los centennials cree que la promoción de la igualdad entre hombres y mujeres ha ido demasiado lejos. Quizá sea la paradoja que afecta a las revoluciones eficaces: cuando sus demandas se institucionalizan, el conflicto que las impulsaba pierde fuelle. No se extinguen por fracaso, sino por victoria. Para muchos jóvenes, las batallas del feminismo pertenecen a un pasado difícil de concebir —que en España la violación dentro del matrimonio no empezara a perseguirse penalmente hasta 1989 les resulta algo tan moralmente remoto como el trabajo infantil— aunque apenas hayan pasado una o dos generaciones. Y lo mismo les pasa con sus textos clásicos. Leer a Betty Friedan defendiendo en The Feminine Mystique (1963) que el matrimonio debe ser una elección y no el destino inevitable de las mujeres, les produce una sensación de anacronismo similar a la que generan los textos abolicionistas del siglo XIX: necesarios en su momento, pero superados.
El ITCM (Instituto Transnacional de Conceptos Maniqueos) calcula que solo en España el último año se usó el término “sentido común” en prensa escrita 345.678 veces, lo que representa el 60% del total europeo y el 10% del mundo, donde curiosamente Estados Unidos ha estado a la cola, porque allí ya no necesitan darle vueltas a lo prudente en términos colectivos. Un tiro en la cara por parte de un señor vestido como un oficial de las SS o una invocación al rezo de un presidente que dice tener línea directa con Dios están reemplazando al debate público como método para determinar qué políticas son las mejores para el bien común. En otras regiones del mundo occidental, sin embargo, donde todavía personajes como Torrente Presidente son ficción y se mantienen vivos los rescoldos del fuego democrático con el fuelle de la redistribución de la riqueza y las nociones de educación y sanidad pública universales, algunos reaccionarios han logrado convertir precisamente el término “sentido común” en su caballo de Troya. Apelando a él desatan pánicos morales que acaban haciendo que los más mayores del lugar se líen y confundan lo que se ha hecho siempre con lo que es justo y ayuda a la gente que lo necesita. Por ejemplo, el otro día el director de cine Santiago Segura apeló al “sentido común” para decir que la actriz Bibiana Fernández es una mujer “porque se lo ha ganado”, pero no así las personas trans que han conseguido estar a gusto con su identidad de género gracias a la ley que se aprobó en 2023. A él le parece que su afirmación es no solo progresista sino de cajón y auguró que mientras la izquierda de este país no se pliegue a su definición de cordura, estaremos todos abocados a un loco panorama en el que los hombres piden ponerse nombre de mujer para entrar en los baños de señoras a delinquir. El ITCM ya ha advertido en varias ocasiones que solo hay una muletilla que obligue más a la precaución que el sentido común de marras: flaco favor. Si la lee, póngase a cubierto