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Vi el otro día algo que me chocó de una forma un tanto absurda. Sobre el parqué del Kaseya Center de Miami, Luka Doncic, estrella de Los Angeles Lakers, y Carlos Alcaraz, número uno del tenis mundial, compartían impresiones mientras miraban al suelo y se tocaban el hombro con esas palmaditas que solo se le da a alguien con quien no tienes suficiente confianza. “¿Cómo estás?”, “¿todo bien?”; son algunas de las frases a las que recurrieron para romper el hielo. No tengo pruebas, pero tampoco dudas. El brevísimo encuentro, en cualquier caso, precedió a una foto de los dos juntos, y cómo no, unas horas más tarde, a la difusión de la misma en las redes sociales de los protagonistas. Lo que de verdad me dejó pensando, no obstante, no fue el encuentro entre dos estrellas del deporte mundial, sino el efecto del irremediable paso del tiempo.

Había una canción en la infancia de Mar Álvarez que “no pronosticaba nada bueno”. Jugaba con sus amigas a completar las frases del tema: “Un lunes antes de almorzar / una niña fue a jugar / pero no pudo jugar / porque tenía que…" “¡Planchar!”, decían en el patio del colegio. Y repetían el verso con cada uno de los días de la semana y la última palabra “siempre era planchar, coser, barrer, cocinar, lavar, tender…”, cuenta ahora Álvarez, con “un pie en los 50 años”. Recuerda que en aquel coro se miraron las unas a las otras y se dieron cuenta del mal augurio para ellas. Y no fueron las únicas. Más tarde, en la década de los 90, algunas jóvenes en Estados Unidos, hartas de la misoginia, buscaron empoderar a las mujeres a través de la cultura popular.

¿Qué condicionantes territoriales y orográficos tenían de partida las ciudades de Madrid y Barcelona? ¿Cómo han evolucionado demográficamente o económicamente? ¿Qué retos afrontan para superar las desigualdades o la crisis de la vivienda? ¿Se tomaron decisiones políticas erróneas en el pasado que todavía arrastran en cuestiones como la densidad urbana? Son asuntos que plantea Barcelona/Madrid, por un diálogo crítico, un libro que acaba de publicar la histórica Universidad Federico II de Nápoles, y que firman el geógrafo barcelonés Oriol Nel.lo y el arquitecto madrileño Agustín Hernández Aja.
Cuando era pequeña era costumbre aplaudir al terminar las películas. En lo físico aplaudíamos a la pantalla, pero en lo emocional se aplaudía una historia. A finales de los noventa los aplausos empezaron a desaparecer, quizás porque también lo hicieron las grandes salas, sustituidas por multicines. Tal vez el público empezó a ser consciente de que aplaudir a una pantalla no tenía mucho sentido; quizás fue que la gente dejó de ir al cine como había dejado de leer o de ir a salas de espectáculo.
Y, de pronto, la revolución. La semana pasada, Nvidia volvió a sacarse de la manga una de esas tecnologías que, sobre el papel, prometen cambiarlo todo y, en la práctica, dejan un reguero de dudas difícil de ignorar. Se llama DLSS 5 y es la nueva evolución de la tecnología de reescalado de vídeos digitales de la empresa (Deep Learning Super Sampling). El caso es que significa un cambio importante respecto a versiones anteriores: mientras que DLSS 2, 3 o 4 se centraban en mejorar el rendimiento generando más resolución (o más frames) en un vídeo, DLSS 5 introduce algo mucho más ambicioso y peliagudo: el uso de inteligencia artificial para crear partes de la imagen en tiempo real. Es decir, no solo mejora lo que el juego ya ha renderizado, sino que añade detalles como iluminación, materiales o incluso pequeños elementos visuales mediante IA. El resultado es un cambio profundo que se puede ver a simple vista.
Mariam terminó sus estudios de comadrona en 2021, cuando los talibanes retomaron el poder en Afganistán, pero ni siquiera pudo recoger su diploma. “No permitieron que las estudiantes recibiéramos el título en un acto de graduación. Nos dejaron fuera de la foto. Hasta hoy”, explica a este periódico. Mariam, que prefiere usar un nombre falso para esta entrevista, tampoco ha podido ejercer ni un solo día debido a los edictos emitidos por las autoridades de facto y aunque en su país haya una acuciante necesidad de matronas.
La doctora en Filosofía Kate Manne (Australia, 1983), cuyo trabajo se centra en filosofía moral, social y feminista, ha querido desde niña ser más delgada. Confiesa que llegó un momento en el que entendió que lo que odiaba no era tanto su cuerpo, sino la forma en la que le hacía sentir vulnerable: ser menospreciada, ridiculizada y denigrada. “Sabía mejor que nadie que la respuesta al acoso y al abuso no es cambiar a las víctimas, sino dirigirse a quienes tengan la culpa y, en última instancia, cambiar el sistema”, escribe en Irreductibles. Cómo hacer frente a la gordofobia (Capitán Swing, 2026).
En el momento álgido de la pasada noche de los Oscar, Paul Thomas Anderson (Los Ángeles, 55 años) subió al escenario para recoger la estatuilla a mejor director por Una batalla tras otra, la gran ganadora de la gala con seis premios. En su discurso de agradecimiento mencionó a Maya Rudolph (Gainesville, 53 años), su pareja desde hace casi 25 años. “Cualquier escritor sabe que o bien pides perdón o bien tu agradecimiento especial va dirigido a tu familia y a las personas con las que compartes techo, que soportan lo que significa vivir con un escritor”, dijo. “A Maya”, concluyó. Esa noche, la actriz, conocida en Estados Unidos sobre todo por sus años como cómica en Saturday Night Live, también se subió al escenario durante la ceremonia, en su caso para presentar el premio a mejor banda sonora original. Lo hizo junto al reparto de La boda de mi mejor amiga, película que protagonizó en 2011 y que este año celebra su 15º aniversario —un cómico momento que los fans no han desaprovechado para pedir una secuela del filme—. Este título sigue siendo uno de los más recordados de la intérprete, que pausó su carrera durante una época para poder dedicar más tiempo a su familia.
Madrid se ha convertido, casi sin querer, en un unicornio europeo: ese ejemplar rarísimo cuyo valor proviene precisamente de su excepcionalidad. Una ciudad idílica y, además, barata. Para los ricos, claro está. La revista inglesa Monocle, que cada año publica su ranking de calidad de vida, calificó la capital española como la segunda ciudad más habitable del mundo en 2025, solo por detrás de París. En 2015, ocupaba el puesto 16. El salto no es menor. Madrid es, según la publicación, la mejor ciudad para la salud, gracias a “un equilibrio favorable entre vida laboral y personal y una comida deliciosa”.
Cuando el consejero delegado de Netflix, Ted Sarandos, acudió al senado de EE UU en febrero para defender su propuesta de fusión con Warner, una de las justificaciones recurrentes con las que quiso rechazar la acusación de ser un monopolio fue repetir que Youtube era el verdadero rival a batir: “Ya no son vídeos de gatitos. Es televisión”, explicó al comité político. Trataba de argumentar así que ningún estudio de Hollywood se acercaba al poder de esa empresa, subsidiaria de Google, pese a que, en esta guerra del streaming a dos bandas, muchas veces la dejaran fuera. La compra al final no salió adelante por la inflada propuesta de Paramount a Warner, pero ahí quedó clara cuál es la lucha real entre los titanes de la nueva televisión: Netflix contra Youtube. Y, curiosamente, ambas se parecen cada vez más entre ellas.