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“Nunca se acaba el peligro, no hace más que cambiar de forma. Tendremos que luchar de nuevo, y acaso después otra vez, antes de que se haya terminado”. Así se expresaba en las páginas finales de Odessa el coronel de los servicios secretos israelíes que habían logrado conjurar el peligro de los cohetes letales tipo V2 puestos a disposición de Nasser por la secreta organización nazi. La famosa novela de Frederick Forsyth (la más popular del autor después de su Chacal), publicada en 1972, transcurría en 1963, y ha hecho falta medio siglo para que la observación de aquel coronel israelí —“tendremos que luchar de nuevo”— se haga realidad. Como dice en la secuela, La venganza de Odessa (Plaza & Janés, 2026), el protagonista de la novela original, Peter Miller, el hombre que destapó la existencia de la maligna organización y que vuelve a aparecer, con 93 años, para ayudar a su nieto en una investigación similar a la que hizo él: “Era obvio que Odessa volvería. Lo cierto es que nunca se fue. No del todo”. O como reza la publicidad del libro: “Los nazis nunca fueron derrotados, solo esperan su momento”.

Son las diez de la mañana en Nueva York. Rufus Wainwright comparece puntual a la videollamada para esta entrevista, pero deja la cámara desconectada. “Aquí todavía es temprano y aún no estoy visible”, dice su voz desde la zona oscura de la pantalla donde aparece su nombre. Está inmerso en una breve residencia en el café del hotel Carlyle, donde, durante cinco días, interpreta canciones que aparecen en I’m a Stranger Here Myself. Wainwright Does Weill, su reciente disco de versiones grabado en directo con la Pacific Jazz Orchestra. “Descubrí la música de Weill con 13 años. En realidad, lo que vi fue una portada en la que una mujer, con una imagen muy poderosa y unos dientes horribles, fumaba un cigarro. Era Lotte Lenya. Compré el disco por aquella portada. Luego, al escucharlo en casa, caí rendido ante las ambientaciones musicales creadas por Weill”.

En las antípodas del más anodino de los cubos blancos, el CAAC de Sevilla y el C3A de Córdoba son dos arquitecturas cargadas de identidad. De un lado, la Cartuja sevillana, sede principal del museo sevillano a la espera de su próxima ampliación, y del otro, el edificio de Nieto y Sobejano en Córdoba, de un sobrio y elegante neobrutalismo. Ambos centros públicos, dependientes de la Junta de Andalucía, cierran ahora una etapa tras la marcha de su responsable desde 2023, Jimena Blázquez, y el anuncio de un concurso público para la nueva dirección. Queda, como balance provisional, una última tanda de exposiciones muy afinada, con cuatro artistas poco expuestos en los grandes museos y unidos aquí por un marco común en el que conviven imágenes sacras, materias híbridas y ruinas contemporáneas.
La próxima semana, Rosa Montero, presidenta del jurado, anunciará los cinco finalistas del premio Aena de Narrativa Hispanoamericana y el día 8 de abril se fallará en Barcelona. Como era previsible por su diseño y dotación (un millón de euros para el ganador, 30.000 euros para cada uno de los cuatro finalistas), la presentación de este galardón ha producido una cierta sacudida en el mundo cultural de España y América Latina. Esta sacudida ofrece una oportunidad para reflexionar serenamente sobre el mecenazgo, entendido como la aportación voluntaria de recursos económicos de empresas y ciudadanos a actividades culturales, científicas y educativas que complementan —no sustituyen— las actuaciones públicas.
“No sé cómo pronunciar su nombre: Pitarch”, dijo a su manera Thierry Henry este miércoles en una tertulia televisiva. “Me fijé en él con atención esta noche. ¡Qué partido! Corría por todos”, comentó sorprendido el exdelantero francés después del Real Madrid-City. A falta de saber qué papel puede tener cuando las estrellas regresen de las lesiones y cuáles son los siguientes pasos de este joven aún tierno (18 años), Thiago Pitarch mostró dos cualidades que escasean, y mucho, en este Madrid: no dejó de pedir el balón en las zonas más calientes, y no paró de recorrer kilómetros para presionar y ofrecerse.
Joan Laporta acostumbra a desayunar en el Europa Café, muy cerca de su despacho en la Diagonal, próximo también a su domicilio y a cinco minutos del Camp Nou. La compañía y la duración del almuerzo dependen de si el hoy candidato a las elecciones azulgranas ejerce de abogado o de presidente del FC Barcelona. La tarea de ejecutivo es más rápida y solitaria mientras que la de directivo suele ocupar más tiempo y reunir a más gente, la mayoría vinculada al Barça.
Subestimar al Madrid es una mala idea. En esta ocasión el golpe sobre la mesa fue mayúsculo, porque no lo esperábamos. Nos aferrábamos a cosas de orden antiguo: al compromiso histórico, a los valores esenciales donde habita la identidad. Y debe ser verdad que en todo eso hay un poder secreto.
Me muestran en internet la intervención de Kevin Spacey en la Universidad de Oxford contándole a un grupo de estudiantes, con la expresividad y el estilo que identifican a los grandes intérpretes especializados en Shakespeare, cómo los estudios de cine y el circo mediático arruinaron definitivamente su carrera y su vida, aunque hubiera sido declarado inocente por los jueces tras la denuncia por acoso sexual que le puso un señor. Y también recuerda la tragedia de Fatty Arbuckle, el actor mejor pagado del cine mudo, al que el veredicto de los jueces declaró inocente de lo que había sido acusado. Ya daba igual. Te borrarán del mapa si creen que tu presencia y tu trabajo podría perjudicar a su gran negocio. Eso ocurre en Hollywood y en la Conchinchina.
Dos crisis se ceban sobre miles de personas: la de la vivienda y la de la soledad. Los efectos de la primera se han extendido a prácticamente todas las franjas de edad, aunque son los jóvenes los que más sufren el impacto: retrasan su emancipación —hasta los 30 años, una de las más altas de la Unión Europea— por los altos precios de los alquileres. La segunda afecta a las personas mayores que viven sin compañía, muchas veces con pensiones ajustadas y con una sensación creciente de soledad y aislamiento social, una amenaza para la salud, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).