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La presidenta del Banco Central Europeo (BCE), Christine Lagarde, confirmó este jueves lo que era un secreto a voces: su marcha anticipada de la institución el próximo mes de febrero, en vez de octubre de 2027, como estaba previsto. Lo que ha precipitado la decisión ha sido la complicada situación política que atraviesa su país, Francia, en vísperas de unas elecciones presidenciales la próxima primavera que pueden llevar por primera vez a la extrema derecha al Elíseo. Lagarde asegura “no poder permanecer neutral” en esta campaña, como le exigiría su cargo, aunque ha dado a entender que ella no es candidata. La salida de Lagarde activa una remodelación de la cúpula del BCE. Y permite que las capitales pacten los nombramientos de la principal institución financiera de la eurozona al inicio de un ciclo electoral que marcará el rumbo del continente.

Cuando los estadounidenses voten en las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre, los europeos esperarán con inquietud los resultados. Es comprensible que, después de casi dos años de abusos del Gobierno de Trump, estén ansiosos por un cambio de rumbo. Un buen resultado de los demócratas transmitirá una señal política importante, incluido el deseo de mejorar las relaciones con los aliados hoy menospreciados. Sin embargo, los europeos harían bien en moderar sus expectativas sobre los cambios que va a haber en la práctica, porque se tardará tiempo en reparar el daño causado.

Todo se quedó antiguo de repente: la visita al cardiólogo, la revisión de la caldera de gas, la cita con la fisio o el podólogo. Se quedó antigua la partida de cartas de los miércoles, la comida familiar de los jueves, el vermut con los amigos de los viernes y hasta el texto que tenía uno preparado para esta esquina del periódico se quedó de súbito obsoleto. Al principio, cuando apenas sabíamos, las cosas se iban quedando antiguas muy despacio, pero después de los primeros muertos la vida entera se quedó de golpe suspendida, antigua, igual que el tráfico rodado y los semáforos y el mobiliario urbano. La tarta de cumpleaños que tenías que recoger también se quedó antigua, se infartó, lo mismo que el siglo XXI. En los hospitales, los niños nos nacían antiguos y velábamos en los tanatorios cadáveres pretéritos.

Con un saldo insoportable de vidas rotas, la tragedia ferroviaria de Toledo nos devuelve de golpe a la más cruda realidad: no podemos normalizar que viajar en transporte público se convierta en un acto de fe frente a fallos evitables y cadenas de negligencias. Confiamos en una red que, ante la primera brecha, delega toda la responsabilidad en el factor humano bajo presiones incomprensibles. La modernidad de un país no se mide solo por la velocidad de sus trenes, sino por la firmeza con la que prioriza la seguridad por encima de cualquier urgencia operativa. Exigir transparencia y responsabilidades hasta el final no es solo una deuda con las víctimas y sus familias, sino la única manera de rescatar la confianza en unas infraestructuras públicas que hoy nos duelen en el alma.
Hope es un espectáculo bestial. En este caso, de trepidante y furiosa acción ante la amenaza aniquiladora de unos seres muy extraños. El título no hace alusión a ninguna esperanza, sino al nombre del pueblo que un día amanece literalmente patas arriba cuando una fuerza ingobernable lo destruye todo. La primera hora de Hope, que empieza con el jefe de policía local a pocos kilómetros del pueblo examinando a una res destrozada por las garras de un animal desconocido, es una delirante persecución sin respiro dentro del laberinto de calles, tiendas, oficinas y mercados del pueblo destruido. Un ejemplo asombroso del arte del exceso.
Dirección: Na Hong-jin.
Intérpretes: Hwang Jung-min, Jo In-sung, Hoyeon, Michael Fassbender, Alicia Vikander.
Género: ciencia ficción. Corea del Sur, 2026.
Duración: 160 minutos.
Estreno: 30 de octubre.
Función de noche, obra maestra de Josefina Molina, sobrevuela como algo más que un fetiche cinéfilo la ópera prima de Javier Giner, autor de la serie autobiográfica Yo, adicto. Si en aquella película de principios de los ochenta —también con el teatro de fondo y también con el cine de John Cassavetes en su espíritu—, asistíamos al doloroso ajuste de cuentas de un matrimonio separado, el ajuste de Giner ocurre en solitario, sin posibilidad de réplica, ante el espejo roto de dos vidas bifurcadas en una misma ciudad, Bilbao.
Dirección: Javier Giner.
Intérpretes: Oriol Pla, Marina Salas, Gemma Martínez, Kai Etxaniz, Itziar Lazkano, Ione Irazábal.
Género: drama. España, 2026.
Duración: 110 minutos.
Estreno: 30 de noviembre
Las tradiciones paganas británicas y celtas en torno al mimbre se basan en el misticismo de la madera de sauce y proceden, entre otras fuentes de las antiguas Grecia y Roma, del geógrafo Estrabón, a principios del siglo I, que describió un coloso de paja y madera frente al que se colocaban seres humanos y animales antes de ser quemados, y de La guerra de las Galias, de Julio César, en el siglo I a. C., que contó cómo los antiguos druidas construían gigantescas efigies con ramas de mimbre y las rellenaban con hombres vivos como sacrificio para sus dioses.
Dirección: Alex Huston Fischer, Eleanor Wilson.
Intérpretes: Olivia Colman, Alexander Skarsgard, Elizabeth Debicki, Peter Dinklage.
Género: fantasía. Reino Unido, 2026.
Duración: 105 minutos.
Estreno: 30 de octubre.
Los cineastas con una línea marcada de actuación, de estilo y de temáticas, a los que les ha ido bien en la mayoría de sus películas, y que sin embargo deciden en un determinado momento de sus carreras dar un arriesgado giro en su caminar artístico y profesional con un trabajo que pocos esperaban de él, ya han ganado puntos con la decisión. Salga como salga, porque el volantazo conlleva riesgo e impetuosa vitalidad.
Dirección: Daniel Sánchez Arévalo.
Intérpretes: Laia Costa, Álvaro Cervantes, Tamar Novas, Karra Elejalde, Luis Zahera.
Género: thriller. España, 2026.
Plataforma: Netflix.
Duración: 122 minutos.
Estreno: 30 de octubre.