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Qué fácil era ser cosmopolita cuando no venían nómadas digitales a subir el alquiler. Una de las cosas que más valoro de vivir en una gran ciudad es poder compartirla con personas procedentes de otros países, con otras tradiciones culturales y otras formas de ver el mundo. Como Madrid, en Barcelona hay poca gente que sea de Barcelona de toda la vida, quien no tiene un abuelo en el resto de Cataluña lo tiene en algún otro rincón de la Península y en los últimos tiempos en otro país, otro continente. Deambular por las calles sin rumbo y escuchar distintas lenguas es uno de los placeres gratuitos que me da mi ciudad.
Este año habrías cumplido cien años, John, y no sé cómo hacer esto. No sé cómo rendir homenaje a alguien que ya no está cuando esa persona era, de un modo inexplicable, la prueba de que tú misma existías.
Las cerraduras no tienen ojo ya: ha sido sustituido por una cicatriz que no permite adivinar, desde este lado, lo que ocurre en el otro. Hubo un tiempo, sin embargo, en el que por el ojo de la cerradura nos asomábamos al mundo. Una de las primeras manifestaciones de ese mundo fue el pedazo de la habitación de los padres facilitado por ese ojo. Ni siquiera era preciso que ellos se hallaran dentro, y en actitud amatoria, para que el paisaje íntimo al que éramos capaces de acceder nos pareciera extraño. Un mundo extraño: eso eran aquella cama doble y aquel armario de tres cuerpos con un espejo en el central. Resultaba sobrecogedor el lugar en el que dormían mamá y papá. Allí se concibió lo inconcebible: nosotros. Todo lo que somos empezó a fraguarse en medio de un paisaje doméstico accesible a través del ojo de la cerradura.
Kaley G. M. nació en California hace 20 años. A los seis comenzó a ver vídeos de YouTube. Con ocho empezó a producir y a subir contenido a un canal que creó en esa plataforma. Un año después le regalaron su primer móvil y se abrió una cuenta en Instagram; después, entró en TikTok y más tarde en Snapchat. Según cuenta María Porcel, la corresponsal de este diario en Los Ángeles, desde los seis años, Kaley ha tenido ansiedad, depresión y problemas de dismorfia corporal. Sus abogados han tenido claro desde el principio que la culpa de su sufrimiento la tienen los algoritmos de las redes sociales, los filtros de belleza y el scroll infinito de estas plataformas, donde pasaba hasta 16 horas al día. Era adicta.
Noelia Castillo ha optado por la eutanasia en un mundo que, como ella misma dijo, “va cada vez a peor”. He leído decenas de comentarios juzgando la legislación, la educación o la conciencia. O sobre haber tenido una vida difícil. He visto mensajes como “pobres padres”. Pobres nosotros, que elegimos mirar desde fuera para no incomodarnos demasiado. Como si fuera más fácil pensar en quienes se quedan que en quien ya no puede más. Pobres nosotros, que nos consolamos con los vivos, mientras nadie se pregunta si la vida que estaba viviendo era digna. Solo vemos el final, olvidando lo que lo precede. Lo convertimos en un debate, cuando solo asoma el reflejo del verdadero problema que estamos evitando mirar.
Más que una sustancia con beneficios y riesgos, la vitamina D ha sido promovida en los últimos años como una especie de poción mágica. Síntomas tan comunes como fatiga, dolores —óseos o musculares— y cambios en el estado de ánimo se han vinculado a una supuesta carencia de este compuesto, lo que ha llevado a un boom de medicamentos y suplementos que lo contienen. Un incremento que se ha visto favorecido por disparidades entre la clase médica, interpretaciones magnificadas de estudios de escasa entidad y algunos influencers.
El gimnasio suele presentarse como un espacio técnico y casi neutro en el que solo importan los ejercicios y los resultados. Sin embargo casi ningún espacio es neutral. Así lo cree Ricardo Tagle, fundador de la Plataforma de Salud y Bienestar The Human Lab: “Los lugares también comunican ideas, valores y jerarquías: qué cuerpos son visibles, qué esfuerzos se celebran, qué formas de moverse se consideran válidas y cuáles quedan fuera. En ese sentido, el gimnasio no es solo un lugar para entrenar; es también un escenario cultural donde se reproducen, a veces sin intención, mandatos sobre rendimiento, apariencia, disciplina y valor personal”, asegura.
Como cantan en San Felices —título que da nombre a su nuevo disco—, La M.O.D.A. lleva su tierra en la médula. El grupo burgalés se encuentra inmerso en una extensa gira de presentación de su último trabajo. Tras agotar las entradas en La Riviera para el doblete del pasado 22 de marzo, David Ruiz (voz, letra y guitarra) y Nacho Mur (guitarra) se sentaron en las butacas de los Encuentros EL PAÍS para charlar con el periodista Fernando Navarro sobre el buen momento que atraviesa la banda. Ya puedes ver en vídeo la entrevista y la actuación en directo que ofrecieron los músicos. Los Encuentros EL PAÍS forman parte del programa de fidelización para suscriptores EL PAÍS+.
“Alta patogenicidad”. “Alta patogenicidad”. “Alta patogenicidad”. Como una señal de alarma que no cesa, la frase se repite una y otra vez en los informes del laboratorio central de veterinaria correspondientes al análisis de un grupo de aves. Corre finales de 2025, y esos test buscan la causa que explique por qué hay cientos de aves muriendo a orillas del madrileño río Manzanares. La ciencia pronto le pone nombre a ese asesino silencioso: gripe aviar. Hasta 1.041 aves acaban siendo sus víctimas en menos de tres meses a lo largo de una decena de municipios de la Comunidad de Madrid, según documentación a la que accedió EL PAÍS. “Necesitamos que recojan cadáveres”, se lee en las comunicaciones internas del dispositivo encargado de afrontar una crisis sanitaria que provoca momentos de tensión política y laboral.