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“A modo de epílogo, quisiera compartir una reflexión solo con ustedes. Según los expertos en televisión, las dolencias de este programa que hoy acaba han sido que repito demasiado que soy de izquierdas, que repito demasiado que soy mariquita y que se me nota mucho que soy catalán, un tres en uno. Me aconsejan que no lo diga y que no se me note tanto para llegar a un público más generalista, ya que de esta manera no expulsaría a todos aquellos espectadores que lo que buscan es, yo qué sé, evasión, equidistancia, fantasía. Pero claro, ¿quién se creen que soy para ofrecer al público soberano todo eso? ¿un dealer? ¿Paz Padilla? (…) Y ¿por qué esto que me piden a mí no se lo piden a presentadores con discursos de derechas? Bueno, igual no se lo piden porque ellos no dicen abiertamente que son de derechas, igual que no tienen que decir que son heterosexuales, qué cómodo, ¿no? Llegados a este punto, la pregunta que legítimamente me hago es, ¿merece la pena todo esto? Debo meditar si vuelvo más generalista y moderado a base de monólogos sobre mi suegra, el gimnasio o las apps de citas, de modo que cuando me entrevisten, en el titular, en lugar de poner ‘soy de izquierdas y antifascista’ ponga aquello que dicen algunos cómicos, ‘solo busco hacer reír’. Lo pensaré, ¿eh? Lo pensaré”.
Este verano se cumplen cinco años desde que el Estado levantó definitivamente las barreras de los peajes de dos infraestructuras esenciales para el tráfico en España: la AP-7, entre Valencia y La Jonquera, y la AP-2, entre Zaragoza y el Mediterráneo. Estos corredores, que entonces cumplían 50 años bajo concesión privada, acabaron siendo gratuitos para sus usuarios en un gesto que fue muy bien recibido entre las comunidades afectadas, especialmente Cataluña, que denunciaba desde hacía años un trato desigual ante otras autonomías en las que casi todas las vías de alta capacidad carecían de peaje.

Una mujer despierta de una cirugía de aumento de pecho con una presión feroz sobre el tórax. No puede incorporarse. No puede levantar los brazos para recogerse el pelo, retirar el mechón que el esfuerzo ha pegado en su frente. Cada respiración parece encallarse en algo que alguien ha escondido dentro de ella mientras dormía. No puede abrazar a la amiga que ha venido a verla. Bajo la piel, dos implantes han sido depositados como en otras épocas los amuletos: con la esperanza de que algo no se pierda.
“Mete tripita”, me dijo el fotógrafo con la mejor de sus intenciones, esas que adoquinan el camino al infierno. Me negué: mi tripa soy yo. Ante mi obstinación, el fotógrafo se aplicó lo de Mahoma y la montaña y ensayó varios ángulos aberrantes hasta que encontró uno (él, medio subido a un árbol, buscando un contrapicado) en el que no se me notaba la tripa. Mira qué flaco sales, proclamó, satisfecho. Le di las gracias por la liposucción radical que acababa de hacerle a mi imagen, pero por dentro me sentí traicionado, como si me hubiesen secuestrado y despertara de una anestesia con un riñón menos.
El debate sobre la regularización me causa estupor. Mis dos hermanos y yo hemos nacido en Londres de madre canaria y padre galés. Llevamos 50 años viviendo en Tenerife y solo tenemos la nacionalidad británica. Empadronados desde 1980, no podemos votar. Trabajamos y pagamos impuestos aquí. Pero para obtener la nacionalidad tenemos que pasar por un complejísimo proceso de naturalización, incluido el examen de conocimiento del español (ridículo, pues hemos ido a la universidad en Tenerife). y estamos obligados a renunciar a nuestra nacionalidad de origen y entregar nuestro pasaporte británico a un juez. ¿Alguien me puede explicar, por favor, esta anomalía en el sistema?
El sábado 18 se cumplen 90 años de la sublevación del Ejército de Marruecos que buscaba derrocar al Gobierno del Frente Popular. El levantamiento no triunfó en todo el país, y se desencadenó así una guerra que duraría casi tres años y en la que morirían cientos de miles de españoles (en combate o ejecutados por los distintos bandos), forzando al exilio a otros tantos y empobreciendo al país durante décadas. La dictadura franquista terminó oficialmente con la aprobación de la Constitución de 1978, pero esos tres años siguen omnipresentes en la vida pública española. José Andrés Rojo y Nicolás Sesma dan sus visiones del por qué de esa vigencia.

Reyes Maroto (Medina del Campo, 52 años) dijo en abril que repetiría como candidata socialista a la alcaldía de Madrid. Lo fue ya en 2023, recién llegada del Ministerio de Industria. Con el fin de curso a la vuelta de la esquina, las aguas estaban en calma en el PSOE madrileño. Y no se esperaba marejada. Óscar López era el candidato casi asegurado ―y así ha sido― a la Comunidad y Maroto la aspirante, en principio única, al Ayuntamiento. La apuesta de Ferraz por segundo año. Eso cambió hace tres semanas. Enma López, número dos del partido en Cibeles, anunció que competiría por enfrentarse a José Luis Martínez-Almeida (PP) en 2027 y la ejecutiva regional pensó que se había precipitado. Este domingo las dos concejalas medirán sus fuerzas en las urnas.



En los listados del Ayuntamiento de Madrid hay 842 personas viviendo en la calle que esperan turno para entrar en uno de los recursos municipales de alojamiento. Algunos de ellos llevan esperando desde 2022. En paralelo, en una reunión celebrada el 7 de julio por la subcontrata que gestiona la asistencia a personas sin hogar, se trasladó la orden a los trabajadores de no volver a usar el término “lista de espera” para referirse a las colas que estos ciudadanos tienen que hacer durante años para tener un techo. Así ha quedado escrito en el acta de la reunión: “A partir de ahora se indicará que la persona está pendiente de acceso o de asignación de plaza de acuerdo a sus necesidades”. La mayoría de ellos no conseguirá ninguna, dicen los trabajadores que las gestionan, porque no se tiene en cuenta quién lleva más tiempo esperando, sino quién es más vulnerable.

A principios de los años ochenta, una noche de farra, un grupo de jóvenes tuvo un accidente nocturno en una carretera gallega. El coche quedó en estado de siniestro total. Y así llamaron a su banda: Siniestro Total.


“Sentimos la ausencia de muchas voces palestinas, escritores y escritoras, que han sido masacradas durante estos tres años”, comenzó el poeta palestino Mohamad Bitari antes de recitar dos textos, en árabe y castellano, sobre su madre —nuestras madres— y su abuela —nuestras abuelas—. Es decir: sobre la memoria. Bitari nació en el campo de refugiados de Yarnouk, en Siria, porque su familia huyó de Nazaret durante la Nakba, en 1948, cuando se fundó el Estado de Israel. Estudió Filología Hispánica en Damasco y se exilió a Barcelona tras la persecución del gobierno sirio por sus trabajos periodísticos críticos con el gobierno de Bachar el-Asad. Ahora escribe, traduce, tiene una editorial, Éter Edicions. Es una muestra de la cultura palestina, la que sucede en Palestina o allí donde moran los palestinos fuera de su tierra, por todo el mundo.
