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Al caer la tarde, una plaza cualquiera en Pekín es un hervidero. Después de cenar, que en China sucede en torno a las seis, la gente sale a tomar el aire, dar una vuelta y moverse un poco: el dicho popular habla de dar 100 pasos tras la ingesta para vivir 99 años. En una esquina de la calle Gongti Norte, a un paso del Estadio de los Trabajadores, sede del equipo local de fútbol, el Beijing Guoan, se congregan cada noche animados grupos de baile, ceñudos jugadores de ajedrez chino y aficionados al chasqueo de látigo. Más que una plaza, es un universo microscópico de gente corriente, un lugar idóneo para ―sin ningún rigor científico en un país que supera los 1.400 millones de personas― tomar el pulso a la cuestión política más candente: la visita esta semana a China del presidente de Estados Unidos, Donald Trump —se prevé que sea entre los días 14 y 15—. La temperatura es deliciosa, decenas de personas se juntan bajo los plátanos y la música de baile empieza a sonar.
Mientras los negociadores de la Organización Mundial de la Salud (OMS) abandonaban Ginebra el pasado 1 de mayo sin lograr cerrar el anexo clave que debía activar el tratado global contra las pandemias aprobado en 2025 —el mecanismo llamado a evitar que en la próxima emergencia sanitaria se repitan los desequilibrios vividos durante la covid—, un brote de hantavirus comenzaba a encender las alarmas internacionales. Al día siguiente, las autoridades sanitarias informaron de varios casos confirmados y sospechosos en el crucero ártico MV Hondius, que había partido de Argentina. La secuencia —fracaso diplomático un día y alerta sanitaria al siguiente— pone en evidencia que la comunidad internacional sigue discutiendo las reglas para afrontar la próxima pandemia mientras los patógenos continúan propagándose sin esperar a los consensos políticos.
El mes pasado, un soldado israelí fotografió a otro derribando con un hacha una estatua de Jesucristo en la zona del sur de Líbano que ocupa su ejército. Nadie tomó la imagen como denuncia, sino que uno de ellos la difundió, pensando más en su público que en las consecuencias. De hecho, además del militar que golpeó la estatua y el que grababa, otros seis lo vieron y ni lo intentaron detener, ni lo denunciaron a sus superiores. La imagen se hizo tan viral y fue cosechando tantas condenas desde distintos puntos del mundo que el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, difundió un inusual comunicado crítico y el ejército decretó un mes de prisión para los dos responsables y anunció que obraba ya para “asegurarse que no vuelva a suceder en el futuro”.
Cuando Pablo Neruda estaba en París en 1939 preparando la expedición del Winnipeg, el barco que llevaría a 2.200 republicanos españoles al exilio en Chile, se enteró de que Miguel Hernández había sido detenido por la dictadura franquista. Se dirigió entonces a Germán Vergara Donoso para que intercediera por el joven poeta de Orihuela. El diplomático chileno trabajaba en Madrid como encargado de negocios de la legación de su país. Era una persona conservadora, pero alejada del fascismo. Se implicó personal y profesionalmente. Envió comida y dinero al autor de El rayo que no cesa durante su encarcelamiento, ayudó a su mujer, Josefina Manresa, y se carteó con el ministro falangista Rafael Sánchez Mazas para pedir la conmutación de la pena de muerte a la que había sido condenado en un consejo de guerra el 18 de enero de 1940.




Eliseo Omar Basurto es uno de los personajes más geniales, despiadados, sibilinos y astutos que ha dado la televisión en la última década. Guillermo Francella ha logrado que seguir al portero de una comunidad de vecinos en Buenos Aires sea apasionante y divertidísimo. Pero ni su carisma salva a los derroteros que ha tomado El encargado en su exagerada y desmadrada cuarta temporada, que acaba de aterrizar en Disney+.
La nostalgia es como cualquier sustancia estupefaciente: algo que sería mejor no tomar, que tomado en exceso es letal, pero que, a veces, administrado con tiento y moderación y en el sitio y el momento adecuados, sienta maravillosamente. El problema es que, cuando todo esto último sucede, el cuerpo y la mente nos piden repetir, y tanto la nostalgia como los estupefacientes, cuanto más se repiten más crecen sus efectos nocivos y más se disipan los placenteros. Iván Ferreiro (Nigrán, Pontevedra, 55 años) pensó hace un tiempo que tal vez iba ya siendo buen momento de sucumbir a la nostalgia y celebrar los 20 años de Canciones para el tiempo y la distancia, su álbum más icónico. Luego, cayó -o le hicieron caer- en que pronto se iban a cumplir 35 años de su carrera musical. “Mira, no soy muy de mirar atrás, pero sí de hacer una fiesta. En mi cumpleaños no pienso que tengo un año más, pero sí que puedo hacer una fiesta”, recuerda el músico gallego. “Han pasado 35 años y me siento algo más viejo… Yo no pensaba celebrarlo, pero mi hermano Amaro, mi mujer y todos me animaron. Al final vi una buena oportunidad de mirar atrás y coger perspectiva”.
Los países de la OTAN más expuestos a la amenaza rusa observan con preocupación el alejamiento del garante de la seguridad europea. El desdén del presidente estadounidense, Donald Trump, hacia los aliados, con anuncios como la retirada de 5.000 soldados de Alemania, hace sonar las alarmas en las capitales del flanco oriental de la Alianza. Temen que la crisis del vínculo transatlántico cuestione el principio básico de defensa mutua y envíe un mensaje de debilidad del que Moscú tomará buena nota.

Mario Sanz Fernández-Vega (Segovia, 54 años) es el fiscal de sala coordinador de Seguridad Vial desde mayo de 2025. De él depende una red de más de 80 fiscales repartidos por toda España, 50 delegados en las capitales de provincia a los que se unen los fiscales de enlace en las grandes poblaciones. Su función es ver que se aplica el Código Penal en toda su extensión y que se defienden los derechos de las víctimas y de sus familiares. Licenciado en Derecho en la Universidad Complutense de Madrid, aprobó en 2001 con una semana de diferencia las oposiciones de jueces y fiscales. Se decantó por los segundos porque quería ver “el Derecho Penal en todas las facetas, desde la instrucción al enjuiciamiento”. Ha pasado por las Fiscalías de Cádiz, Pontevedra y Collado Villalba (Madrid) hasta que recaló en junio 2012 en la unidad de Seguridad Vial como fiscal adscrito, donde supervisa junto con otros dos compañeros todos los casos con fallecimientos y lesionados de especial gravedad.
El único recuerdo que Casimira Moreno tiene de su padre, Eusebio, es una imagen borrosa. Estaba subido, esposado, en la parte trasera del camión que lo trasladó de su domicilio en Peñalsordo (Badajoz) a un lugar desconocido. Era el 31 de enero de 1940. Casimira —que no llegaba a los cuatro años— ni sus dos hermanos ni la madre, Blasa, volvieron a verle vivo. Casi año y medio después supieron que murió de “neumonía” el 9 de marzo de 1941 en el penal de Orduña (Bizkaia). Eusebio Moreno tenía 40 años. Casimira recuerda que se enteró cuando su hermana mayor, con ocho años, comentó al cartero del pueblo que su madre había llorado mucho con la última carta y el cartero le respondió que no habría más.
Hay un fantasma benévolo que sobrevuela cualquier integral de los conciertos para piano de Beethoven dirigida desde el teclado: el de Daniel Barenboim. Javier Perianes lo asume sin reservas estos días en el Palau de Les Arts de Valencia, donde graba para Harmonia Mundi el ciclo beethoveniano al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. “Indiscutiblemente, él ha sido un modelo en esta manera de hacer los conciertos de Beethoven, y no solo para mí, sino para todos”, admitía el pasado viernes, pocos minutos antes de iniciar la segunda sesión de grabación.