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La anterior novela de Diego Garrido, El libro de los días de Stanislaus Joyce (interesante, pero algo tediosa, si se me permite) contenía algunas lúcidas reflexiones sobre el papel del ego en el escritor y de los ideales (siempre, de algún modo, románticos) en la construcción de la experiencia, tanto artística como mundana. En ¡Adelante, Cronófobos!, Diego le da una vuelta más jugosa a esta cuestión, aunque en línea con su anterior libro: el artista es “el cronófobo serio y elemental”, aquel que “intenta tener la última palabra sobre las cosas que pasan”, el que es dolorosamente consciente del paso del tiempo y su capacidad destructora, el que no puede evitar ver a los vivos como “muertos sin resolver”, pero intenta devolver la vida a lo pasado. Así, cada escritor (se suele hablar del artista, pero diría que todas las referencias del libro son, en esencia, escritores) intenta salvar su pequeño pedazo de mundo, a su manera y para una posteridad que no sabe si existe.
Hay muchas recetas nacidas de la escasez que son verdaderos manjares. La sopa de espárragos malagueña es otro buen ejemplo de cocina de campo, y tiempos donde había que apañarse con lo que daba la tierra en cada momento. En la provincia de Málaga –sobre todo en la zona del interior– los espárragos trigueros silvestres han sido durante muchos años un valioso recurso durante la primavera; como en tantas otras zonas de España (lo son aún hoy en día, si tienes la suerte de encontrarlos durante un paseo campestre). Si no tienes acceso a ellos, puedes prepararla con espárragos verdes corrientes, que están de temporada y a un precio razonable en el mercado o la frutería.
Domingo García mira con unos prismáticos la margen derecha y boscosa del río Guadalquivir desde el mirador Félix Rodríguez de la Fuente, en el parque natural Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, y suspira. “Allí arriba estaba el cortijo en el que nací y del que salí con nueve años”, me comenta. “Nos expropiaron, igual que a la mayoría que había por ahí, eso estaba lleno de aldeas, de cantidad de gente que había por ahí. Nos fuimos, unos un día; otros, otro día, y así. Llevamos en Cotorríos desde noviembre del 71”, recuerda. Domingo es la imagen viva de una generación que vivió la transición de una vida rural, dura y autárquica pero arraigada en unas montañas perdidas en los lindes de las provincias de Jaén y Albacete al desarraigo en pueblos de colonización, todos iguales, hechos durante el franquismo, como el de Cotorríos al que se refiere, donde se dio casa y una pequeña parcela a cambio de lo expropiado a quienes quisieron quedarse. La otra opción fue la emigración y el exilio en Barcelona, en Valencia o en Madrid para aquellos que decidieron, como cantaba Serrat, tomar su mula, su hembra y su arreo y seguir el camino del pueblo hebreo en busca de otra luna, a donde quizá les sonriera la fortuna.

Cuando era adolescente, las dos cosas que más le gustaban a Carmen Esteban (Valencia, 37 años) eran pasar tiempo con niños y mirar con curiosidad y preocupación los problemas de salud mental de sus compañeras de instituto. Con esos antecedentes no sorprende que acabara siendo psicóloga sanitaria y educativa especializada en etapa perinatal, infantil y adolescencia, y trabajando en un colegio (British College La Cañada) en su ciudad natal, como psicóloga y orientadora. Su inquietud la llevó después, durante su permiso de maternidad, a crearse un perfil de Instagram con la intención de seguir conectada con las familias de los niños y adolescentes con los que estaba trabajando en ese momento. Aquello se fue haciendo más grande poco a poco, y actualmente llega a los casi 200.000 seguidores.
Yo soy más de JFK -la crisis de los misiles de Cuba, la teoría del segundo tirador, etcétera- que de Carolyn Bessette Kennedy, pero me estoy empezando a preguntar si no me habré equivocado de personaje. Cada vez me encuentro más gente que habla de la mujer de John John Kennedy (denominado así por un tartamudeo de su padre en una rueda de prensa) y menos de Lee Oswald o de la comisión Warren. Carolyn, precipitada en el mar en 1999 cerca de Martha’s Vineyard en la avioneta Piper Saratoga que pilotaba su marido, que era guapo y estiloso pero desde luego no un gran piloto, se ha convertido en una influencer póstuma y está tan de moda ahora, imagino que en parte por la miniserie Love Story sobre la vida de la pareja, que es imposible librarse de su influjo.

Uno de los complementos de moda que más se utilizan a lo largo del día (hasta la aparición del smartphone en nuestros bolsillos) era la cartera. Este práctico accesorio ha ido evolucionando con el paso del tiempo hasta convertirse en un producto refinado, muy minimalista y con una serie de capas de protección adicionales con la misión de impedir el hurto —sin darnos cuenta— de la información personal y financiera de las tarjetas que portamos encima. Por eso mismo, en EL PAÍS Escaparate hemos buscado la cartera para hombre más vendida en el gigante del comercio electrónico Amazon que también tiene bloqueo RFID entre sus características: se trata del sistema más avanzado que existe en el mercado y con el que sentirnos seguros al usar las tarjetas contactless en cualquier lugar.




La educación pública valenciana afronta a partir de este lunes, 11 de mayo, su primera gran huelga indefinida en décadas —desde 1988— con 78.000 docentes de Infantil, Primaria, ESO, Bachillerato y FP llamados a secundarla después de meses de infructuosas negociaciones entre el Gobierno de Juan Francisco Pérez Llorca (PP) y los sindicatos para conseguir mejoras salariales, rebajas de la ratio de alumnos por clase, una menor carga burocrática, respeto a la educación en valenciano o un plan de climatización en los centros educativos. La huelga, convocada por los sindicatos más representativos —STEPV, CC OO, UGT, CSIF y ANPE— coincide con el final de curso y puede afectar a algo más de medio millón de alumnos, entre ellos 24.000 matriculados en segundo de Bachillerato, que en unas semanas se enfrentarán a las pruebas de acceso a la universidad. Los servicios mínimos decretados por la Generalitat obligan a todo el profesorado de 2º de Bachiller a estar disponibles para las evaluaciones a solo unas semanas de las pruebas de acceso a la universidad. Los sindicatos los han impugnado ante el TSJCV.
Todo lo relacionado con los hábitos culinarios tiene una capacidad sorprendente para iluminar muchos otros aspectos de la vida. Prueba de ello es la sorpresa —mezcla de curiosidad y leve escándalo— que todavía provoca en algunas ciudades españolas ver a turistas dando buena cuenta, a las seis de la tarde, de un chuletón o de un arroz con costra. En ¿Cuándo se come aquí?, este brevísimo ensayo que nos ocupa, el escritor y medievalista italiano Alessandro Barbero pone su atención precisamente en las horas habituales de comer y cenar en varios países europeos durante el paso del siglo XVIII al XIX y observa cómo los desplazamientos horarios que se produjeron, especialmente en el Reino Unido y en Francia, resultan particularmente expresivos cuando se miran desde la diferencia de clases y desde las siempre tensas relaciones entre la capital y la provincia. Algo que nos queda claro tras la lectura de este breve pero intenso libro es que en Europa comer simplemente cuando nos entre hambre no es una opción, al menos desde los tiempos del iluminismo.

Fuego, zona de corte, fregadero. Hoy cuesta imaginar una distribución en la que estos elementos no se organicen en torno a una encimera, ya sea dispuesta en línea o en forma de L. Pero esa lógica es relativamente reciente. La cocina moderna no surgió del gusto, sino del cansancio: de moverse demasiado, de limpiar mal, de trabajar en posiciones incómodas. De sostener una tarea interminable en un entorno que no estaba pensado para quien lo habitaba.
El empanadico (empanadón, si vas a la zona de la Franja, o pastillo si estás en Barbastro) es uno de esos obsequios por los que viajeros y visitantes que suben o bajan del Pirineo se desvían de la vía principal. Un dulce tradicional que pasó de las casas a las panaderías y, aunque todavía muchas familias tienen la costumbre de hacerlo en época navideña, casi toda la producción queda en manos de los hornos que lo siguen preparando durante todo el año.