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Un hombre señala la tierra. No es un juez, ni un historiador, ni un político, ni un agrimensor. Es un campesino: Juan José Solanille. Lo contó frente a un tribunal: camiones militares entrando y saliendo de Loma del Torito, dentro del predio donde estuvo el centro clandestino de detención La Perla, en Córdoba (Argentina). Movimientos nocturnos, tierra removida, restos humanos que le traían sus perros, tumbas. El campesino dio su testimonio en el juicio a las juntas militares de 1985. A muchos de los presentes se les puso la piel de gallina. El defensor del dictador Roberto Eduardo Viola, en cambio, no bien terminó la declaración, pidió a los jueces que le hicieran pericias a Solanille, para determinar si tenía problemas mentales o de alcoholismo. Los jueces no pidieron ninguna pericia y, en base a cientos de testimonios, probaron los delitos y condenaron a los culpables. Hubo que esperar 41 años para confirmar que el campesino había dicho la verdad.

En un servicio de urgencias, las luces blancas del pasillo nunca se apagan y el ruido no cesa. Pierdes la noción del tiempo si no tienes cerca una ventana para saber en qué momento del día te encuentras. El reloj parece funcionar a un ritmo diferente al resto; a veces se acelera cuando necesitas unos minutos más para prolongar una reanimación y otras se enlentece cuando ya solo deseas que tu guardia llegue a su fin. Cuando comienzas una guardia de 24 horas, sabes que entras en un paréntesis en tu vida, donde el resto del mundo continúa, pero tú quedas atrapado en otro con vida propia: el del timbre que avisa de que llega un paciente grave, el de los monitores cardíacos que no cesan de sonar y cuyo sonido interiorizas tanto que sigues oyéndolo aun cuando estás en tu casa; y es también el de las decisiones que no admiten demora.

El martes el Real Madrid eliminaba al Manchester City de Guardiola en la Champions. Mientras, a la chita callando, un millón de personas estaban pendientes en Youtube de las andanzas de Frank Cuesta, Labrador, Dakota o Aída Nizar en el último hit del mundo digital, La cárcel de los gemelos.

Jürgen Habermas rondaba los 16 años cuando terminó la Segunda Guerra Mundial y descubrió que aquel panorama de ruinas y desolación era obra de los suyos. Aquella muchachada de rostros sonrosados y cabellos rubios, esos cuerpos ágiles que celebraban su fortaleza física, los que acudían en familia a los lugares históricos y las excursiones para hacer patria, los que canturreaban himnos y proclamas y levantaban el brazo y bajaban la cabeza como signo de obediencia al Führer, esos, los de la gran Alemania, habían producido un desastre descomunal. Sin ese gesto de perplejidad ante el horror es imposible entender la obra de ese filósofo que murió el sábado a los 96 años. Su último artículo publicado en este periódico es del 30 de noviembre de 2025, y trata de Europa. Siguió hasta el último minuto al pie del cañón.
“Es una película que claramente me refleja. Hay mucha ficción, pero ningún invento. Estoy absolutamente presente y totalmente ficcionado. En realidad, si hiciera una película hablando de mí, sería muy aburrida. La ficción es necesaria siempre”. Así respondía Pedro Almodóvar a una pregunta de Álex Vicente en El País Semanal a cuenta del estreno, hoy en salas comerciales, de Amarga Navidad, la película en la que el cineasta desvela más su intimidad y, por tanto, más cerca está de la autoficción, un género que, nacido en la literatura, ha logrado gran éxito en el cine y las series.
La teoría conspirativa del Gran Reemplazo ronda las élites desde hace unos años. La idea de que la población blanca y cristiana va a ser reemplazada por inmigrantes la sostienen algunas de las personas más poderosas del mundo, como Elon Musk o J.D. Vance. El vicepresidente de Estados Unidos se muestra convencido de que los demócratas pretenden desnivelar de golpe la demografía con el fin de instaurar un régimen autócrata a través de sus políticas migratorias, más abiertas que las republicanas. La población negra, la hispana y la LGTBIQ+ quedarían al mando en este nuevo orden. Un mundo en el que los caucásicos serán los discriminados, la sal de la tierra de este repentino amanecer.
Ana Crespo entendió que LinkedIn servía para algo más que buscar trabajo. Esta madrileña de 46 años, residente en Miraflores de la Sierra, un municipio al norte de la capital, mantiene habitualmente abierta la pestaña de la plataforma en su ordenador. Es su ventana al mundo de las oportunidades laborales y al vasto océano de los contactos profesionales. Pero también es algo más. “Se ha convertido en el rincón del café donde siempre hay alguien para charlar y pasar el rato”, confiesa desde una discreta oficina en su casa, donde ejerce como redactora publicitaria.
De los 65 países que criminalizan la homosexualidad en el mundo, 33 se encuentran en África, según datos de la Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersexuales (ILGA). En los últimos años, el continente ha vivido una ola regresiva, alimentada con financiación de organizaciones extremistas occidentales, que han extendido sus tentáculos para diseminar la agenda anti-LGTBIQ+ más allá de las fronteras de sus países. Mientras, políticos e iglesias africanas apelan a la identidad y al sentimiento anticolonial, al defender que la homosexualidad es una imposición occidental.
La peor pesadilla de un banquero central que se precie de independiente es una escalada sin control de los precios. Es lo que sucedió en la zona euro a partir de 2022, cuando el estallido de la guerra en Ucrania disparó el precio de la energía y aceleró la espiral alcista de precios que ya se había iniciado con el fin de la pandemia. El descorche de la actividad provocó el colapso de las cadenas de suministro, una amenaza que se cierne de nuevo ante la economía global con el bloqueo del estrecho de Ormuz, una arteria marítima que tiene en vilo el consumo de petróleo y de gas en todo el mundo y que está encareciendo de forma alarmante el coste de la energía. El BCE está preparado para afrontar los estragos de una posible crisis energética y asegura haber aprendido de 2022. Entonces, tanto el BCE como la Reserva Federal valoraron el alza de precios como un fenómeno transitorio, un error de cálculo que provocó después un traumático encarecimiento del precio del dinero que casi termina en una recesión.