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Quien probablemente constituyera la figura más representativa de lo que se denominó la “nueva política” fue quien primero lanzó una “alerta antifascista” el 2 de diciembre de 2018, tras conocerse la irrupción de Vox en el Parlamento andaluz. Luego, él mismo, formando ya parte del Gobierno central, corrigió en sede parlamentaria en 2020 su propia alerta, al espetarle al líder de la oposición que a la suma de escaños de PP, Vox y, por aquel entonces, Ciudadanos nunca le alcanzaría para ganar una investidura. Hoy, el que emitiera tan contradictorios mensajes regenta una taberna, mientras que sus hijos políticos, solo un poco descarriados de la senda del padre, andan organizando la enésima refundación de la izquierda-a-la-izquierda-de-la-izquierda, por transcribirlo con la grafía heideggeriana. Como pequeña muestra de los tumbos que anda dando ese sector político en nuestro país no está nada mal. Aunque lo peor tal vez sea que fue a sus brazos a los que decidió arrojarse la otra izquierda, la oficial y mayoritaria, hace ya más de un lustro. Brazos de los que, por lo visto, no parece dispuesta a distanciarse ni lo más mínimo ni bajo ningún concepto, haga lo que haga y diga lo que diga dicho sector.
Pocos viajes a China han llegado tan cargados de expectativas —y de incertidumbre— como el que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, emprende este jueves a Pekín. La última vez que ambos mandatarios se vieron las caras fue en Busán, Corea del Sur, en octubre pasado, en los márgenes de la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico. Aquella reunión, que los dos presentaron como un éxito, fue en realidad un ejercicio de aplazamiento mutuo. Ambas partes compraron tiempo. Trump, para intentar construir una cadena de producción autónoma de tierras raras, ese conjunto de minerales críticos sobre cuyo suministro mundial China ejerce un control prácticamente absoluto y cuya interrupción podría paralizar sectores enteros de la economía americana, incluida su capacidad militar. A cambio, Pekín obtuvo algo muy concreto: el levantamiento parcial de los controles a la exportación sobre determinados semiconductores avanzados, en especial los procesadores de alto rendimiento para inteligencia artificial —los llamados GPUs—, que China necesita para no quedarse en la carrera por el dominio de la inteligencia artificial. La cumbre de Busán ya delineó que, aunque Trump empezó su presidencia lanzando todo su arsenal arancelario contra China, no podía mantener el enfrentamiento en los mismos términos. De modo que el acuerdo de Busán fue táctico, y no estratégico, postergando los problemas sin resolverlos. En aquel encuentro, el mayor escollo, el futuro de Taiwán, quedó aparcado y China logró arrancar el compromiso de que la siguiente cumbre sería —y pronto— en Pekín.

Empieza la semana grande de la literatura gallega. Es tiempo de lecturas, recitales, festivales infantiles, encuentros literarios… En los colegios e institutos, se organizan todo tipo de actividades. Ya sólo por este bullir creativo merece la pena. Resulta hermoso ver a una sociedad volcada celebrando su lengua, reivindicando el gallego como idioma vivo y creador, transmisor de historias y relaciones de afecto, recuperando universos literarios y acercando la riqueza de un patrimonio común.
“Mereces la silla eléctrica”. No hace mucho, mientras volvía a casa en un bus abarrotado, vi a una mujer teclear este comentario junto a tres emojis de fueguitos, como si enciendese tres proféticas hogueras. Me sorprendió la rapidez con la que dictó sentencia. Vio un vídeo poco trascendental sobre una persona famosa, tecleó sin pensar, como en un acto reflejo; guardó su móvil en su gabardina y me sonrío de forma dulce pidiéndome espacio para salir en la próxima parada. Si no hubiese visto lo que escribía aquella melena envidiable, habría pensado que estaba ante una viajera educada pese al agobio de verse en el 33 un miércoles a las dos de la tarde. Me equivocaba. Así que esto no iba de foreros amenazando al personal en pijama desde habitaciones con olor a calcetín acartonado. La gasolina del peor odio de internet también circula perfumada en buses a plena luz del día.

La única incongruencia del despacho de Paco Guarido, alcalde de Zamora por Izquierda Unida (IU) y de 68 años, es que hay un Astérix y un Obélix en un estante pese a que a él le aburre el tópico de “aldea gala de la izquierda”. Lo demás, coherente, empezando por el politono de La Internacional de su teléfono. Hay una bufanda de Palestina, un viejo transistor, máscaras zamoranas y un señor canoso, campechano, con ropa cómoda. “Le dais demasiada importancia al personaje, yo soy uno más del grupo”, regaña amablemente ante su tirón, carne de titular: alcalde comunista en una ciudad conservadora que mantiene el sueldo de conserje escolar y a quien los vecinos paran por la calle. Guarido encara su último año de mandato, no de militancia, pues ha decidido apartarse y que este domingo se eligiera en asamblea al nuevo candidato de IU, el concejal Pablo Novo. “La gente valora que somos honrados y trabajadores”, aprecia, prometiendo “barrer la sede” si hace falta “y mirar obras como los jubiletas”.


A la vera de la autovía A-2, en las inmediaciones de Madrid, se levantan los almacenes de las ventas online que llegan de inmediato a la puerta del consumidor. Es la milla de oro del transporte, cerca del aeropuerto de Barajas, pero este bum tan lucrativo esconde una cara B de aparcamientos ilegales para camiones que han proliferado en unos terrenos agrícolas protegidos, cinco kilómetros al sur, en un paraje natural a escasos metros del río Henares.



El pasado viernes, Julio Rodríguez, vecino de la Avenida del Mediterráneo 50, en el distrito Retiro, se despertó con una nueva calle frente a su edificio. Se había ido a la cama pasada la medianoche porque el ruido de los camiones no lo dejaba pegar ojo, algo que le sucede comúnmente desde que en febrero de 2025 comenzaron las obras del intercambiador de Conde de Casal, y estaba seguro de que hasta entonces debajo del balcón del piso en el que vive con su madre de 94 años solo había una explanada llena de contenedores y materiales de construcción. Pero no estaba soñando: ahí estaba la calle que todavía olía a asfalto caliente, con sus señales amarillas recién pintadas y un atasco que llegaba desde la M-30. “¿Cómo puedes levantarte con una nueva carretera frente a tu vivienda sin que nadie te hubiera informado?”, se pregunta. Como el resto de los vecinos, se enteró de casualidad por la prensa de que esa noche se había cerrado el túnel de Conde de Casal hasta febrero de 2027 y que de madrugada se había abierto un nuevo carril para que el tráfico pasara mientras tanto por la superficie.

Eva Baltasar (Barcelona, 1978) recibe en su casa de Cardedeu, a unos 40 kilómetros de Barcelona, en esa frontera difusa donde el área metropolitana se convierte en bosque. Acaba de publicar Peces (Random House, en castellano; Club Editor, en catalán), una novela sobre una relación tóxica entre una escritora y una vendedora ambulante de pescado. Desde el éxito inesperado de Permafrost, monólogo interior de una mujer aislada y suicida que ahora se representa en versión teatral en el Espai Texas de Barcelona, Baltasar se ha convertido en una de las voces más influyentes y leídas de la literatura catalana. Habla despacio, piensa mientras responde y corrige sus frases sobre la marcha. “Soy muy voluble”, dice. “Lo que pensaba en enero quizá ahora ya no lo pienso”, decía a finales de abril. A saber qué opinará a mediados de mayo.

Los ávaros eran un pueblo que procedía de las estepas asiáticas, sucesores de los hunos, y que se establecieron en el este de Europa a partir del siglo VI. De ellos, no había ningún rastro en la península Ibérica hasta que María Teresa Ximénez de Embún, del Museo Arqueológico de Alicante, y su equipo comenzaron a excavar el yacimiento de Cabezo del Molino, en Rojales (Alicante). En una elevación de solo 31 metros sobre el nivel del mar y adyacente al río Segura, localizaron una necrópolis con 46 tumbas y 87 individuos en su interior. Cinco de los varones enterrados allí podrían ser, casi con total seguridad, jinetes ávaros, poblaciones esteparias que, en teoría, nunca cruzaron los Pirineos. Por tanto, “¿qué hacían allí esos restos, en Alicante, a pocos kilómetros de Murcia?”, se preguntaron estupefactos los arqueólogos.
