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Vuelve el riesgo de estanflación, esa maldita palabra, 50 años después de uno de esos episodios que parecen contra natura. La mezcla de alta inflación y bajo o nulo crecimiento, es decir, que los precios de la vida suban con fuerza en medio de una economía al ralentí, resulta uno de esos escenarios infrecuentes en los países desarrollados que solo una buena conmoción externa puede acabar provocando. La debilidad del consumo y la inversión tiende normalmente a enfriar salarios y costes, pero cuando estos crecen de forma prolongada por un factor exógeno que escapa a la ley de la oferta y la demanda —por ejemplo una guerra como la de Irán— pueden acabar estancando la actividad y que ese parón tampoco sirva para suavizar la inflación.

La intervención del Gobierno ha cortado de raíz la escalada de los carburantes en España. No solo eso, los ha hecho recular. Aunque los combustibles todavía están más caros que antes del comienzo de la guerra en Irán en cuatro de cada cinco gasolineras, la rebaja de impuestos del Ejecutivo ha propiciado que por primera vez desde que estalló el conflicto el Boletín Petrolero de la UE recoja un abaratamiento en las estaciones de servicio: el litro de gasolina se paga de media a 1,557 euros —17 céntimos menos—, y el de diésel, a 1,777 euros, 11 céntimos abajo respecto a la semana anterior, cuando ya se notó parcialmente el efecto del recorte de impuestos.

El Gobierno mantendrá la autoridad final para autorizar, condicionar o bloquear cualquier operación que emprenda la tecnológica de defensa Escribano Mechanical & Engineering (EM&E) ante la oferta de un grupo extranjero, incluyendo una potencial adquisición por parte de la alemana Rheinmetall. La dimisión de Ángel Escribano como presidente de Indra por las presiones de Moncloa y la fallida fusión entre EM&M y la propia Indra por el conflicto de interés entre ambas cúpulas abren la posibilidad a ese tipo de operaciones ante el interés creciente de grupos extranjeros en la firma familiar de defensa, valorada ya por encima de los 2.000 millones de euros.
El miércoles, a las 18.30 hora local, un cohete SLS, el más potente jamás construido, despegaba del Centro Espacial Kennedy, en Florida (EE UU) y ponía rumbo a la Luna. A bordo de una cápsula Orion, de más de tres metros de longitud y cinco de diámetro, cuatro astronautas —tres estadounidenses y un canadiense— tienen previsto dar la vuelta al satélite y regresar. Si lo logran, serán los primeros humanos en sobrevolarlo desde 1972. Es la segunda misión del programa Artemis, desarrollado por la Agencia Nacional del Espacio y la Atmósfera estadounidense (NASA) en cooperación con otras agencias espaciales (entre ellas, la Agencia Espacial Europea) cuyo objetivo es poner astronautas en el suelo lunar antes de 2028 y establecer allí una base permanente que sirva para misiones aún más ambiciosas, como un hipotético viaje a Marte.
Hay informaciones a las que basta con darles la vuelta para que aparezcan los hilos, los remiendos, las puntadas apresuradas con las que alguien ha querido ajustar la realidad a un patrón previo. Son noticias que, al tiempo de informar, insinúan, orientan, empujan. Noticias, en fin, trufadas de opinión. Las lees del derecho y parecen limpias. Del revés, en cambio, brotan las valoraciones escondidas, las pequeñas o grandes trampas del lenguaje, los adjetivos que, más que describir, juzgan. Noticias partidistas, prendas confeccionadas a medida para que le sienten bien a una idea o a una formación política.
Hace un año, los mercados observaban a Estados Unidos con creciente inquietud. Donald Trump cumplió sus advertencias y lanzó una ofensiva arancelaria que supuso la mayor subida de barreras comerciales desde la Gran Depresión. La reacción del mercado fue inmediata: el temor a una recesión y la perspectiva de menores beneficios empresariales desencadenaron fuertes correcciones bursátiles, comparables a las vividas en episodios como el triunfo del Brexit o la crisis de deuda de la zona euro.

Yo no me veo tan moderno, fíjate... No soy tan raro. ¿Tú me ves raro?“. Lo pregunta Rodrigo Cuevas (Oviedo, 40 años) en mitad de la calle del Quesu, pleno centro de L’Infiestu, el pueblo asturiano donde ha decidido montar su cuartel de La Benéfica. Allí agita mediante diversas expresiones culturales, lenguajes, tendencias, romerías, música, performances, artes escénicas y visuales e inclusión de todo tipo una vida rural anclada en poderosas raíces. Si moderno es echar la vista atrás para beber del folclore, puede que no. Eso lo han hecho a través de los siglos buena parte de los mejores creadores de la historia de la música. Si en cambio, a una copla entonada con sensualidad bable le metes atmósferas electrónicas, luego lo envuelves en un halo de divismo pop y consigues que artistas como Bad Bunny diga que se va a fijar mucho en lo que haces, entonces, aunque le sorprenda que lo consideren así, Rodrigo Cuevas destaca como un artista plenamente moderno y, desde una inequívoca brillantez con la que marca la diferencia, bien raro.
“Vamos a apurar al máximo hasta el final”. Sumar se plantó ante el PSOE para arrancar el decreto de vivienda que congela los alquileres y ahora emprende una ofensiva que combinará diálogo político y presión social en un intento de que el Congreso lo convalide antes del 6 de mayo. Pese a las reiteradas negativas de Junts a aprobar la medida y al escepticismo de los socialistas sobre las posibilidades de recabar apoyos suficientes, el ala más a la izquierda del Gobierno se resiste a tirar la toalla. Sumar asume que llevará el peso de las negociaciones y cuenta con el apoyo de sindicatos y entidades sociales para redoblar la presión, incluidas movilizaciones en la calle.