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Si te llamas Osasuwen o Iyenguwena, tu madre vino a España con 14 años desde Nigeria y has nacido y te has criado en las Tres Mil Viviendas de Sevilla, el barrio más pobre de España, el guion con el que se trazaría tu destino no incluiría empezar una carrera universitaria de Ingeniería de Organización Industrial o de Administración de Empresas. Pero si la prioridad de tu progenitora es brindar a sus hijas la mejor educación posible, como garantía de superación, y entre sus premisas está la de no desfallecer ante cualquier adversidad, se llame racismo o estigma social, el giro argumental es obligado. María Moses y sus gemelas, Osasuwen (Osa) e Iyenguwena (Iyen), de 18 años, se sienten orgullosas por no haberse resignado a vivir conforme a las expectativas minúsculas que a priori se les podían presentar en un entorno de exclusión y vulnerabilidad. Están escribiendo su propia historia, aunque aún les quedan muchos más prejuicios por romper.


En 2022, el madrileño Gabriel Plaza culminó su brillantísimo Bachillerato con un 10 redondo en la Selectividad, una nota que llamó mucho la atención de los medios. El alumno perfecto no quería ser ingeniero o médico, sino graduarse en Filología Clásica, a la que se accede con un cinco. Las redes se llenaron de muchos mensajes elogiosos y unas cuantas descalificaciones de quienes consideran que alguien sobresaliente debe renunciar a la vocación y llenarse los bolsillos. Durante dos días, se abrió un debate público sobre la vocación frente a las salidas laborales o el valor de las humanidades.


Vecinos, turistas y demás transeúntes todavía los miran con algo de extrañeza. Apostados en glorietas y en las aceras más anchas de la capital, algunos de los habituales quioscos de prensa lucen una nueva cara. Vinilos, revistas especializadas, ilustraciones, brownies y cookies, café de especialidad y hasta bisutería, que se conjugan con los principales periódicos y revistas impresas, son los productos que potencian la reconversión de un negocio venido a menos en los últimos años. “Para que sea rentable esto hay que echarle muchas horas y trabajar con mucha mercancía”, adelanta el quiosquero Fausto Palmieri. Según los datos de los quioscos que integran la Asociación de Vendedores Profesionales de Prensa de Madrid (AVPPM), en enero de 2016 la capital contaba con 497 puntos de venta. En enero de este 2026, la cifra había descendido a 262. La diferencia es de 235.





Solo habían transcurrido seis meses de la muerte de Franco cuando llegó a los kioscos el primer Interviú, con una modelo enfundada en un vestido empapado, del que traslucían sus pezones. Era el 22 de mayo de 1976, menos de tres semanas después del lanzamiento de EL PAÍS. La revista ofrecía un cóctel, hasta entonces, inaudito en la prensa española: desnudos explícitos a modo de reclamo, con investigaciones e informaciones políticas sensibles en el interior. “Todavía no había Constitución, ni una libertad de expresión bien definida. Hubo secuestros de la revista, el primero en Navidad de ese año, con una portada donde aparecía una chica vestida en plan Marilyn con Papá Noel y el titular El dinero de los Franco”, recuerda Alberto Gayo, periodista de Interviú entre 1998 y 2018, el año de cierre.
El pasado nos ha llegado filtrado por los poderosos. Afortunadamente, muchos de sus estereotipos comienzan a caer. En la última década, uno de los arquetipos más revisados ha sido el de la bruja. Buena parte de quienes han desmontado el cliché de la bruja anciana fea y encorvada, son mujeres. Ahí están novelas como Canto yo y la montaña baila, de Irene Solà, o Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor. En ese mismo impulso de revisión se sitúa el trabajo de la fotógrafa Bego Antón (Bilbao, 1983), ganadora del Premio Revelación de PHotoEspaña en 2017. Formada en periodismo y con una trayectoria centrada en la fotografía documental, Antón se interesa por comunidades, creencias y estilos de vida fuera de la norma.
En el año 2026, la humanidad ha conseguido que la mayoría de los cánceres tengan cura, ha rodeado la Luna y la Inteligencia Artificial escribe mejor que la mayoría de los universitarios. Pero en las farmacias españolas los boticarios siguen recortando con un cúter el cupón precinto de los medicamentos financiados y pegándolos con celo en una hoja para mandarlos a la Administración y que se los reembolse.
La irrupción de la inteligencia artificial (IA) generativa ha puesto en guardia a los creadores de contenidos. Para que estos modelos funcionen, deben ingestar extensísimas bases de datos con todo tipo de documentos. A ese material se le aplican algoritmos que establecen patrones. Esa es la llamada fase de entrenamiento. Editores, traductores, ilustradores y actores de doblaje, entre otros, consideran injusto que empresas como OpenAI (desarrolladora de ChatGPT o DallE), Anthropic (Claude) o Microsoft (Copilot) estén lucrándose de sus creaciones sin haber pagado derechos de autor.
No más dioses, no más duendes, no más magia. El comienzo de la modernidad ilustrada implicó el desbancamiento de las ideas religiosas, las supersticiones o cualquier creencia sobrenatural: la razón, guiando al conocimiento científico, llevaría a la civilización al progreso. Max Weber llamó a este proceso desencantamiento del mundo. La máquina de vapor aplastaba a los profetas y a los trasgos.



La periodista e investigadora palestina Mariam Barghouti (Atlanta, 32 años) es una de las voces de referencia de la información sobre Cisjordania y la ocupación israelí, que cubre para medios como Al Jazeera, The Guardian o la BBC. Invitada por el CCCB y la UOC como residente de su programa internacional en Barcelona, donde permanecerá hasta julio participando en distintas actividades sobre la situación en Palestina, aceptó la propuesta para poder tomar distancia. “Dentro de la tormenta no tienes el privilegio de reflexionar. Te acabas fijando en episodios concretos de violencia, en lugar de analizar el sistema que los produce”, dice Barghouti. “Y además era en Barcelona, uno de los pocos lugares donde me siento segura siendo palestina”.

El padre de Olivia Pérez-Collellmir nació en una casa frente a la Sagrada Familia. “Aquellas vistas lo marcaron tanto que con el tiempo se hizo arquitecto”, cuenta la compositora catalana. “De pequeña me llevaba a hacer las rutas modernistas mientras me enseñaba a leer las piedras”. Por entonces, a los seis años, ya tocaba el piano. Más tarde, con el título del conservatorio y una licenciatura en Filosofía, se mudó a Massachusetts para estudiar en Berklee. Allí, a golpe de colaboraciones con orquestas, su nombre empezó a sonar en las salas de concierto. “En Boston encontré mi voz como compositora y la confianza para sacar toda esa creatividad que llevaba dentro”.