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A punto de acabar el invierno, el Barça se regaló una radiante tarde primaveral en una jornada más culé que nunca, por el color azulgrana de la cancha, por los cinco goles que suponen el dígito mágico desde tiempos de Cruyff y por las esperadas elecciones, con más socios que turistas en el Spotify Camp Nou, abierto por fin el gol norte y aclimatada la grada de animación en el fondo sur, con más espectadores que nunca: 56.483. El estadio recupera la vida poco a poco, a mitad de camino de la plenitud, que será cuando tenga la cubierta puesta y dé cabida a 105.000 espectadores, una meta que no se sabe si podrá ser en 2027. El equipo acompañó con un rotundo 5-2 a la fiesta grande del club para que los socios pudieran disfrutar de un día de plenitud en casa una vez olvidado Montjuïc.
La Guardia Civil de Cantabria ha detenido este domingo en Pedreña (Marina de Cudeyo) a un hombre de 52 años como presunto autor del asesinato de su pareja, una mujer de 64 años.

Jonathan Brill (Boston, 52 años) se muestra fascinado cuando pasa por Miami, Chicago, San Francisco o Los Ángeles y ve robots “parecidos a R2-D2″ repartiendo pizzas, en referencia al droide azul y blanco de la saga de Star Wars. “Todavía no estamos entendiendo el impacto que va a tener la robótica y otros avances tecnológicos en los siguientes años”, señala el futurólogo —así se llama su cargo— en una entrevista con EL PAÍS realizada la semana pasada en Madrid.

Rosalía ha pedido disculpas por las declaraciones que hizo sobre Pablo Picasso en una entrevista con la escritora argentina Mariana Enriquez. “Yo pensaba que Picasso era un hombre muy tremendo, lo típico que se dice de él. No tenía conciencia de que había casos reales de maltrato. Quiero pedir disculpas por si hubo falta de sensibilidad por mi parte en esa conversación. Y esa falta de empatizar absoluta con esas mujeres”, ha dicho la artista en un vídeo publicado en su perfil de TikTok.
Sergio es nutricionista, trabaja en Madrid y tiene 35 años. Su empleo consiste en revisar documentación, contestar correos electrónicos y atender llamadas telefónicas, en las que da pautas de alimentación y vida saludable a clientes. “La mayor parte del tiempo estoy sentado delante del ordenador, como podría estar en mi casa”. Él querría teletrabajar, “al menos de vez en cuando”, pero sus empleadores no se lo permiten. “Me dicen que no, que imposible, que es política de empresa. Es una empresa antigua y casposa. No lo entiendo, podríamos hacerlo todo desde casa. Con teletrabajo mejoraría mi calidad de vida”, lamenta este empleado, que pide ocultar su apellido para evitar problemas en la empresa.
El promedio europeo de teletrabajadores ha seguido una tendencia parecida a la española, pero siempre con mucha ventaja: el último dato que detalla Eurostat es del 22,6% de media para los Veintisiete. Los países europeos con una mayor porción de teletrabajadores son Países Bajos (52%), Suecia (45,6%) y Luxemburgo (42,8%). En la posición contraria se encuentran Grecia (7,8%), Rumania (3,5%) y Bulgaria (3%). El patrón salta a la vista: los países con economías más avanzadas, más tecnológicas y de mayor valor añadido, teletrabajan más que los que se caracterizan por justo lo contrario. Esta dinámica se repite en la desagregación por comunidades autónomas. En la Comunidad de Madrid se teletrabaja en 2024 más del triple que en Canarias.
Durante la crisis del petróleo de los años setenta, en California se decía que las gasolineras tenían un horario más reducido que los bancos. Los conductores aparcaban sus automóviles junto al surtidor antes del amanecer y se echaban a dormir repantigados en el asiento a la espera de que abrieran. Las colas eran interminables. Eso cuando había algo que poner: las banderas verdes, amarillas y rojas servían para advertir, con solo un vistazo, si quedaba combustible, si solo lo había para vehículos de emergencias, o si las existencias se habían acabado y tocaba probar suerte en otra parte. El trance dio a entender al mundo que el suministro no podía darse por garantizado. Tampoco su bajo precio. Y dejó un trauma en la memoria colectiva que más de medio siglo después, a otra escala, resucitó con la guerra en Ucrania, y ahora regresa con las turbulencias en Oriente Próximo.