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“Fuera del armario; orgullo no binario. Persona NB, ni hombre ni mujer”. Una treintena de personas, la mayoría jóvenes, se ha concentrado este jueves frente a la sede del Registro Civil en Madrid, en la calle Montera. Otros tantos lo han hecho a las puertas del mismo organismo en Barcelona, Valencia, Sevilla, Zaragoza, Valladolid, Murcia, Santander, Tortosa, Huelva y Vic. En total, una decena de protestas con el mismo lema (Existimos, resistimos) para reclamar los derechos de las personas no binarias, aquellas cuyas identidades y/o expresiones sexuales o de género no encajan en las categorías tradicionales de hombre o mujer, de masculino o femenino.
El final de la vida de Noelia Castillo, tal y como ella había pedido, debería haberse cumplido, en la intimidad y sin ruido mediático, el 2 de agosto de 2024, fecha para la que estaba programada su eutanasia después de pasar todos los filtros y con todas las garantías que contempla la ley. Pero murió este jueves, a los 25 años, ejerciendo su derecho a la muerte digna, con su historia convertida en un asunto público zarandeado por la judicialización a la que su propio padre decidió someter el caso.
Noelia Castillo, la joven parapléjica de 25 años que esperaba la eutanasia desde hace más de año y medio, ha fallecido esta tarde tras recibir la prestación de ayuda para morir en la residencia sociosanitaria de Sant Pere de Ribes (Barcelona) donde estaba ingresada, según le han confirmado a EL PAÍS fuentes sanitarias. La asociación ultrareligiosa Abogados Cristianos, que ha intentado hasta el último momento parar el proceso en representación del padre, también ha publicado un mensaje en la red social X: “Ya se ha ejecutado la eutanasia a Noelia. Pedimos oraciones por su alma y su familia. Descanse en paz”.

El triunfo encierra su propia ruina. El ascenso imparable aboca al vacío. Y es bello que así sea. Es hermoso que la épica de Carolina Marín escape a su final más plano y previsible, ese final aburrido de las historias redondas como las de Jordan, Federer o Messi. Es sublime –porque es trágico, y solo lo trágico es sublime en el deporte– que la épica no dependa de algo tan vulgar y poco humano como ganar o perder. Y ahí está la grandeza del final de este cuento, su extraordinaria potencia narrativa.
Los sistemas de inteligencia artificial (IA) le dicen al usuario lo que quiere oír. Se ha documentado que suele ser así cuando se le hacen preguntas sobre hechos. También se ha demostrado que eso entraña serios problemas para personas vulnerables a la manipulación o el engaño, llegando en algunos casos hasta el extremo del suicidio. Pero hasta ahora no se había investigado cómo reaccionan estos programas ante preguntas de corte puramente social. Un estudio publicado en la revista Science elaborado por un equipo de informáticos de la Universidad de Stanford confirma que los grandes modelos de lenguaje (LLM, por sus siglas inglesas), como ChatGPT o Gemini, tienden a ser complacientes o serviles en sus respuestas cuando se les consulta por dilemas personales. Y que dan la razón incluso si lo que se les pregunta implica comportamientos dañinos o ilegales, lo que a su vez tiene repercusiones en la forma en que el usuario percibe la realidad.