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La industria europea del automóvil vive un momento dramático, con masivos recortes de empleo, pero España resiste. En medio de las tensiones generadas por la fuerte competencia china, la caída de ventas en el continente, el desafiante paso al vehículo eléctrico y el control de la cadena de valor de esta tecnología, España se ha posicionado como uno de los pocos lugares de la Unión capaz de atraer nuevas inversiones en un sector que simboliza la industrialización del continente.

Durante su etapa (2018-2021) como jefe de gabinete de Pedro Sánchez, Iván Redondo (San Sebastián, 45 años) creó a su alrededor una ola de misterio y una “imagen rasputiniana”, como él mismo admite, que llevó a algunos dirigentes del PP —partido con el que ya había trabajado— a reclamar, en privado, una réplica en su cuartel general. Un lustro después de abandonar La Moncloa publica El manual (Contraluz) donde, a ratos, sigue siendo algo críptico —“Unos consultores son como el agua, otros como el calor. Algunos son una melodía y otros, el ritmo...”—, y en el que habla siempre de sí mismo en tercera persona. En el libro expone una versión de su recorrido que muchas veces no coincide con la de algunos de sus antiguos compañeros de palacio.


Cualquier persona que tuviera edad de ver telediarios en 2014 recuerda uno de esos formidables descalabros políticos a los que España entera pudo asistir en directo: el de Ana Mato con el ébola. Aquella rueda de prensa de la ministra de Sanidad del Gobierno de Rajoy se considera ya un ejemplo de manual, para todos los expertos en comunicación de emergencias, de cómo cagarla absolutamente en todo. Para manejar con acierto una crisis, solo tienes que mirar aquella comparecencia y hacer todo lo contrario.
El estrecho de Gibraltar concentra el 10% del tráfico marítimo mundial. Algunos cálculos cifran en más de 100.000 los mercantes que lo cruzan cada año. A eso habría que añadir los veleros, los ferris que conectan Europa con África, el trasiego de las narcolanchas, la flota pesquera, las pateras y hasta los barcos turísticos dedicados al avistamiento de ballenas. Tanto motor emitiendo ruido debe tener consecuencias. El seguimiento a decenas de ballenas piloto de aleta larga (Globicephala melas) muestra ahora que elevan el nivel de sus vocalizaciones para superar la contaminación acústica. Sin embargo, el trabajo, publicado en el Journal of Experimental Biology, también desvela que no logran incrementar sus decibelios por encima de los generados por los humanos.
Cuando Pablo Neruda estaba en París en 1939 preparando la expedición del Winnipeg, el barco que llevaría a 2.200 republicanos españoles al exilio en Chile, se enteró de que Miguel Hernández había sido detenido por la dictadura franquista. Se dirigió entonces a Germán Vergara Donoso para que intercediera por el joven poeta de Orihuela. El diplomático chileno trabajaba en Madrid como encargado de negocios de la legación de su país. Era una persona conservadora, pero alejada del fascismo. Se implicó personal y profesionalmente. Envió comida y dinero al autor de El rayo que no cesa durante su encarcelamiento, ayudó a su mujer, Josefina Manresa, y se carteó con el ministro falangista Rafael Sánchez Mazas para pedir la conmutación de la pena de muerte a la que había sido condenado en un consejo de guerra el 18 de enero de 1940.




Mientras los negociadores de la Organización Mundial de la Salud (OMS) abandonaban Ginebra el pasado 1 de mayo sin lograr cerrar el anexo clave que debía activar el tratado global contra las pandemias aprobado en 2025 —el mecanismo llamado a evitar que en la próxima emergencia sanitaria se repitan los desequilibrios vividos durante la covid—, un brote de hantavirus comenzaba a encender las alarmas internacionales. Al día siguiente, las autoridades sanitarias informaron de varios casos confirmados y sospechosos en el crucero ártico MV Hondius, que había partido de Argentina. La secuencia —fracaso diplomático un día y alerta sanitaria al siguiente— pone en evidencia que la comunidad internacional sigue discutiendo las reglas para afrontar la próxima pandemia mientras los patógenos continúan propagándose sin esperar a los consensos políticos.
La educación pública valenciana afronta a partir de este lunes, 11 de mayo, su primera gran huelga indefinida en décadas —desde 1988— con 78.000 docentes de Infantil, Primaria, ESO, Bachillerato y FP llamados a secundarla después de meses de infructuosas negociaciones entre el Gobierno de Juan Francisco Pérez Llorca (PP) y los sindicatos para conseguir mejoras salariales, rebajas de la ratio de alumnos por clase, una menor carga burocrática, respeto a la educación en valenciano o un plan de climatización en los centros educativos. La huelga, convocada por los sindicatos más representativos —STEPV, CC OO, UGT, CSIF y ANPE— coincide con el final de curso y puede afectar a algo más de medio millón de alumnos, entre ellos 24.000 matriculados en segundo de Bachillerato, que en unas semanas se enfrentarán a las pruebas de acceso a la universidad. Los servicios mínimos decretados por la Generalitat obligan a todo el profesorado de 2º de Bachiller a estar disponibles para las evaluaciones a solo unas semanas de las pruebas de acceso a la universidad. Los sindicatos los han impugnado ante el TSJCV.
Domingo García mira con unos prismáticos la margen derecha y boscosa del río Guadalquivir desde el mirador Félix Rodríguez de la Fuente, en el parque natural Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, y suspira. “Allí arriba estaba el cortijo en el que nací y del que salí con nueve años”, me comenta. “Nos expropiaron, igual que a la mayoría que había por ahí, eso estaba lleno de aldeas, de cantidad de gente que había por ahí. Nos fuimos, unos un día; otros, otro día, y así. Llevamos en Cotorríos desde noviembre del 71”, recuerda. Domingo es la imagen viva de una generación que vivió la transición de una vida rural, dura y autárquica pero arraigada en unas montañas perdidas en los lindes de las provincias de Jaén y Albacete al desarraigo en pueblos de colonización, todos iguales, hechos durante el franquismo, como el de Cotorríos al que se refiere, donde se dio casa y una pequeña parcela a cambio de lo expropiado a quienes quisieron quedarse. La otra opción fue la emigración y el exilio en Barcelona, en Valencia o en Madrid para aquellos que decidieron, como cantaba Serrat, tomar su mula, su hembra y su arreo y seguir el camino del pueblo hebreo en busca de otra luna, a donde quizá les sonriera la fortuna.
Hay muchas recetas nacidas de la escasez que son verdaderos manjares. La sopa de espárragos malagueña es otro buen ejemplo de cocina de campo, y tiempos donde había que apañarse con lo que daba la tierra en cada momento. En la provincia de Málaga –sobre todo en la zona del interior– los espárragos trigueros silvestres han sido durante muchos años un valioso recurso durante la primavera; como en tantas otras zonas de España (lo son aún hoy en día, si tienes la suerte de encontrarlos durante un paseo campestre). Si no tienes acceso a ellos, puedes prepararla con espárragos verdes corrientes, que están de temporada y a un precio razonable en el mercado o la frutería.