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En los dos primeros bloques de estos fieramente vivos Cuentos completos, ‘Veladas en el caserío cerca de Dikanka’ y ‘Mírgorod’, ambientados en unas aldeas desperdigadas en la estepa ucrania, brujas, demonios, hadas y espíritus malignos se mezclan como si fueran una sola cosa —un percance pintoresco, una carnavalada hiperbólica— con descuidados labriegos, vivaces herreros y robustos cosacos, pero en ningún momento lo fantástico abole la terrible permanencia del orden fundamental de la existencia humana. En el bloque siguiente, ya en el Petersburgo imperial, la fastuosa y prolija ceremonia burocrática cobija la vacuidad de unos humillados funcionarios ofendidos por no ascender raudamente en los escalafones del invisible poder estatal y, como si se tratara de un fantasmagórico castigo a su ambición, uno de ellos extravía su nariz y pone un anuncio en la prensa para recuperarla, a otro unos maleantes le roban el abrigo nuevo en el que ha invertido todos los ahorros, y un tercero enloquece y se cree rey de España: las tres pérdidas —de la razón, del abrigo, de la nariz— evidencian la falta de referentes en que se sostienen las secuencias de hábitos que tendemos a llamar vida. Es la actualidad imperecedera de Nikolái Gógol (1809-1852): ante la desaparición de unas propiedades que los identifican, sus personajes son avasallados por un íntimo sentimiento de naufragio que aún hoy consideramos un síntoma inequívoco de nuestro tiempo.

Si no vives en Saturno, tienes conexión a Internet y miras las redes sociales de vez en cuando, es posible que te hayas encontrado con la famosa técnica viral para hacer kebab en casa. O, mejor dicho, para hacer dúrum, que sería la denominación más correcta para este tipo de bocadillos rellenos de finas láminas de carne cocinada en un pincho que gira. Este truco imita esas lascas tan jugosas sin necesitar el circo giratorio, usando un instrumento cada vez más presente en las casas: la freidora de aire (aunque también lo puedes preparar en un horno convencional).