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Mi sobrina de trece años se vuelve loca cada vez que nos cruzamos por la calle con una tienda de bubble tea. Se agarra del cuello con las manos, retuerce su torso como una anguila y me mira con cara de llevar diez días de travesía por el Sahara sin ingerir ni una sola gota de agua. “¡Me muero de sed!, ¡por favor!, ¡necesiiiitooooo…!”. Esa bebida de origen taiwanés que mezcla perlas de tapioca con leche, frutas, jarabes y té, adquiere unas tonalidades lisérgicas que me recuerdan a las setas venenosas que afloran alrededor de los árboles con colores llamativos. Mientras que, para mí –un señor nacido en el 1900– beberme un líquido rosa con bolitas negras es un peligro que alerta de una muerte inminente, mi sobrina piensa que se trata de un brebaje divertido y un consumo de fantasía.



En la madrugada del miércoles al jueves, las monjas cismáticas que se separaron de la Iglesia Católica en mayo de 2024, abandonaron el convento de Belorado en el que vivían atrincheradas. El Tribunal de Instancia de Briviesca (Burgos) había fijado a las 9:30 del jueves el desahucio. Ellas se ahorraron la entrega de las llaves, lo hicieron sus abogados Florentino Aláez y Enrique García de Viedma Serrano. Según Natxo de Gamón, el responsable de comunicación del arzobispado de Burgos, el panorama que se encontraron en el convento a la salida de las rebeldes fue impactante. “Hay cosas que me impresionaron”, dice. Entre ellas, “la suciedad” y el estado de conservación de unos pergaminos del siglo XIV. “Son unas bulas de cuando se fundó el monasterio... En su día estaban guardadas en un armario. Cuando entramos, vimos que se llevaron el armario y guardaron los pergaminos debajo de unas mantas”, cuenta.
