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Observo que los antiguos postmodernos, o ahora modernos, los Robin Hood de lo woke o de lo políticamente correcto y que repercute en su nómina, citan continuamente lo de las “lágrimas en la lluvia”, que cerraba líricamente Blade Runner, o el inicio dickensiano de “Era el mejor de los tiempos. Era el peor de los tiempos".
Cada época ha imaginado su cuerpo ideal. La nuestra, además, nos exige alcanzarlo para conservar un mínimo de valor como individuos. Hace años que asistimos al regreso de la delgadez extrema, el culto a la juventud y la belleza sin mácula como imperativos morales de nuestro tiempo. El Ozempic, junto con otros fármacos de la familia de los GLP-1, utilizados inicialmente para tratar la diabetes y la obesidad, se ha convertido en menos de un lustro en el emblema de una nueva economía corporal. Medicamentos inyectables para perder peso, tratamientos antiedad, dosis regulares de bótox, ácido hialurónico o esperma de salmón, así como filtros y otras tecnologías de la imagen, prometen corregir cualquier desviación respecto a la nueva norma social. Desde la pandemia, cuando la inquietud sanitaria se instaló en el centro de la vida cotidiana, el discurso se acerca a lo totalitario, promocionado por esos poderosos órganos de propaganda que son las redes.
El 26 de enero de 2009, cuando aún faltaban 11 días para que la Policía Nacional realizara las primeras detenciones de una operación aún secreta que había sido bautizada como Gürtel, el entonces comisario en activo José Manuel Villarejo, quien en teoría no debería conocer lo que estaban investigando sus compañeros de la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF), escribió en su agenda: “Llamó para vernos. La parienta María Dolores de Cospedal quiere datos para tomar decisiones”. Aquella anotación en la que se alude a un supuesto contacto del agente con el empresario Ignacio López del Hierro, entonces marido de la secretaria general del PP, fue descubierta entre el material que se intervino al policía retirado cuando fue detenido en 2017 y es el punto de partida de la sombra de sospecha que desde entonces se ha cernido sobre la que fuera todopoderosa número dos de los populares sin que esta haya logrado disiparlas.

Nuria S. tiene 31 años, trabaja como enfermera en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid y comparte piso porque asumir el alquiler ella sola consumiría casi la mitad de su sueldo. A más de 200 kilómetros, Julián L. conserva junto a sus hermanos la casa de sus padres en un pueblo de Soria. Lleva años vacía. Nadie quiere comprarla porque además necesita reformas, alquilarla tampoco resulta sencillo y la familia nunca termina de ponerse de acuerdo sobre qué hacer con ella. Entre ambos polos opuestos se resume una de las mayores contradicciones del mercado inmobiliario español. El Banco de España calcula que el país acumula un déficit de 750.000 viviendas, pero esa escasez no es generalizada. Cuando se observa dónde falta y dónde sobra, la fotografía arroja dos escenarios residenciales. La prueba es que la falta de casas que registra Madrid equivale a la de las 30 provincias con menor presión inmobiliaria del país. Y seis provincias (Madrid, Barcelona, Valencia, Alicante, Murcia y Málaga) concentran más de la mitad del déficit.

A falta de esclarecer todavía muchas incógnitas del desastre del incendio de Los Gallardos (Almería), donde se contabilizan al menos 12 fallecidos y hay 23 personas sin localizar, hace años que se venía anunciando una tragedia de este tipo con múltiples víctimas por el fuego en el país. Así lo recuerda Víctor Resco (46 años, Baracaldo), ingeniero de Montes y profesor de la Universidad de Lleida, que acaba de realizar un estudio para la Real Academia de Ingeniería (RAI) en el que se advierte de que España afronta una transformación sin precedentes en el comportamiento de los incendios forestales.

La historia parece de telenovela, pero ocurrió en Vigo. Una pareja tenía listo el divorcio, solo faltaban las firmas. Por un giro del destino —o del guion—, la mujer y su esposo empezaron a ver La reina del flow, una serie que mezcla el melodrama de los culebrones con el reguetón. Esto los “volvió a unir”. O eso contó la fan a algunos de los protagonistas de esta producción colombiana que Netflix llevó a hogares de todo el mundo. Ahora, dicen ellos, han “atravesado los píxeles de la pantalla y la resolución HD”. Han “saltado al escenario” con una gira por España que abarrota algunos de los principales recintos del país y ya supera 120.000 entradas vendidas. Una historia que, esta vez, sí salió de la televisión.




Un millón largo de euros no es mal precio por vaciar un trastero. El del diseñador belga Martin Margiela quedó este jueves 9 de julio limpio de polvo y paja, adjudicado bajo el martillo de Maurice Auction, la casa de subastas parisién que mejor maneja la venta de colecciones privadas de moda al mejor postor desde 2024, en una dispersión que deja nuevos hitos para los anales de las pujas públicas. Se trata de la primera gran subasta del archivo personal de un creador de relevancia aún vivo, o eso quieren creer sus organizadores. El resultado ha sido un pleno absoluto, lo que los expertos llaman white glove sale (venta de guante blanco), el remate perfecto en el que se despacha el 100% de los lotes, prueba del furor desatado por las piezas a colocar. “Organizar esta subasta y trabajar con Martin Margiela ha sido un proyecto excepcional con una huella que se prolongará en el tiempo”, concedía Salomé Pirson, fundadora de Maurice Auction junto a Marie-Laurence Tixier y martillera para la ocasión. Y tanto: 1.385.020 euros de recaudación que pulverizan la conservadora estimación de 412.000 inicial y la constatación de que el residuo ya es el activo favorito de los inversores.



J Kbello (Cádiz, 28 años) casi muere al nacer. El cantante cogió una mononucleosis en la cuarentena y estuvo malísimo durante mucho tiempo. De sus primeros cinco años de vida solo se acuerda de las recaídas, las constantes visitas a los médicos y la preocupación de su madre. Pero un día se curó, empezó a bailar y ya no paró. “Me llamaban maricón porque me gustaba bailar. Me lo decían constantemente y a mí me daba igual”, recuerda de su infancia en la Barriada de la Paz, histórico barrio obrero gaditano. “En Andalucía se usa mucho el ‘maricona’ como insulto, pero para mí nunca ha sido algo despectivo. Nunca me ha parecido un insulto que me llamen maricón porque me crié en una familia muy abierta. No me lo decían con maldad, me lo decían porque era lo que oían en sus casas”.

Hace 10 años, la periodista y escritora turca Ece Temelkuran (Esmirna, 53 años) le dijo a su madre la fatídica frase que ningún inmigrante quiere pronunciar: “Mamá, no voy a volver a casa”. Llamaba desde Zagreb y desde ese mismo momento sintió que se había convertido en una persona sin hogar. En 2016 abandonó Turquía, un país cada vez más autoritario, para poder vivir, escribir y pensar en paz. Durante todo este tiempo se ha visto abocada a moverse por distintos países europeos con la constante sensación de no pertenecer, de tener las raíces expuestas al aire frío de lo ajeno. Después de publicar Cómo perder un país y Juntos, Temelkuran ha escrito La nación de los extraños (los tres, editados por Anagrama), su libro más personal y en el que repasa el sentimiento de exilio, pero también advierte: esto también te puede pasar a ti, tú también puedes perder tu casa de un día para otro.