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El viaje en el que nació Meteoríticas recuerda a la película Thelma & Louise, aquella road movie protagonizada por dos mujeres que triunfó en los noventa. Brasil, 2017. Tres científicas conducen durante dos días, desde Río de Janeiro hasta Bahía, siguiendo el rastro de un meteorito. El trío, que se conoció en los pasillos de la universidad, sale del laboratorio, se cala el sombrero de ala ancha, y viaja en un coche alquilado por polvorientas carreteras que se adentran en tierras cada vez más áridas.



Gabriella Conti, economista del University College de Londres, lleva años investigando algo de lo que todavía existe escasísima evidencia científica: el coste económico de la menopausia. Este periodo biológico de las mujeres ocurre entre sus 45 y 55 años, cuando muchas de ellas están en lo más alto de su carrera profesional. Y, según explicó Conti en una conferencia reciente en la Fundación Areces de Madrid, la menopausia puede afectar a múltiples dimensiones de la vida. Los costes económicos incluyen la incapacidad temporal para trabajar con la misma productividad que antes, la sobremedicación por motivos psicológicos y el mayor uso de los servicios sanitarios. Y si la mujer abandona el mercado laboral, se convierte en una carga adicional para la Seguridad Social. Todas las mujeres pasarán antes o después, y de forma más o menos problemática, por la menopausia. Sin embargo, esta es una dimensión que no ha interesado a los economistas. Hasta ahora.

La víspera de los cuartos de final contra Bélgica, a Luis de la Fuente le entró un ataque de risa en la rueda de prensa. Un periodista mencionó que a Dani Olmo el penalti que falló Eloy en 1986 le resultaba tan remoto como Marco Aurelio. Al seleccionador, en el trance de prepararse para la ocasión histórica de clasificar a España para la segunda semifinal mundialista de su historia, le costó trabajo apaciguar la carcajada. No parecía demasiado nervioso, y en parte es por Marco Aurelio.

Jesucristo resucitó al tercer día tras su crucifixión. Ernesto Castro (Madrid, 35 años) ha necesitado un poco más de tiempo para su renacimiento. Hace un año y medio, el filósofo y ensayista, popular entre los mileniales por sus vídeos de YouTube en los que reflexiona sobre temas de la cultura contemporánea como el 15-M, el trap o el poliamor, abandonó a sus 170.000 feligreses para recorrer esa ruta del calvario llamada depresión. En una visita al monasterio de Santa María de Montserrat tuvo una revelación. Castro, profesor universitario de Estética criado en el más estricto ateísmo, se convirtió al catolicismo frente a la imagen de la Virgen. Hace unas semanas, reapareció en las redes —“La caverna, el infierno en la Tierra”, dice— para anunciar que se ha bautizado y confirmado y que está en comunión con Dios.

Tener un teléfono móvil inteligente propio es una de las cosas que más desean niños y adolescentes. Ya no solo porque “todos sus amigos tienen uno”, sino porque representa la puerta de entrada al mundo digital: a los grupos de WhatsApp, los videojuegos, las redes sociales y una mayor sensación de independencia y autonomía. Para muchas familias, el verano parece un buen momento para dar ese paso: hay menos presión académica, los padres y madres tienen más margen para preparar el dispositivo y fomentar un uso adecuado y responsable, y los niños y adolescentes cuentan con más tiempo para aprender a utilizarlo y adaptarse a los límites que se establezcan, que servirán de referencia para el resto del año. Sobre todo, esto también sobrevuela la idea de que, con las vacaciones, será más fácil acompañar ese estreno.


A las afueras del oeste de El Cairo, junto a la autopista de Dabaa, se despliega una red de carreteras extensas que recorren un paisaje donde el erial del desierto se ve interrumpido cada ciertos kilómetros por anchos canales de regadío, campos de cultivo y plantas industriales. No se trata de espejismos, ni de un oasis, sino de un proyecto masivo de ganancia de tierras.
Es el gran enigma del verano. Si en materia de una pieza está claro que las rayas en blanco y negro son las ganadoras indiscutibles de la partida (con otras muchas alternativas a tener en cuenta en el traje de baño), el misticismo que rodea al bikini renueva temporada con más tendencias superlativas a su alrededor que otros veranos.























Puede que pedalear de noche, por pistas de tierra y piedra suelta, lejos de grandes núcleos de población, lejos de casi todo, sea una completa locura. El potente haz de luz que parte de un foco amarrado al manillar constituye una burbuja de seguridad en mitad de la densa oscuridad, pero uno no puede evitar rodar con cierta aprensión, con una concentración máxima para anticiparse a las trampas del camino. Varios pares de ojos cruzan la pista, a diferentes alturas, dando pie a imaginar el tamaño del espectro. En lo alto de una loma interminable, un espectáculo inesperado barre el horizonte: luces rojas colgadas del vacío a diferentes alturas parpadean, destrozando una oscuridad solemne. Cuesta un poco entender que solo delatan la presencia de molinos eólicos, casi bellos ahora que no es posible verlos.
La traducción al inglés de Así en la tierra como debajo de la tierra, de la brasileña Ana Paula Maia (Nueva Iguazú, 1977) ha hecho que compita por el International Booker Prize de este año. Ello ha llevado que aterrice en España también por estas fechas saltándose la obligación de la novedad cronológica, ya que se trata de una novela escrita y publicada originalmente en 2017. La obra de esta escritora y guionista se ha vertido en nuestro idioma gracias a editoriales como Jus y Siruela, hasta que se ha hecho hueco de forma regular en el siempre excitante catálogo de Eterna Cadencia.
