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Los representantes de 16 países miembros de la Secretaría General Iberoamericana, reunidos en una conferencia sobre clima y medio ambiente que se celebra en la ciudad española de Málaga, han cerrado filas este miércoles con la agenda verde internacional y el desarrollo de los grandes tratados medioambientales. Por un lado, los Gobiernos han aprobado la denominada Agenda Medioambiental Iberoamericana, un documento que contiene una batería de medidas que buscan aumentar la colaboración entre estos países en asuntos como las alertas tempranas ante desastres naturales, eventos que en muchas ocasiones el cambio climático está haciendo que sean más duros y frecuentes. Por otro, han adoptado una declaración política de apoyo a los tratados ambientales más importantes en un momento de fuerte presión sobre este tipo de políticas.
Mercedes Ortiz, periodista, madre de dos hijos y expaciente de cáncer de mama, se expresa con claridad sobre lo que supone atravesar un proceso oncológico: “No es solo la enfermedad. Cuando te golpea algo así suceden muchas cosas: revisiones, consultas, incertidumbre, un calendario que te atropella, fragilidad, conciliación... Se acumula todo”. Ese todo, en su caso, fue llevadero y sencillo, dentro de las circunstancias de una situación así. Ortiz fue tratada (aún lo es) en el Hospital Universitario Sanitas La Zarzuela (Madrid), que desde hace unos años está inmerso en un proceso de innovación y digitalización para hacerle la vida más fácil a sus pacientes y a los propios especialistas: “Gané tiempo, tranquilidad y seguridad. Me ahorré dudas e incertidumbre. Y sentí que era partícipe de mi enfermedad en todo momento. Me empoderé”, relata.
Hace poco, Mayte Gómez Molina metió una estantería en su casa, el primer mueble que introduce en su piso de Karlsruhe (Alemania) desde que se mudó a él hace casi cuatro años, toda una concesión a la permanencia dentro de una vida compuesta, hasta ahora, de situaciones extremadamente circunstanciales. Gómez Molina, de 33 años, nació en Madrid, pero ella se considera de Granada. Recibió un beca Fulbright en 2019 para hacer un máster de nuevos medios en Chicago, pero lo cursó telemáticamente en Chiclana de la Frontera: “Fue la pandemia y dije, bueno, si esto es el fin del mundo, en América tienen pistolas y en España no, así que me fui”, explica. Fue premio Nacional de Poesía Joven en 2023, pero se considera escritora narrativa: acaba de publicar La boca llena de trigo, su primera y aclamada novela, en Anagrama. Incluso el piso donde por fin ha metido esa estantería que encontró por la calle está en Alemania, pero ella trabaja en Basilea. Cruza la frontera a diario para formar parte de un grupo de investigación de arte digital en 3D, donde también es profesora en la Academia de Arte y Diseño. Si se puede sacar una única conclusión de un currículo así, sería lo provechosos que pueden resultar, para una cabeza lo suficientemente bien amueblada, los no-lugares biográficos.
“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta”. Así empieza una de las novelas más importantes de la literatura universal contemporánea que, escrita por el autor ruso Vladímir Nabokov, introducía al lector en la mente de Humbert, un pederasta que narra la historia sobre cómo se obsesiona con una menor de edad. Durante la novela, su voz responde a la de un narrador no fiable, es decir, uno que hace dudar al lector de la veracidad del relato.
De joven, Adolfo Aguilera tuvo un accidente de moto en Madrid, cerca de Manuel Becerra. Entonces tenía muchos amigos, pero no se atrevió a llamar a ninguno para que recogiese su moto. Tuvo que pagar a un taller. “Yo salí dos veces del armario. La primera cuando me acepté como hombre gay y la segunda como motero. Entre mi círculo de amistades no lo comentaba, era una afición fuera del mundo gay. Pensaba que iban a decir: ‘Mira al tonto ese, que va de machito”, recuerda. Ahora tiene 66 años y una Honda VFR1200 gracias a la que ha conocido a grandes amigos y, sobre todo, a su actual pareja.
San Marino es la república y el Estado soberano más antiguo del mundo, fundado hace más de 1.700 años. Es, además, uno de los cinco países más pequeños que existen. Su superficie y población son similares a los de la localidad madrileña de Pinto (65 kilómetros cuadrados y 35.000 habitantes). Un microestado que, a pesar de su diminuto tamaño, es miembro de pleno derecho de Naciones Unidas, del Consejo de Europa, del FMI, de la OMS y de la Corte Internacional de Justicia. Y tiene un centro histórico que es patrimonio mundial de la Unesco desde 2008. A poco más de 130 kilómetros de Bolonia, algo menos de 85 de Rávena y 23 de Rímini —las tres, en pleno corazón de Emilia-Romaña— este minúsculo territorio sorprende en muchos sentidos.