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En la cima del volcán Llullaillaco, frontera entre Chile y Argentina, solo hay roca, hielo y nieve. El paisaje, blanco y árido, parece despojado de cualquier rastro de vida. Cuando el fisiólogo evolutivo Jay Storz llegó a la cumbre, llevaba meses detrás de una historia. Unos montañistas le habían contado que, en el tope del segundo volcán activo más alto del mundo, habían observado a un pequeño ratón orejudo. Lo que suponía que viviese en la altura más extrema de la que se había podido documentar de un mamífero hasta ese momento: por encima de los 6.000 metros. “Cuando capturé el primero, no lo podía creer”, recuerda el estadounidense.



Mónica Bettencourt-Dias (Lisboa, 53 años) es la primera mujer y la primera persona de fuera de España que dirige el Centro de Regulación Genómica (CRG), en Barcelona, desde su creación en 2000. A sus mandos estarán 476 científicos de 47 nacionalidades distintas, una auténtica torre de Babel que es uno de los centros más prestigiosos y competitivos del mundo en su campo. Hija de un matemático y una investigadora en ciencias sociales, Bettencourt-Dias, doctora en Biología Molecular por el University College de Londres, desembarca en España tras una exitosa carrera en la que ha dirigido el Instituto Gulbekian de Ciencia, en Lisboa, ha encabezado el comité de políticas de la Organización Europea de Biología Molecular y presidido EU-Life, la alianza de los mejores centros de ciencia de la Unión Europea. Su especialidad científica son los centriolos, orgánulos de la célula tan desconocidos como esenciales para casi cualquier aspecto de la vida, incluido su primer capítulo, cuando un espermatozoide entra en el óvulo y crea la primera célula de la que proviene una persona. Bettencourt-Dias también es especialista en comunicación científica, y ha dedicado parte de sus esfuerzos a garantizar el acceso equitativo a la ciencia en países de África.

Pensar en las gasolineras como un fin y no como un medio podría ser una analogía de la vida, pero para Txema Salvans (Barcelona, 55 años), que lleva años parando en ellas y fotografiando sus ecosistemas, las estaciones de servicio no tienen tanta poética ni belleza. “Me dan bajón”, dice. Igualmente, intentémoslo.
A mediados de la década de 1980, Martin Scorsese estaba empezando a asimilar una dura lección. La industria había cambiado. Quedaban atrás los días del Nuevo Hollywood y su estridente revolución cinematográfica. Los grandes estudios ya no estaban tan dispuestos a dar carta blanca a la generación de cineastas rebeldes que, como el propio Scorsese, había irrumpido 15 años antes para cambiar las reglas del negocio.

Hemos hablado ya varias veces del semifreddo, ese postre helado que resuelve el final de una cena de verano sin necesidad de heladería. Hay una razón por la que seguimos volviendo a él: es fácil de hacer, aguanta varios días en el congelador, y la base admite casi cualquier sabor. Si hay uno que no falla en ninguna estación del año, es el tiramisú.
No era muy complicado predecir que el gran momento de Pierpaolo Piccioli en Balenciaga llegaría con el primer desfile de alta costura para la casa de origen español. A fin de cuentas buena parte de su brillantez durante su etapa en Valentino vino no solo de sus desfiles de costura, sino de esos desfiles de costura en los que se veía la influencia de Cristóbal Balenciaga. Ahora, que trabaja para la casa de su gran héroe, el reto estaba ahí pero el romano ha sabido superarlo con solvencia. Tras dos colecciones de prêt à porter difusas en las que Piccioli no ha terminado de encontrar su sitio (no es nada fácil hacerlo si tu predecesor es Demna, que cambió las reglas del juego), en su debut en la costura ha hecho precisamente lo que mejor sabe hacer: jugar con los volúmenes, contrastar rigidez y ligereza y dejar, como hacía el diseñador vasco, que el cuerpo vestido se mueva libre.