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Ya hace tiempo que en los palacios del poder se sabe que la fiscal superior de Madrid no traga al fiscal general del Estado, así que esa mañana temprano, cuando Álvaro García Ortiz la llama por teléfono hasta seis veces seguidas y le envía un torrente de mensajes de texto, Almudena Lastra no le responde, sino que termina de arreglarse y a eso de las 8.30 sale de su domicilio y se dirige en coche al despacho. La noche anterior, cuando su jefe de prensa le advierte, muy nervioso, de que García Ortiz anda removiendo Roma con Santiago para tratar de desmentir una noticia falsa que ha puesto en circulación el diario El Mundo, Lastra le responde: “Tranquilo, Íñigo, apaga el teléfono y vete a dormir”.
La cita para esta entrevista, al principio, estaba fijada a mediados de febrero en un hotel de Berlín. La escritora Arundhati Roy (Shillong, India, 64 años) estaba invitada a la Berlinale, el festival de cine, con ocasión del estreno de la versión restaurada de In Which Annie Gives It Those Ones (en el que Annie la monta, sin traducir al español), un popular telefilme de 1989 cuyo guion ella escribió y en el que actuó. A última hora, y estando en París a punto de subirse al avión hacia Berlín, vio que, en una rueda de prensa el cineasta alemán Wim Wenders, presidente del jurado, y otros miembros del cónclave eludían las preguntas sobre Israel y Gaza. “Me sorprendió que personas tan inteligentes tuviesen miedo de decir cualquier cosa sobre Gaza”, recuerda Roy. Y anuló el viaje y la entrevista.
Por primera vez EE UU ha perdido su estatus de democracia liberal plena. Así se desprende del tradicional informe anual del Instituto V-Dem (Varieties of Democracy), de la Universidad de Gotemburgo (Suecia), uno de los más prestigiosos en cuanto a la medición de la calidad de la democracia en el mundo. Ello ocurre durante el primer año del segundo mandato de Donald Trump en la Casa Blanca. El instituto en cuestión distingue entre “democracias liberales” (de alto nivel: elecciones, Estado de derecho, controles efectivos) y “democracias electorales” (hay comicios pero fallan los controles o alguna de las libertades civiles, como la de expresión). EE UU ha caído hasta la categoría de “democracia electoral”, lo que implica que sigue siendo una democracia pero ha perdido calidad en aspectos clave de su modelo liberal: no es una autocracia, no es una democracia colapsada, pero ya no cumple plenamente con el estándar de una democracia liberal robusta, cuando llegó a ser uno de los referentes de ella. Existe una agresiva concentración de poderes en la presidencia de la nación y la velocidad con la que la democracia se está desmantelando no tiene precedentes.
El fondo soberano de Noruega es el mayor referente mundial en inversión responsable. Un comité ético independiente —formado por cinco personas— estudia qué empresas cotizadas no cumplen con los estándares medioambientales o de respeto a los derechos humanos, fijados por el Parlamento para que el fondo pueda invertir en ellas. En la lista actual de exclusiones hay 206 compañías. Entre ellas, la española Prosegur. La decisión del comité de recomendar la desinversión en 11 empresas israelíes y una de EE UU, por su papel en la invasión de Gaza, provocó una pequeña crisis diplomática en septiembre, con algunos senadores norteamericanos pidiendo la retirada de visados para los trabajadores del fondo en Nueva York.
Alta es una ciudad noruega de 20.000 habitantes situada en una esquina del mundo. A 1.800 kilómetros por carretera al norte de Oslo. Es enero y en la calle hace 17 grados bajo cero. Mina Steen (20 años) es profesora de una clase de niños de 12 años y jugadora de balonmano. Hoy les va a hablar del fondo soberano de Noruega. El más poderoso del mundo. El artífice de convertir el petróleo del Mar del Norte en un tesoro con maldición propia. Un complejo engranaje institucional cuyas decisiones se escrutan desde Washington a Tel Aviv. Sofisticación financiera e inteligencia artificial al servicio del pueblo. Si los viejos sabios medievales querían transmutar el plomo en oro, los modernos noruegos han logrado transformar en riqueza los átomos de carbono e hidrógeno enterrados bajo el mar. Pura alquimia del siglo XXI.


Después de pasar la mayor parte de su vida en el mundo corporativo, conviviendo con la presión de las ventas, el estrés y la ansiedad, Cristian Blanch decidió dar un giro a su vida y empezó a compartir su pasión por el yoga y la meditación a través de su cuenta de Instagram. En poco tiempo se hizo con un gran número de seguidores y pudo dejar su trabajo para dedicarse solo a su pasión: la divulgación de la meditación a través de las redes sociales. Hizo charlas, clases, vídeos, imágenes, presentaciones; en definitiva, un montón de contenido online que se convirtió en su sustento vital. “Hasta que me di cuenta de que alguien estaba usando mi imagen para estafar a otros. Recibí mensajes de personas que habían pagado por estos servicios y no recibieron nada”, cuenta Blanch, de 46 años. “Me pedían ayuda y yo me sentí completamente fuera de todo. No sabía qué era real y qué no lo era”, añade.


