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Mohamed Cisse nació en Costa de Marfil en 2001; en 2016, siendo menor, llegó a España y quedó bajo la tutela de la Diputación Foral de Bizkaia. Al cumplir los 18 se apuntó al programa Gazte On: una formación intensiva de seis meses de duración desarrollada por varios centros de Formación Profesional (FP) adheridos, con certificado de profesionalidad. Los cursos se diseñan ad hoc para las empresas, según el perfil que necesitan en cada momento. “Hemos dado una vuelta al sistema”, incide la diputada de Empleo, Cohesión Social e Igualdad, Teresa Laespada. Cisse se especializó en Tratamientos Superficiales (pintura) y entró de prácticas en Haizea Bilbao, que diseña, fabrica y monta grandes estructuras metálicas y cimientos para aerogeneradores. Al acabar su ciclo formativo fue contratado.
CaixaBank Dualiza concibe la Formación Profesional (FP) como una herramienta estratégica para afrontar los retos derivados de la inmigración, y para promover la cohesión social. Según sus datos, en el curso 2014-2015 había 56.595 estudiantes extranjeros matriculados en toda la FP educativa (grado básico, medio y superior); en el 2024-2025 eran 129.161. Más de 87.000 se concentraban en centros públicos. Las mayores proporciones se dan en las familias profesionales de Instalación y Mantenimiento (48,50%); Textil, Confección y Piel (43,50%); Vidrio y Cerámica (40,60%); Hostelería y Turismo (49,20%); Edificación y Obra Civil (47,20%); Comercio y Marketing (43,70%).
¿Cómo se aprende una profesión en un contexto en constante cambio? La pregunta parece sencilla, pero encierra uno de los principales desafíos a los que se enfrenta actualmente la educación superior, en los planes de estudios... y en los hogares, a la hora de elegir carrera. Y los estudiantes necesitan enfrentarse a situaciones complejas antes de saltar al mundo laboral.
Una de las cosas más desconcertantes de The Last Resort, la serie con la que Martin Parr (Epsom, Reino Unido, 1952-Bristol, Reino Unido, 2025) retrató las vacaciones de la clase trabajadora británica, es que apenas provocó protestas cuando hace 40 años se mostró por primera vez en Liverpool, muy cerca del lugar donde había tomado sus fotografías. La polémica llegó después, cuando las fotos viajaron hasta la muy refinada Serpentine Gallery de Londres, para enfrentarse a un público de críticos y aficionados al arte que vio allí una representación grotesca y humillante de esas clases obreras; algo que al parecer a sus propios protagonistas se les había escapado. El debate quedaba abierto, y sigue estándolo: ¿estaba Parr mostrando crueldad y falta de empatía hacia los menos desfavorecidos, convirtiéndolos en objeto de una mirada deshumanizada o, más bien al contrario, había decidido mostrar desde una perspectiva crítica las devastadoras consecuencias de las políticas de Margaret Thatcher?
Mirar hoy al horizonte desde los castillos de Íllora, Montefrío y Moclín, en Granada, permite ver las llanuras y sierras que divisaban los centinelas nazaríes hace más de cinco siglos. En esas fortalezas y en las torres vigías que jalonan el camino hacia la ciudad de Granada descansaba buena parte de la supervivencia de la dinastía nazarí frente a las tropas castellanas. Y lo ocurrido allí en junio de 1486 hizo comprender a los reyes nazaríes que su época estaba a punto de concluir. Ese mes de aquel año cayó su penúltima línea defensiva —la última era la Alhambra misma— en manos de los Reyes Católicos. A cuatro leguas de la ciudadela capitalina, poco más de 20 kilómetros en línea recta, el 8 de junio de hace 540 años el castillo árabe de Íllora pasaba a manos de las tropas castellanas. Días después, las fortalezas musulmanas de Moclín y Montefrío caían del mismo lado. El camino entre esta última frontera y la capital del reino nazarí quedaba prácticamente expedito. Por delante, la sierra y la Vega de Granada. Seis años después, Boabdil, el último rey nazarí, entregaría las llaves de la Alhambra para poner rumbo a la Alpujarra.
Ha sido una semana para enmarcar, desde luego. Para enseñar en el futuro como una acuarela del siglo XXI. El general Mladić, autor del genocidio de 8.000 musulmanes en 1995 es enterrado por todo lo alto en un funeral de Estado en Serbia. AfD gana las elecciones en Sajonia-Anhalt, con una exaltación del pasado y promoviendo una limpieza étnica mediante la expulsión de extranjeros —el perfil de su votante es el de un hombre de mediana edad de escasa formación—. El Informe PISA constata el derrumbe de la comprensión lectora en los alumnos españoles, porque no leen y crecen pegados al móvil (y mejor que no hagan la prueba a los adultos). Un investigador abandona el proyecto de inteligencia artificial de Anthropic y denuncia que llevará a la extinción de la raza humana antes de 2030. Todo esto a treinta y pico grados en septiembre. Y piensen que aún nos espera el iluminado navideño y el festival de Benidorm. No sé ustedes, pero yo lo relaciono todo, para mí forma parte de la misma cosa, ese mundo soñado de los multimillonarios fascistoides de las nuevas tecnologías, en compañía de tiranos sin escrúpulos, secundados por partidos de ultraderecha. Si se unen los puntos, diría que la ignorancia masiva forma parte del plan. No soy de conspiraciones, pero no me digan.

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He de confesar que cuando mi jefa me propuso hacer un tema sobre máscaras tubulares, mi primera reacción no tardó en llegar:





La sanidad privada es un negocio al alza que no para de crecer en España. Y buena parte del motivo hay que buscarlo en la pública: sus crecientes listas de espera y una atención que se percibe en continuo deterioro empujan a millones de ciudadanos a contratar un seguro. Pero la propia sanidad pública también trasvasa cada vez más dinero a la privada a través de conciertos, que en 2024 —último dato disponible— sumaron más de 10.000 millones de euros, algo más del doble que en 2002.