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El mes de julio no solo inaugura la temporada de sol, playa y rebujito. El verano también da el pistoletazo de salida a una de las negociaciones más delicadas del año en la oficina: las vacaciones. Detrás de los calendarios estivales se esconde una lucha por cuadrar intereses que no siempre coinciden. Mientras los trabajadores intentan cazar las mejores fechas, las empresas hacen malabares para que la productividad no se resienta. El resultado es un cóctel en el que afloran tensiones, malentendidos y, en ocasiones, conflictos laborales.
“Si el ERTE supone una suspensión del contrato, durante ese tiempo no se generan vacaciones, porque la obligación de trabajar queda temporalmente suspendida”, explica Daniel Toscani, abogado laboral de Alentta Abogados. En cambio, si es una reducción de jornada, el trabajador sigue acumulando vacaciones. “Un trabajador al que se le suspende su contrato durante seis meses solo generaría 15 días de vacaciones, mientras que un empleado al que se le reduce la jornada un 50% disfrutaría de 30 días de vacaciones, pero solo cobraría la mitad de su sueldo durante ese periodo”, ejemplifica Toscani.
El calor aprieta, las piscinas están abarrotadas y las playas empiezan a llenarse de cuerpos blanquecinos que esperan retozar al sol. La temporada alta del turismo ha arrancado en España y, aunque parecía que traería consigo el ocaso del crecimiento desbordante de los últimos tres años, la primera industria nacional, que aporta más del 12% a la economía desde entonces, se niega a dejar de conquistar a visitantes nacionales e internacionales. A pesar de que los precios se hayan disparado desde la pandemia (más del 60% en el caso del alojamiento), la expansión del turismo en España parece no tener límites.
Jonathan Haidt (Nueva York, 62 años) piensa que la psique humana se conforma por un gran elefante, que son los procesos emocionales, libidinales, intuitivos, y un pequeño jinete (la razón) que trata de guiarla y que es como su jefe de prensa: su trabajo es racionalizar y justificar sus posturas ante el mundo. A partir de esa idea ha intentado entender el enfrentamiento entre posturas políticas en un mundo cada vez más polarizado, como escribe en La mente de los justos. Por qué la política y la religión dividen a la gente sensata (Deusto, 2012).


Digo en sentido literal, no como un estado de ánimo, que también, sino cromáticamente hablando. Los ordenadores, los coches, los sofás, la ropa neutra y ese color degradado e insoportable de todas las películas que quieren parecer más prestigiosas, como si la excelencia fuera un triste filtro de grisura. Adiós al contraste, a la intensidad, al bendito color. La vida moderna se ha vuelto gris. Pero no un gris cualquiera. Ahora los coches son gris antracita, gris grafito o gris carbón. Y los sofás pueden ser gris claro, gris medio o gris perla. Los suelos en cambio son gris cemento, gris plata o gris piedra. Tenemos más formas de nombrar el gris que los inuits de nombrar la nieve.

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Decía Gaudí que cerca del Mediterráneo se sentía la belleza con más intensidad. Quizá porque nunca ha sido solo un paisaje, sino una forma de relacionarse con él: la luz que esculpe la arquitectura, los materiales que dialogan con la naturaleza y una forma de vivir más sosegada y despierta. Esa sensibilidad, que ha cristalizado en la tendencia mediterranean living, es la que Lefties ha reinterpretado en Lefties Sun House: una experiencia que trasciende de la clásica presentación de una colección para dar forma a un imaginario estival donde el diseño convive con la gastronomía, la artesanía, la perfumería y, por supuesto, el entorno que la inspira.