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Una mujer despierta de una cirugía de aumento de pecho con una presión feroz sobre el tórax. No puede incorporarse. No puede levantar los brazos para recogerse el pelo, retirar el mechón que el esfuerzo ha pegado en su frente. Cada respiración parece encallarse en algo que alguien ha escondido dentro de ella mientras dormía. No puede abrazar a la amiga que ha venido a verla. Bajo la piel, dos implantes han sido depositados como en otras épocas los amuletos: con la esperanza de que algo no se pierda.
“Mete tripita”, me dijo el fotógrafo con la mejor de sus intenciones, esas que adoquinan el camino al infierno. Me negué: mi tripa soy yo. Ante mi obstinación, el fotógrafo se aplicó lo de Mahoma y la montaña y ensayó varios ángulos aberrantes hasta que encontró uno (él, medio subido a un árbol, buscando un contrapicado) en el que no se me notaba la tripa. Mira qué flaco sales, proclamó, satisfecho. Le di las gracias por la liposucción radical que acababa de hacerle a mi imagen, pero por dentro me sentí traicionado, como si me hubiesen secuestrado y despertara de una anestesia con un riñón menos.
La muerte de al menos cinco británicos en el dramático incendio de Los Gallardos (Almería) ha puesto en evidencia una realidad que a menudo pasa desapercibida: en España viven 408.000 ciudadanos del Reino Unido, diez veces la población de Gibraltar. Y otros 427.000 españoles residen en Gran Bretaña, el equivalente a la ciudad inglesa de Coventry. Además, 19 millones de súbditos del rey Carlos III, en su gran mayoría ingleses, visitaron el año pasado España, donde se gastaron 23.540 millones de euros, el 1,44% del PIB español, mientras que 2,6 millones de españoles viajan cada año el Reino Unido, donde dejaron el año pasado 1,400 millones de libras, el 0,05% de su PIB. “En verano hay más vuelos entre España y Reino Unido que entre cualesquiera otros países del mundo”, resume el embajador británico en Madrid, Alex Ellis. “A los británicos les gusta venir a España, también a Anthony Gordon”, apostilla, en alusión a la nueva estrella de la selección inglesa que ha fichado por el Barça.

Reyes Maroto (Medina del Campo, 52 años) dijo en abril que repetiría como candidata socialista a la alcaldía de Madrid. Lo fue ya en 2023, recién llegada del Ministerio de Industria. Con el fin de curso a la vuelta de la esquina, las aguas estaban en calma en el PSOE madrileño. Y no se esperaba marejada. Óscar López era el candidato casi asegurado ―y así ha sido― a la Comunidad y Maroto la aspirante, en principio única, al Ayuntamiento. La apuesta de Ferraz por segundo año. Eso cambió hace tres semanas. Enma López, número dos del partido en Cibeles, anunció que competiría por enfrentarse a José Luis Martínez-Almeida (PP) en 2027 y la ejecutiva regional pensó que se había precipitado. Este domingo las dos concejalas medirán sus fuerzas en las urnas.


Detrás de los incendios voraces como el de Almería no está solo el cambio climático. Un informe presentado este martes en Lugo indaga en los factores demográficos que propician los fuegos, sobre todo esos de gran magnitud que son cada vez más frecuentes y destructivos. El cruce de datos entre los incendios registrados en España en la última década y la pérdida de población de los ayuntamientos revelan que sí hay relación entre ambos fenómenos, sobre todo en el noroeste de la península Ibérica, especialmente en el interior de Galicia y la cornisa cantábrica así como en el oeste de Castilla y León. La investigación deja otra advertencia: las llamas también avanzan más en áreas que ganan habitantes pero que no mantienen la actividad agraria.
Cinco vehículos policiales y dos camiones de bomberos indicaban este martes que algo grave había sucedido en la urbanización ubicada en el número 4 de la calle de Cirauqui de Madrid. En esta zona acomodada, sede de grandes empresas y poblada de fincas con piscina, no son habituales los altercados. Poco después de las diez de la mañana, una escala de los bomberos se elevaba hasta el quinto piso de bloque E y accedían a la vivienda de más de cien metros cuadrados por la ventana. Allí, en el suelo de la cocina, estaba Facundo R., de 37 años, con 13 puñaladas, algunas en la espalda, lo que descartaba el suicidio casi desde el principio. En las paredes, restos de una sustancia desconocida, que resultó ser gas pimienta. Al lado del cuerpo, un cuchillo de 20 centímetros, la posible arma homicida.
La cobertura mundial de inmunización infantil sigue recuperándose, pero el ritmo continúa siendo insuficiente para volver a los niveles previos a la pandemia y alcanzar las metas fijadas para 2030. Esa es la principal conclusión del informe sobre vacunación (WUENIC, por sus siglas en inglés), que cada año publican conjuntamente la Organización Mundial de la Salud (OMS) y Unicef y que analiza las tendencias de inmunización a nivel global y regional.
“A modo de epílogo, quisiera compartir una reflexión solo con ustedes. Según los expertos en televisión, las dolencias de este programa que hoy acaba han sido que repito demasiado que soy de izquierdas, que repito demasiado que soy mariquita y que se me nota mucho que soy catalán, un tres en uno. Me aconsejan que no lo diga y que no se me note tanto para llegar a un público más generalista, ya que de esta manera no expulsaría a todos aquellos espectadores que lo que buscan es, yo qué sé, evasión, equidistancia, fantasía. Pero claro, ¿quién se creen que soy para ofrecer al público soberano todo eso? ¿un dealer? ¿Paz Padilla? (…) Y ¿por qué esto que me piden a mí no se lo piden a presentadores con discursos de derechas? Bueno, igual no se lo piden porque ellos no dicen abiertamente que son de derechas, igual que no tienen que decir que son heterosexuales, ¿qué cómodo, ¿no? Llegados a este punto, la pregunta que legítimamente me hago es, ¿merece la pena todo esto? Debo meditar si vuelvo más generalista y moderado a base de monólogos sobre mi suegra, el gimnasio o las apps de citas, de modo que cuando me entrevisten, en el titular, en lugar de poner ‘soy de izquierdas y antifascista’ ponga aquello que dicen algunos cómicos, ‘solo busco hacer reír’. Lo pensaré, ¿eh? Lo pensaré”.
Con la llegada del verano, la temporada de vacaciones por excelencia, muchas personas visitarán pueblos o segundas residencias o se irán hacia la costa o las islas españolas; otros viajarán por Europa; y habrá quienes tengan billetes de vuelos de larga distancia. En 2024, casi 1.100 millones de pasajeros de la Unión Europea viajaron en avión, de los que casi uno de cada tres lo hicieron en rutas de 2.000 kilómetros o más, según Eurostat. Durante estos trayectos de duración extensa puede haber personas que no presten la suficiente atención a la salud y a la comodidad. La situación de inmovilidad en el asiento del avión durante un periodo prolongado de tiempo puede suponer desde síntomas más sutiles como pesadez en las piernas hasta otros más graves como una trombosis, en lo que se conoce como el síndrome de la clase turista.
Los hoteles only adults suelen presentarse como una propuesta orientada al descanso, la tranquilidad o el bienestar. Para muchas personas, representan simplemente una opción más dentro de la oferta turística. Sin embargo, el crecimiento y la normalización de estos espacios merecen una reflexión que va más allá de la libertad empresarial o de las preferencias de consumo. Nos obligan a preguntarnos qué nos indica este fenómeno sobre cómo nos relacionamos con la infancia. La cuestión no es si los adultos tienen derecho a descansar. Por supuesto que lo tienen. Tampoco se trata de negar que existan contextos en los que determinadas experiencias estén específicamente diseñadas para un público adulto. El debate relevante es otro: ¿por qué la presencia de niños y niñas parece generar incomodidad en determinados espacios compartidos?