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Cuando la guerra contra Irán declarada por Donald Trump y Benjamín Netanyahu está a punto de cumplir un mes, el pleno del Congreso abordó ayer un conflicto que vulnera el derecho internacional, sacude la estabilidad del mundo entero, se ha cobrado ya centenares de víctimas e incide de forma directa en la vida y el bolsillo de los españoles, tanto por los ataques de Estados Unidos e Israel como por la respuesta de Teherán en toda la región. Era un debate muy esperado y su mejor conclusión —acaso la única positiva— fue el amplio rechazo a la guerra que mostró la Cámara Baja, congruente con el sentir mayoritario de los ciudadanos.

El 19 de marzo supimos del fallecimiento de Umberto Bossi, uno de los ciclones que recorrió la política italiana en los primeros años noventa. Nacido en una localidad de la provincia de Varese, inició su carrera política a principios de la década de 1980 como un activista del minúsculo autonomismo lombardo, influido por los ejemplos del autonomismo del francófono Valle del Aosta, y en parte por el autonomismo véneto. Era en sus inicios un nacionalismo subestatal con componentes culturales y etnolingüísticas, basado en parte en la revitalización del lombardo —lumbard—, y con muy escasas perspectivas electorales en la Italia de posguerra, donde la hegemonía del nacionalismo italiano risorgimentale estaba reforzado por la matriz antifascista de la república nacida en 1946. Fuera del potente autonomismo surtirolés, con amplio arraigo en la población germanófona de la región del Trentino-Alto Adige y con capacidad de negociar con Roma un statu quo beneficioso, en la República italiana los nacionalismos subestatales ciertamente existían; pero eran casi anecdóticos, y su agenda mayormente moderada, desde el autonomismo valdostano al sentimiento de identidad siciliana —aplacados los circunstanciales ardores independentistas de la inmediata posguerra— y el persistente, pero minoritario, nacionalismo sardo, dividido entre el autonomista Partito Sardo d’Azione y un minoritario independentismo de izquierda de vocación anticolonial.
A la urgencia y a la parálisis las separa una línea muy fina. Basta verse en el ojo de un huracán informativo para sentir cómo uno va perdiendo gradualmente la capacidad de reaccionar ante los desastres que pueblan el grotesco espectáculo del mundo. Los conflictos pariendo más conflictos, los líderes autoritarios cebando con más y más odio sus delirios, las bombas, las ruinas, el abismo insalvable entre el dolor y la reparación. Todo va demasiado rápido, y nosotros, como bajo el efecto de luces estroboscópicas, nos movemos demasiado lento.
El fallecimiento, hace dos semanas, del historiador palestino Walid Khalidi, a la impresionante edad de 100 años, fue el final de una trayectoria intelectual dedicada a documentar la experiencia palestina y preservar su memoria histórica. Nacido en Jerusalén en 1925, en el seno de una destacada familia palestina de intelectuales, Khalidi fue testigo de la destrucción de su sociedad, primero a manos de la potencia mandataria británica, durante la Revuelta Árabe (1936-1939), y luego durante la Guerra de 1948, que dio paso a la Nakba palestina.
Hay una izquierda que dice combatir a los “poderosos”, pero que hace las delicias de los llamados fondos buitre mediante sus políticas. Es esa izquierda que dice que no hay que construir para que bajen los precios de la vivienda en España, pese a que cada vez más informes hablan de la relación entre escasez de oferta y subida de precios. Es la que ha hecho del intervencionismo en el mercado del alquiler prácticamente su única bandera. Son quienes afirman ir contra los especuladores, obviando que sus medidas también perjudican a familias humildes, que no pueden hoy permitirse alquilar ni comprarse un piso. Es esa izquierda que Irene Montero o Gabriel Rufián buscan reconstruir, pero, curiosamente, aún no han llegado a la conclusión de que su progresiva desaparición del tablero político también tiene que ver con el fracaso de sus relatos en materia de vivienda.
Cualquier persona que supiera algo del sector eléctrico, a las pocas horas del apagón, citaba entre las causas la inestabilidad de las fotovoltaicas y la escasez de energía nuclear. Había habido problemas antes: un informe de Redeia alertaba del riesgo de “desconexiones de generación por elevada penetración de las renovables”. Unos audios de mediados de abril de 2025 muestran que la empresa reconocía problemas en la fotovoltaica. Para ganar tiempo, los primeros días se ofrecieron vaguedades, incluso se jugueteó con la hipótesis claramente falsa del sabotaje. Expertos europeos de Entso-e han emitido un informe. Nosotros no, y mira que tenemos expertos. Nadie ha asumido ninguna responsabilidad política.
Manuel Vicent ha acompañado a varias generaciones de lectores desde las primeras páginas del diario. Este mes ha cumplido 90 años y desde EL PAÍS queremos celebrarlo con una selección de textos memorables del autor: desde las favoritas de los suscriptores hasta las crónicas de la Transición, los daguerrotipos o las entrevistas a grandes personalidades. Un recorrido para asomarse a una de las voces decisivas del periodismo español.










María Sánchez Rubio y Sara Campos Román
Ignacio Povedano
Alejandro Gallardo
Guiomar del Ser y Brenda Valverde
Inés Arcones
Escribir Para toda la humanidad es como inventarse un libro de historia que nunca sucedió. La serie, que comenzó su sinopsis en 1969 con los soviéticos adelantándose a los estadounidenses en la llegada a la Luna, alcanza en su quinta temporada ya el año 2012, un hito en 50 capítulos que la hace un proyecto sin parangón en televisión. Como si fuera el Cuéntame de una tierra alternativa, la serie de ciencia ficción ha repasado el devenir global durante cuatro décadas, y no piensa quedarse ahí, sino que en su sexta y última temporada alcanzará un presente paralelo al nuestro.

Pese a las iniciativas de algunos obispados por la inclusión y la existencia de sentencias favorables a la igualdad en la Semana Santa, algunas hermandades mantienen su veto a las mujeres. El rechazo de los cofrades de Sagunto (Valencia) a las nazarenas es singular, pero no único. Nuestro Señor Jesucristo en Su Santo Sepulcro de Aguilar de la Frontera (Córdoba, 13.500 habitantes), cuya festividad ha sido declarada de Interés Turístico Nacional, lo establece en sus estatutos: “Es esta una Hermandad constituida por miembros masculinos”. Las únicas mujeres permitidas en la agrupación son una docena que, de acuerdo con las normas de la entidad, representan “las 12 mujeres que siguieron a Cristo en su vida y pasión”. Pero su presencia “es simplemente de carácter simbólico” y solo podrán formar parte “viudas o hijas solteras de los hermanos difuntos del Setenta y Dos”. Este 72 es el núcleo central y fundacional de la hermandad y se designó en memoria del pasaje del Evangelio de San Lucas (10:1-24) donde se relata que Cristo eligió a este número de seguidores para preparar su llegada a los pueblos.