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Olga Portnaya (42 años, Los Ángeles) nunca se imaginó que Dogue, la revista de moda canina que fundó en 2019, se convertiría en una amenaza para una de las revistas de moda humana más influyentes del mundo: Vogue. Todo comenzó cuando la creadora y jefa de redacción de la publicación empezó a subir fotos a las redes sociales de Mimi Bear, su pomerania rescatada. “No existía ninguna plataforma que los celebrara y yo quería ser esa plataforma. Así fue como empezó Dogue”, cuenta a EL PAÍS. Mimi Bear fue la portada del primer número, y no lo publicó un mes cualquiera: salió en septiembre, el número más potente para las revistas de moda. 24 números y seis años después, la revista perruna se enfrenta, desde el pasado diciembre, a una demanda interpuesta por Condé Nast por infringir las normas de su marca registrada. El grupo mediático que alberga revistas como Vogue, The New Yorker o Vanity Fair presentó la demanda alegando que el logotipo de Dogue está “obviamente diseñado” para confundir a los lectores y piden la destrucción de todas las copias físicas de la revista. “Si no conseguimos registrar la marca, es solo cuestión de tiempo antes de que nos eliminen por completo”, advierte Portnaya por videollamada.



En términos de comodidad en calzado, gran parte de la población ya ha entrado en el universo de zapatillas barefoot. Su éxito va de la mano de un confort difícil de igualar gracias a su enfoque en la salud del pie.


La primera serie australiana que recuerdo es Retorno a Edén; en ella, un vividor lanzaba a los cocodrilos a su mujer rica y poco agraciada para heredar. No moría, pero pensaban que sí, y además, cirugía mediante, acababa siendo modelo y recuperando lo suyo. Bastaba un poco de maquillaje y un moldeador para que nadie la reconociese. Pasa lo contrario con los que a base de retoques dejan de parecerse a sí mismos y se parecen a todos los demás. Qué pensarán los hijos, incapaces de reconocerse en los rasgos de sus progenitores. Como las Kardashian, que han borrado sus rasgos armenios. Mi madre me decía que me había comprado en la calle (qué humor macabro tienen a veces los progenitores), pero como éramos fotocopias, nunca le di credibilidad. Los de las Kardashian tienen tan poco parecido con el aspecto actual de sus madres que podrían creer que se los trajo un dron de Amazon.
El depuesto presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, regresan este jueves al tribunal federal del Distrito Sur de Nueva York para una segunda audiencia tras su captura en enero, como parte de un proceso que se prevé largo y tortuoso y en el que sus abogados denuncian el “bloqueo ilegal” de los fondos venezolanos precisos para pagar su minuta, lo que privaría a la pareja de elegir libremente a sus letrados.
La imagen de un fusil en manos de un cantautor es extraña, pero no cuando el que la empuña es Silvio Rodríguez (San Antonio de los Baños, 79 años). El cantautor cubano lleva toda la vida cantándole directa o indirectamente a la Revolución, a sus cabecillas y sus ideales; a los mártires y la guerrilla. “En mis canciones hay politización, pero no propaganda”, dice el músico, que recibe a EL PAÍS este miércoles en los estudios de Ojalá, en La Habana. Habla de la “ortodoxa y cerrada” visión del Gobierno en el ámbito económico y de su apuesta por un socialismo menos “cuadriculado”. “El socialismo de libreta es muy idealista”, zanja. De la opinión que le merece el Gobierno de Estados Unidos no se mueve un milímetro: “El mundo está dirigido por un régimen autoritario, belicista y ladrón. Y no es Cuba”.
Hay ciudades que rayan lo imposible y que funcionan como guardianas de las fronteras en los confines remotos, casi en el fin del mundo. Son lugares en los que resulta difícil imaginar que pueda vivir alguien. Pero viven. Y algunos son también destinos turísticos perfectos para buscadores de paisajes inéditos. Lugares como Ushuaia, en Tierra del Fuego; Coober Pedy, en el desierto de Australia Meridional; o la base antártica de McMurdo, entre otros, reclaman también su hueco en el mapa.
Más información en la web lonelyplanet.es.
Un conflicto como el que atraviesa Oriente Próximo deja pocos, muy pocos vencedores, solo una estela de incertidumbre que se cuela por los resquicios de la economía global. En los mercados energéticos, cada estallido, cada declaración, cada sombra de amenaza resuena como un golpe seco: los precios del crudo suben y bajan al compás de los titulares. Ese vaivén se deja sentir con especial crudeza en las compañías de ocio y turismo, y de forma aún más punzante en las aerolíneas.

“El primer enemigo del vino puede llegar a ser el propio enólogo y, el segundo, el sumiller. Hay que ir a los vinos desde la parte positiva y no buscando sus defectos. Así lo aprendí de mis padres, que eran médicos, y no le decían nunca a nadie que estaba fatal”. Habla Carlos Orta, una figura ya histórica en nuestro país por descubrir las zonas de Borgoña y Jura que tan codiciadas han devenido en España, y por fundar Villa Más, el icónico restaurante frente a la playa de Sant Pol, en Sant Feliu de Guíxols, en El Ampurdán, que es todo un paraíso para el amante del buen beber y el buen comer, y que hoy dirige junto a Agathe Arnaud en la sala, Roger Co en la cocina y Paula Cuenda en la bodega.



En el extremo occidental de la provincia de Zamora, donde el río dibuja los cañones de los Arribes del Duero, la gastronomía resiste con una identidad propia forjada con esfuerzo. Su historia está protagonizada por piedras, barro, cabras, bancales imposibles, bodegas horadadas en la roca y personas que decidieron quedarse, o volver, cuando todo invitaba a marcharse.