Home Investigacion en Intelligencia Artificial y Desarrollo de Algoritmos Desarrollo de Energia Nuclear y Avances en Fisica Nuclear Innovacion en Tecnología de Vanguardia
El País Semanal dedica este domingo un número especial a Benito Antonio Martínez Ocasio, Bad Bunny. La gira que lleva el nombre de su último álbum, DeBÍ TiRAR MáS FOTos, recala por fin en España, donde están previstos 12 conciertos, dos en Barcelona (el 22 y 23 de mayo) y diez en Madrid (entre el 30 de mayo y el 15 de junio), con más de 600.000 entradas vendidas.
La Mesa del Congreso, el órgano de gobierno de la Cámara baja, suspendió cautelarmente el miércoles las acreditaciones de prensa de los conocidos agitadores ultras Bertrand Ndongo y Vito Quiles. La decisión está basada en la Ley de Procedimiento Común de las Administraciones Públicas, que permite imponer medidas cautelares al tiempo que se tramitan procedimientos administrativos. La suspensión deberá ser revisada por la Mesa a los 15 días y tanto Ndongo como Quiles han hecho entender que recurrirán ante el Tribunal Supremo, que es el competente para juzgar las decisiones reglamentarias de la Cámara.
Los tópicos son una maldición hasta que caemos en la cuenta de que quizá sea peor maldición el no tenerlos. Eslovaquia y Eslovenia han llegado a celebrar actos conjuntos para que la gente aprenda a distinguirlas. Sometida como pocos a la tiranía del cliché, este de la indistinción es un peligro que Andalucía nunca correría. Quizá con una excepción: “La confusión entre Andalucía y España” que, en palabras de Enric Ucelay-Da Cal, ha dominado nuestra imagen en el exterior. Francesc Macià la conoció bien: procesado en París en los años veinte, intenta internacionalizar la causa del separatismo catalán solo para ver cómo la prensa francesa dibuja a los indepes tocados con sombrero cordobés. La caracterización andaluza de lo hispánico tendrá, con todo, una peculiaridad: no hubiera sido tan exitosa fuera de no haber sido aceptada y retenida dentro. En el XIX, despuntaron otros casticismos posibles. Hubo, por ejemplo, una importante exaltación baturra (“Aragón la más famosa es de España y sus regiones”), y Unamuno dará un nuevo apresto a esa tradición de sobriedad castellana que había impresionado a Europa en otros siglos. El canon andaluz es, sin embargo, el que triunfa, y cuando Juan Pablo II visita Compostela, a alguien le pareció adecuado recibirlo con sevillanas.
El jueves 7, se reunieron en Madrid, en la librería Cervantes y Compañía, Ignatius Farray y Bernat Castany Prado para conversar sobre el libro de este último Una filosofía de la risa (Anagrama). El encuentro fue muy simpático, invitó a rumiar con una plácida distancia las cosas del presente (y del pasado) y, claro, hubo muchas carcajadas. Ignatius Farray, que acudía en calidad de payaso, confesó sentirse un poco fuera de lugar en temas filosóficos, pero enseguida entró al trapo. En el humor, explicó, no solo importa el talento sino también la desesperación. Ese tipo de desesperación que busca “decir la palabra fuera de la frase hecha”. O lo que es lo mismo, dinamitar los burdos acuerdos que pilotan sobre la realidad, para encontrársela de otra manera y, también, para actuar de otra manera. “Iban dos y se cayó el del medio”, dijo, y ya estábamos todos metidos en el cogollo de la comicidad. Bernat Castany Prado desempeño el papel de filósofo para comentar detalles de su libro en el que no le ha interesado, como explica en el prólogo, “el porqué de la risa, sino su para qué y su cómo”. Alude también ahí, y aludió en la charleta, a lo que dijo Ramón Gómez de la Serna del humorismo, que “no se trata de un género literario, sino de un género de vida, o mejor de una actitud frente a la vida”. Pues bien, de lo que se terminó hablando fue de un asunto peliagudo, y es el de que, en estos días, la izquierda se ha olvidado de esa enorme bendición, la de tirar de la risa como una actitud frente a la vida.
A finales de abril, Palantir, una de las empresas tecnológicas más poderosas, opacas y omnipresentes del panorama tecnofeudal de nuestros días, sorprendía al mundo con un manifiesto de 22 puntos publicado en X. Fue muy comprensible el pasmo que el texto —un destilado del libro La república tecnológica, que el consejero delegado de la compañía, Alex Karp, publicó en 2025— causó en las redes: divide las civilizaciones entre vitales y disfuncionales, ataca el “pluralismo vacío”, llama a Silicon Valley a liderar al país que lo vio nacer (EE UU) y habla de prepararse para competir con China en términos casi bélicos.
Observo atentamente mis manos mientras se lavan la una a la otra con una diligencia inaudita. Me asombra la habilidad con la que manipulan el jabón a fin de obtener la cantidad de espuma deseada. Parece que hacen magia con la pastilla, que está mil veces a punto de escurrírseles para estrellarse contra la superficie curva del lavabo. Los dedos de la izquierda se confunden con los de la derecha y al revés, quizá cambian de mano durante el lavado para regresar cada uno a la suya al terminarlo. Mis padres me contaban que esas dos manos, cuando era un bebé, en la cuna, se buscaban con desesperación y que yo mostraba una alegría formidable cuando lograban encontrarse. Lo de buscarse las manos es propio de todos los bebés, pero yo, al parecer, no hacía otra cosa, aunque fracasaba mucho en el intento. Hoy ya se encuentran con una eficacia que tiene algo de pérdida. Cuando naufragaban dando manotazos al aire en el intento de tocarse, había una intensidad sin duda estimulante. El error como una de las formas del deseo. Hoy se alcanzan como si conocieran el camino de memoria, y en ese automatismo hay algo de rutina funcionarial, de hábito lleno de vacío.
Mi hijo tiene 10 años. Somos una familia monomarental. Y todavía clama al cielo que ni el Gobierno central ni el autonómico nos reconozcan oficialmente: sin censo real, sin políticas dignas, invisibilizándonos. Los datos son contundentes: los hogares monoparentales son el único modelo familiar en el que ha aumentado el riesgo de pobreza. Mientras tanto, las familias numerosas disfrutan de beneficios en polideportivos, colegios e incluso en la cesta de la compra en grandes superficies comerciales. ¿Y nosotras? La mayoría somos mujeres que sacamos adelante a nuestros hijos en solitario, sin apoyos institucionales, sin reconocimiento y, cada vez más, al borde del precipicio económico. Conviene aclarar también un error habitual: las familias divorciadas o separadas no son, por definición, familias monoparentales. Cuando existe una obligación legal del otro progenitor de contribuir económicamente, hay dos adultos responsables. La monoparentalidad real es otra cosa: es ausencia total de ese segundo sustento, legal y afectivo. Señores y señoras responsables: seamos serios. Igualar derechos y deberes no es un privilegio; es justicia.
Es difícil encontrar un oficio que la tecnología no haya transformado. Los mecánicos automotrices se llevaron las manos a la cabeza cuando aparecieron las máquinas de diagnosis, que aceleraron el hallazgo de errores, y los trabajadores del metal o de la madera ahora cuentan con equipos que recortan con milimétrica precisión y que les ahorran miles de horas al año en los talleres. En la agricultura, la transformación no se ha detenido. Los drones y los tractores que se pilotan solos son dos ejemplos de que el campo también abraza la automatización. Sin embargo, hay un elemento humano —de momento irremplazable— en los oficios tradicionales que provoca una sonrisa en trabajadores como Darío Valera.

La vista desde la finca de La Talaverona, en Las Rozas de Madrid, es amplia y llena de vegetación. Está ubicada justo al lado de la Dehesa de Navalcarbón, un parque de unas 120 hectáreas donde sobreviven senderos de tierra, encinas y pinos. En este espacio municipal se desarrolla el primer proyecto en España de prescripción verde desde la atención primaria. En los huertos urbanos y antiguas estructuras restauradas, los pacientes forman parte de un programa preventivo de salud mental donde la receta es la naturaleza.

