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Después de algunos años de cierta tranquilidad, los escándalos de corrupción vuelven a invadir el debate público. La política queda secuestrada por los informes policiales, las causas judiciales y la cobertura mediática de todo ello. No es la primera vez, como todos ustedes saben. Ha ocurrido con gobiernos del PSOE y del PP en el pasado. En cada ronda de corrupción, parece que el sistema se viene abajo, pero luego llegan las elecciones, hay alternancia y se recupera una cierta esperanza en dejar atrás estos problemas, si bien los cimientos del sistema se resienten y resultan cada vez más endebles. La corrupción destruye la confianza en las instituciones y en la política más en general. La desesperanza que produce la corrupción abre las puertas a líderes “salvadores” que prometen cortar por lo sano.
Hace 50 años desapareció Eduardo Moreno Bergaretxe (Pertur). Medio siglo después, sigo pensando que fue una de las pocas personas dentro de ETA que entendió antes que nadie que la violencia nos llevaba a un abismo moral y humano del que tarde o temprano tendríamos que salir.
En el baloncesto, antes de sofisticarse, había una jugada que consistía en barrer la zona de ataque para que el más dotado se lanzara en solitario a la canasta. Era algo así como el servicio colectivo para la jugada individual. Pues en la política también se practica algo similar. Los que rodean a Alberto Núñez Feijóo han decidido que ha llegado la hora de que se juegue a solas la canasta definitiva. Esta impaciencia por hacerse con el Gobierno de la nación, cuando se disfruta de la gran mayoría de gobiernos autonómicos, provoca una perversa sensación de debilidad en el líder de la oposición. Lo chocante ha sido que en un momento en que la crisis por el precio de la vivienda se ha alzado como el gran problema de los españoles, especialmente los jóvenes, la dialéctica le haya empujado hacia postular los derechos registrales del concebido no nacido. Y por si faltaba ironía al asunto, resulta que coincide con la crítica algo errática contra la regularización de inmigrantes, una medida demandada por los empresarios, que son quienes piden cubrir sus necesidades de mano de obra.
Era un sábado de julio caluroso. 39º en Córdoba, 10º en León. Vientos moderados y mar en calma. Para la mayoría, el 18 de julio de 1936 empezó como un sábado cualquiera de verano: un día laborable, de limpieza general, de mercado, de cine, de juegos, de verbenas, de citas y bailes arrebatados. Mi abuela Pilar, maestra en la parroquia viguesa de Alcabre, había quedado con sus amigas para ir a las fiestas de Bouzas. Mi abuelo Arturo, maestro en un pueblo de Lugo, había salido de excursión por el monte. A ella los guardias la mandaron de vuelta a casa, sin fiesta ni baile, “por lo que estaba pasando”. Él bajó del monte, supo que lo buscaban y tuvo que huir sin despedidas. Mi abuela Maruja era muy niña, pero tenía una escena grabada. Su padre la llevaba de la mano mientras le pedía que no contase a nadie lo de aquel hombre asustado que huía ni que sabían dónde se escondía. Con seis años supo guardar el secreto tan bien como luego contar historias. Las suyas y las del abuelo Roberto.
Las calles adoquinadas del barrio viejo de Girona no están hechas para tacones. Su uso requiere el equilibrio de un funambulista, a riesgo de acabar de bruces, y con las rodillas peladas como un niño. Son zapatos capaces de elevar a quien los lleva y castigarla al mismo tiempo. Una forma de empoderamiento sufrido, que, como tantas otras cosas divertidas, funciona mejor como fantasía que como realidad.
La biblioteca de Sabina Urraca (San Sebastián, 1984) está fragmentada. Una parte en casa y otra en su estudio, aún en desarrollo. “¿Cómo se divide una biblioteca en dos? La verdad es que tomo decisiones bastante arbitrarias" afirma la escritora y editora. Entre los libros que decoran las estanterías de su salón hay un ejemplar de Heidi que le perteneció a su madre, pero también una bandera cosida por una amiga, o una urraca de papel que le regalaron unas lectoras. “Me gusta la idea de una biblioteca atestada y caótica”, asegura.
Mi amiga T. me cuenta lo mismo cada vez que nos vemos: siempre hay alguien que le echa menos edad de la que aparenta. Y lo cuenta siempre con aire triunfador, plenamente consciente de que ha ganado una batalla al tiempo y sintiéndose satisfecha por ello. En los últimos años, psicólogos y nutricionistas han advertido del peligro de juzgar el cuerpo de alguien, aunque sea en clave de piropo. Hemos aprendido que conviene no opinar sobre el peso o el aspecto de otros. No sabemos qué historia esconden esos kilos de más o de menos, ni qué circunstancias los explican. Hacer comentarios sobre la edad, sin embargo, sigue siendo aceptado, y considerar a alguien más joven es un halago. ¿Por qué? ¿Qué hay detrás de este culto a la juventud?
Una familia extremeña ha denunciado públicamente la situación educativa que viven sus dos hijos gemelos, de nueve años, diagnosticados con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) en el CEIP Jiménez Andrade, de Puebla de Obando, en la provincia de Badajoz. Aseguran que el colegio donde estudian no ha aplicado las adaptaciones previstas por la normativa para este tipo de alumnado. Tras más de un año de reclamaciones, los padres lamentan que no han recibido una respuesta efectiva por parte de la Junta de Extremadura (PP), pese a haber presentado informes médicos, documentación psicopedagógica y una solicitud formal de intervención ante la Inspección Educativa.

Decir “lo siento” no es suficiente. Al menos no para todas las personas. Mantener un vínculo afectivo se complica cuando hay malentendidos. A veces las conexiones no se rompen por falta de amor o empatía, sino por falta de herramientas para solucionar los conflictos. Y es que todos tenemos necesidades diferentes; para algunos basta con recibir un “perdón” y otros prefieren las acciones antes que las palabras. Un gesto como el de John Cusack en la película Digan lo que digan (Say Anything, en versión original), cuando sostiene un radiocasete frente a la ventana de su amada para reproducir una canción y, sin decir nada, recuperar la conexión entre los dos. Para identificarlas, el pastor y consejero matrimonial estadounidense Gary Chapman propuso los cinco lenguajes del perdón: expresar arrepentimiento (“lo siento”), aceptar la responsabilidad, restituir, cambiar de comportamiento y pedir perdón (“¿me perdonas?”). Un modelo que “la gente toma como horóscopos. Como: ‘esa es mi personalidad, eso es lo que yo soy y es lo que hay’, cuando son una herramienta para conocer qué me sirve y qué no me sirve”, aconseja el psicoterapeuta especialista en relaciones éticas y creador de la red de apoyo Gotitas de Poliamor Jaime Gama.
Japón acaba de dar el primer paso para la mayor reorganización de sus servicios de seguridad desde el final de la II Guerra Mundial: unificará este verano, bajo un Consejo Nacional de Inteligencia presidido por la primera ministra Sanae Takaichi, la información dispersa entre ministerios y cuerpos de seguridad que hasta ahora no tenían obligación legal de compartirla. El segundo paso, previsto para 2027, creará una agencia de inteligencia exterior, una herramienta que el país no ha tenido desde que el ejército aliado desmanteló su aparato militar al terminar el conflicto.