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Ernesto Giménez Caballero, primer ideólogo del fascismo español, pensaba que la obra de su vida habían sido sus ideas antidemocráticas que gestarían la sublevación contrarrevolucionaria contra la Segunda República. Actor clave de los movimientos de vanguardia, rozando los años treinta del siglo pasado sincronizó su activismo cultural con un proceso de radicalización nacionalista. Cuando empezó la guerra, ese madrileño de 37 años —hijo de un papelero que se había enriquecido como impresor― mantenía relaciones mejorables con José Antonio Primo de Rivera y en pleno conflicto quiso resituarse como intelectual de cabecera del franquismo, aunque nadie se lo tomó muy en serio.

“El verano es un montón de gente que no sabe lo que hace”. Así termina el periodista —y marino— Enrique Rey su ensayo Melón con jamón. Crónica sentimental de un país al sol (Temas de Hoy). Rey es aficionado al verano y pensador sobre el verano: más allá de esos tres meses que van del solsticio al equinoccio, el estío es un estado del ser teñido de nostalgia de veranos de infancia, esa sensación de quietud y sol, de clase media y pachorra con el Tour de fondo, atravesada por el dulce olor de la crema solar. Un estado mental que, dice Rey, puede que esté terminando. Se diluye este verano del alma, igual que se ha quedado viejuno el melón con jamón del título, en veranos más cortos, menos acompasados, más fragmentados, no faltos de postureo. Y sostenidos, como siempre, por los mismos de siempre: los que curran y los que cuidan.

La historia de la vida privada puede ser tan apasionante como la de las grandes gestas heroicas. De hecho, en 1985, el historiador francés Georges Duby publicó junto a su equipo su monumental Historia de la vida privada en cinco volúmenes, a partir de la cual proliferaron ensayos centrados en esos aspectos infraordinarios de la existencia que, durante siglos, parecían no merecer nuestra atención. Si las paredes hablaran, de la historiadora, escritora y conservadora de casas históricas Lucy Worsley, se inscribe con naturalidad en esa tradición. Su experiencia en el patrimonio arquitectónico británico —fue responsable de mantenimiento de la Torre de Londres, entre otros cargos— y su prolongada labor como divulgadora (también presentó para la BBC un programa sobre historia de la vida doméstica) la convierten en una ensayista particularmente adecuada para un libro de estas características. Hay algo, además, en esta línea de investigación que conecta bien con nuestra pulsión contemporánea de observar las casas ajenas —ya sea en el marco de una serie o en una visita guiada— con la misma curiosidad con la que nuestros antepasados leían crónicas de guerra.

En el Cantal, quesos, vacas y montañas suaves, volcanes muertos, laderas agostadas por el calor, como si el sol hubiera pedido prestada a Cézanne su paleta de colores provenzales –manchones verdes en mares ocres, pajas—para teñir pastos antes verdes lujuria y húmedos, lo extraordinario convive sin roces con lo dramáticamente estúpido. El mismo género humano que parió a Eiffel, y su maravillosamente hermoso viaducto de Garabit, qué arco apuntado, un Meccano de vigas de hierro entrelazadas rojo, dio a luz unos kilómetros más allá a un apresurado presentador de televisión y a un chófer descerebrado que pasado el descenso del volcán Puy Mary por el paso de Peyrol y las subidas al Pertus y el Lioran, acelera para adelantar a cinco fugados del Tour, golpea a Flecha con la parte derecha del morro y lo derriba.
No se puede luchar contra el poder del viento. Esta es una de las lecciones que hay que llevar aprendidas cuando se decide viajar a las islas Eolias, que pueden abrazarte con su brisa o impedirte con su fuerza llegar hasta ellas. Por algo este archipiélago ubicado en el mar Tirreno, al noreste de Sicilia, fue bautizado por los griegos con el nombre del dios del viento, Eolo, a quien la mitología sitúa precisamente en alguna de las siete islas que lo forman: Lípari, Salina, Vulcano, Estrómboli, Filicudi, Alicudi y Panarea.
Las vacaciones estivales llegaron y, con ellas, cambia el ritmo, el horario y la dinámica del día a día. Pero, ¿qué puede aportar este tiempo de ocio tan largo a los niños? Más horas libres, de entrada, algo a lo que las familias no están acostumbradas debido a la actividad frenética del resto del año. Se suele tender a llenar ese espacio, como si se tuviera miedo de que los niños se aburran o pierdan el tiempo. Pero, lejos de ello, cuando el reloj parece detenerse, es el momento de dar rienda suelta a la creatividad, que cuenta con poco espacio durante el curso escolar. “Si el aburrimiento aparece en la vida de un niño, actúa como un motor. Ante la falta de estímulos externos, el cerebro tiende, de forma espontánea, a llenar ese espacio, lo que se convierte en la chispa que enciende la creatividad”, explica María José Lladó, psicopedagoga.

Tráfico, sirenas, obras, ladridos, vecinos ruidosos, una pareja que ronca... La lista de sonidos que interfieren en el descanso es casi infinita. Y no solo afectan al sueño: también pasan factura a la concentración y, en definitiva, al bienestar.




Imaginemos una situación aparentemente sencilla. En un instituto hay varios profesores que pueden impartir una misma asignatura. Uno de ellos lleva acompañando al mismo grupo desde 1.º de ESO y estaba previsto que continuara con ese alumnado en 3.º. Conoce sus fortalezas y dificultades, ha construido una relación de confianza con las familias, coordinado medidas de apoyo con el resto del profesorado y desarrollado materiales específicos para quienes presentan mayores dificultades de aprendizaje. Otro profesor acaba de adquirir una categoría administrativa superior y, en virtud del sistema de reparto vigente, tiene prioridad para elegir grupo. Como consecuencia, la continuidad educativa del primero se rompe y el grupo pasa a manos de un docente que, aunque pueda ser igualmente competente, nunca ha trabajado con ese alumnado.

El viernes pasado, tras el España—Bélgica, necesitaba bajar de revoluciones antes de acostarme, así que me di al zapeo, una actividad que he tildado de retro en esta misma columna hace poco. No tuve que viajar lejos: la película que protagonizaba la entrega semanal de Historia de nuestro cine, en La 2, era ¿Quién puede matar a un niño?, de Chicho Ibáñez Serrador. El chiste se hace solo: para relajarme, me senté —me tumbé, si les soy sincera— frente a una de las mejores películas de terror de la cinematografía de nuestro país.