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A vista de pájaro, Barcelona semeja un cuadro abstracto de Mondrian que ha perdido un color. Pero ya lo recuperó: el verde. A una ciudad que le falta espacio, sólo existe un sitio donde pueda hallar su contacto con la naturaleza: los tejados de los edificios. Por eso proliferan esos lugares que, en ocasiones, son puros jardines. Cubiertas verdes las llaman los expertos. Basta con levantar la vista y ahí están. En el barrio tecnológico 22@, en Gracia o San Andreu. Cada comunidad autónoma, al tener transferidas las competencias, sigue sus propias reglas. Pero en esta ciudad con ventana al mar es obligatorio en obra nueva, y una comunidad de propietarios puede pedir 60.000 euros a fondo perdido e instalar ese color. Todo depende de la ambición. El precio medio ronda los 150 euros por metro cuadrado. Asequible.
El mundo empieza a perder la cuenta de las veces que Donald Trump ha amenazado estos días con abandonar la OTAN y dejar en la estacada a sus aliados europeos por negarse a seguirlo en su mal planificada aventura bélica en Irán. Y especialmente porque han restringido el uso de las bases militares en territorio europeo —no solo España, también Francia, el Reino Unido o incluso Italia han puesto límites o condiciones al uso de esas instalaciones o prohibido sobrevolar su espacio aéreo a aviones militares con destino a Oriente Próximo— para una guerra de la que ni fueron advertidos. Son tantas las amenazas del presidente estadounidense que su par francés, Emmanuel Macron, le advirtió esta semana: “Si cada día se pone en duda el compromiso, se vacía de contenido”.
“¿Alguien ha apuntado la matrícula de ese camión?”. Algo así debió pensar medio mundo en la segunda mitad de 2008, cuando el sistema perdió el control y atropelló —de forma casi literal— a la economía y a los mercados internacionales. En aquella matrícula ponía Lehman Brothers, según una estupenda crónica de Alan Blinder, de Princeton, por aquel entonces, pero pocos economistas vieron venir ese crash que acabó siendo la Gran Recesión. También ahora muy pocos expertos tienen claro lo que se avecina, con la guerra en Irán y el formidable shock energético asociado. Todo el mundo ve la matrícula de Trump en el camión que acaba de arrollarnos, pero aún no están claras las lesiones económicas que puede generar: eso dependerá de la duración del conflicto, del bloqueo del estrecho de Ormuz, del impacto en las infraestructuras energéticas del Golfo y, en fin, del humor de la pareja Trump-Netanyahu, que junto con Putin en Ucrania están haciendo bailar a la geoeconomía global al son de una marcha fúnebre geopolítica. Con la incertidumbre en máximos, los historiadores económicos sostienen que se avecina una enfermedad económica setentera, la estanflación, una fea combinación de estancamiento económico e inflación; en el peor de los casos, una sacudida que terminará en una recesión global. Los especialistas en macroeconomía y en los mercados financieros se aferran a un refrán caribeño, “lo más seguro es que quién sabe”. Y los expertos en commodities, las materias primas de toda la vida, probablemente quienes hoy manejan mejor información, llevan cinco semanas echándose las manos a la cabeza.
“Máxima letalidad, nada de tibia legalidad” o “efecto violento, no a lo políticamente correcto”. Son algunos de los lemas, con ripio incluido, que proclama el secretario de Defensa —o de Guerra, como prefiere autodenominarse—, Pete Hegseth, en comparecencias públicas. En las ruedas de prensa sobre la ofensiva estadounidense e israelí contra Irán, su lenguaje ha sido igualmente agresivo: predice “pura destrucción” y una “lucha sin cuartel” contra el adversario. Siempre, eso sí, invocando a Dios. En un servicio religioso en el Pentágono hace un par de semanas, suplicaba que bendijera “una violencia abrumadora” contra “aquellos no merecen piedad”. Él mismo no ha tenido compasión contra los que percibe como adversarios dentro del Pentágono: en 14 meses ha purgado a toda una galería de altos mandos por desacuerdos con ellos. Muchos eran mujeres, o varones afroamericanos.
El PP está de enhorabuena. A partir de este martes, todos los informativos volverán a hablar de José Luis Ábalos y de Koldo García. Esos nombres y sus resonancias corruptas fueron durante meses y meses el nutriente principal del discurso de Alberto Núñez Feijóo y los suyos en su infatigable batalla contra el Gobierno. Hasta que en las últimas semanas el asunto decayó en favor de otros temas de conversación más gratos para los de Pedro Sánchez, la guerra contra Irán como el primero de todos.

Cuando al mediodía del 21 de febrero de 2024 llegaron las primeras noticias sobre la detención de Koldo García, antiguo asesor de José Luis Ábalos, el exministro de Transportes estaba en el Congreso de los Diputados, donde, como muchos otros miércoles, había sesión de control y pleno. Minutos después, apareció por un pasillo del Parlamento para atender a los periodistas que esperaban una primera valoración: “Ya me gustaría dar explicaciones. El que las quiere soy yo. Estoy estupefacto”, aseguró. El exministro todavía no sabía, aunque puede que lo empezara a intuir, que ese sería su último pleno como diputado del grupo socialista. Dos años después, Ábalos y su antiguo asesor esperan en una celda de la cárcel de Soto del Real (Madrid) a que el Tribunal Supremo inicie, el próximo martes, el juicio en el que ambos se sentarán en el banquillo acusados de lucrarse con la compra de las mascarillas por parte del Ministerio de Transportes en la pandemia de covid-19.
Ana Fernández
Alejandro Gallardo
Brenda Valverde Rubio

Nadie puede negar que José Manuel Villarejo era un comisario muy, muy, muy metódico. Además de grabar en secreto durante lustros a decenas de personas con las que compartió mantel, reservados y confidencias, el policía llevaba una sistemática agenda donde anotaba sus profusos contactos, conversaciones e impresiones. El agente, acostumbrado a moverse por las sombras, estaba convencido de que la información era poder; y, para recordar la infinidad de datos que manejaba, necesitaba registrarlos. Así, en julio de 2013, apuntó en sus cuadernos la palabra “chef” y, junto a ella, las siguientes frases: “Al principio desconfiado, después se ha mostrado más receptivo. Quedo en darle mañana 2.000 y tfno., después todo lo demás”. Sin pensar que algún día saldría a la luz, Villarejo dejaba así huella de la captación como confidente del chófer del extesorero popular Luis Bárcenas y de una de las operaciones más turbias gestadas en las cloacas del Estado: la Operación Kitchen, que se juzga desde este lunes en la Audiencia Nacional.

Ana Fernández
Alejandro Gallardo
Brenda Valverde Rubio
Desde que salieron al espacio, los cuatro astronautas de la misión Artemis 2 están en un entorno donde la climatología terrestre ya no tiene ninguna importancia. Los cuatro tripulantes viven ahora pendientes de la climatología espacial. Esto significa sobre todo que dependen de lo que pueda suceder en el Sol, un gigante a veces impredecible que se encuentra en su máximo de actividad. El astro puede escupir llamaradas y vientos cargados de partículas radioactivas que podrían resultar muy peligrosos para los pasajeros de la nave Orion, que se dirigen a la Luna a más de 4.000 kilómetros por hora.