Home Investigacion en Intelligencia Artificial y Desarrollo de Algoritmos Desarrollo de Energia Nuclear y Avances en Fisica Nuclear Innovacion en Tecnología de Vanguardia
Mientras la avioneta surca como puede la violencia de la tormenta sobre las montañas de Lesoto, la especialista dental Senate Makhoali mira por la ventanilla y reza. Reza sin parar repitiendo, como un mantra, “Dios, por favor, déjanos seguir viviendo”. Senate forma parte, como tantos otros compañeros, del Royal Flying Doctor Service (servicio médico aéreo de Lesoto), un programa gubernamental de prestaciones médicas a las comunidades de habitantes que viven en las remotas aldeas montañosas del país.
Los libros en Armenia son “como un miembro de la familia”, cuenta Katerina Poladjan. Por eso, cuando sus padres fueron asesinados por los turcos, Anahid y Hrant solo se llevaron en su fuga una vieja Biblia. Con ella en brazos, los menores huyeron del Imperio Otomano en 1915. Después, los “tres” se separaron y no volvieron a verse. Pasó un siglo para que el libro —ya con olor a polvo de madera, hongos y tierra— llegara a manos de una restauradora extranjera. Allí, la mujer comenzó a preguntarse: ¿a quién perteneció?, ¿qué fue de ellos? El tipo de preguntas que la escritora alemana Poladjan (Moscú, 55 años) se planteó sobre su propio origen al escribir esta historia para su novela Hic sunt leones (Armaenia), publicada en 2019 como Hier sind Löwen y traducida recientemente al castellano.
Un chico está creando su nueva cuenta en una aplicación para encontrar pareja. Lleno de esperanza, elige las fotos que los usuarios de la plataforma verán de él. Duda entre una imagen mirando a cámara o una que parece más espontánea (aunque, realmente, tampoco lo sea). Descarta otra porque no se ve muy favorecido. Elige, finalmente, una que cree que gustará. Pero esta decisión, que parece muy personal, quizá no lo sea tanto.

Oscar Tito (Lima, 1993) es humorista, influencer y muy divertido: “En junio cumplo 33 años, la edad de Cristo. Así que, si muero, moriré como leyenda y crucificado”. Tito es un reconocido comediante queer peruano ―una excepción en un mundillo muy heteronormativo―, que se abre paso a través de bromas ácidas, rápidas, insolentes y chisposas. “Piensa que soy un gay en el closet hasta los 29 años y cristiano. Los cristianos somos muy criticones porque para nosotros todos van a ir al infierno. Entonces, te puedo decir: ‘Oye, oye, ese pelito creo que no está acorde con lo que dice la Iglesia; esa ropita creo que es poco corta, no se te ve el bulto’. Además, mi familia también es muy rajona, muy imprudente al hablar. Ahí construyo un alter ego que tiene la capacidad de decir lo que quiera y que la gente no se ofenda por ello, sino que se ría”.

Brandy Rayana Norwood, conocida artísticamente como Brandy (Mississippi, 47 años), es una mujer polifacética. Y no muy modesta. “Cantante, actriz, creadora, icono”, se describe ella misma en su perfil de Instagram, donde le siguen 6,1 millones de personas. Autoproclamarse “icono” puede sonar pretencioso, pero Brandy puede hacerlo porque a finales del pasado enero la artista recibió el Black Music Icon Award, uno de los mayores galardones que el Colectivo de Música Negra de la Recording Academy de EE UU —la organización responsable de los premios Grammy— entrega en su gala anual. “Gracias a la Recording Academy por verme, apoyarme y honrar el viaje”, escribió en una publicación de redes sociales cuando supo del reconocimiento.
Si esta noche echan una mirada al cielo, verán la Luna casi totalmente iluminada. Prácticamente, luna llena.
El teléfono suena. Es el hospital. No hay tiempo para revisar el pasado. La vejez irrumpe sin preguntar cómo fueron los vínculos. De pronto, la biografía deja de ser recuerdo y se convierte en responsabilidad.
Solemos terminar sus libros con el cuerpo alterado y un veneno amargo en la garganta. Salimos de cada obra de Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) medio intoxicados, como si hubiéramos respirado durante horas un aire enrarecido. Desde los cuentos de Pájaros en la boca y Siete casas vacías hasta el relato familiar de Distancia de rescate y la parábola tecnológica de Kentukis, la autora ha levantado una de las obras más singulares de la literatura en español, volcada en explorar la extrañeza que reside en la supuesta normalidad, en nuestros vínculos y en nuestros cuerpos.





¿Se han fijado en que todos los centros de las grandes ciudades empiezan a parecerse peligrosamente entre sí? Da igual la latitud y la historia de cada lugar, incluso el idioma acaba resultando irrelevante. Toronto, Nueva York, Tokio, Londres, Madrid. En cuanto uno pisa el corazón comercial, todo se vuelve un gigantesco anuncio. Colosales videopantallas de LED que parpadean con la misma cadencia hipnótica. Fachadas que solo se miran a través del móvil. Paisajes urbanos que han aprendido a vender, y a hacerlo deprisa, con amabilidad furiosa.
Mattel, la propietaria de juguetes y marcas tan importantes como Barbie, He-Man o los Transformers, por solo mencionar a unos pocos, vale menos que una empresa británica, relativamente desconocida, cuyo producto principal son miniaturas de plástico de marines espaciales con puños más grandes que sus cabezas. La misma que crea estilizados elfos tecnológicos en posturas casi imposibles, orkos armados hasta los dientes u hordas de alienígenas insectoides que a veces se parecen demasiado al xenomorfo de la saga Alien. Enzarzados en una guerra eterna de todos contra todos, respaldada por una decena de ediciones de las reglas, en torno a 670 novelas, varios comics, videojuegos y en un futuro, series y películas producidas por Amazon.