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¿Se han fijado en que todos los centros de las grandes ciudades empiezan a parecerse peligrosamente entre sí? Da igual la latitud y la historia de cada lugar, incluso el idioma acaba resultando irrelevante. Toronto, Nueva York, Tokio, Londres, Madrid. En cuanto uno pisa el corazón comercial, todo se vuelve un gigantesco anuncio. Colosales videopantallas de LED que parpadean con la misma cadencia hipnótica. Fachadas que solo se miran a través del móvil. Paisajes urbanos que han aprendido a vender, y a hacerlo deprisa, con amabilidad furiosa.
Mattel, la propietaria de juguetes y marcas tan importantes como Barbie, He-Man o los Transformers, por solo mencionar a unos pocos, vale menos que una empresa británica, relativamente desconocida, cuyo producto principal son miniaturas de plástico de marines espaciales con puños más grandes que sus cabezas. La misma que crea estilizados elfos tecnológicos en posturas casi imposibles, orkos armados hasta los dientes u hordas de alienígenas insectoides que a veces se parecen demasiado al xenomorfo de la saga Alien. Enzarzados en una guerra eterna de todos contra todos, respaldada por una decena de ediciones de las reglas, en torno a 670 novelas, varios comics, videojuegos y en un futuro, series y películas producidas por Amazon.
“Los hombres están posteando sus matojos… Y es genial”. Es el provocador título de un artículo de GQ que habla de lo habitual que comienza a ser que los hombres, lejos (o aparte) de presumir de pectorales o abdominales en sus redes sociales, muestren con cierto orgullo disfrazado de despiste el vello del pubis en sus redes sociales.
Eso pide Iván Espinosa de los Monteros en un vídeo que rula por redes sociales estos días. “Yo, a la izquierda que piensa que no hay que tener niños, les digo que sí, que no los tengan. Que es mucho mejor que ellos nos los tengan porque el mundo va a ser mejor con menos gente de izquierdas y con más gente sensata”, ha dicho. Nótese que al exdirigente de Vox debe de darle vergüenza ser de derechas, porque dice que si hubiera menos gente como yo, diablas de la izquierda reproductora, habría más peña sensata. Como si su idea de familia tuviera un ápice de sensatez.
Una selva tropical es un bosque tupido en el que se puede ver muy poco más allá de unos 15 metros a la redonda. En cambio, algunos sonidos producidos por humanos o animales se transmiten a cientos de metros de distancia sin obstáculos. Con esta idea de partida, la organización estadounidense Rainforest Connection (RFCx) utiliza micrófonos, conectividad e inteligencia artificial para ayudar a la conservación de bosques de 37 países. “Nosotros llamamos guardianes a unos dispositivos con micrófonos, software y una minicomputadora a bordo, que instalamos en el dosel [copa] de los árboles, con los que conseguimos escuchar un área de aproximadamente un kilómetro de radio”, explica en videoconferencia Jon Bruno, consejero delegado de esta organización conservacionista de Texas (EE UU).
Hace dos años, el naturalista Ernesto Díaz habló por primera vez con su amigo Eloy Revilla, director de la Estación Biológica de Doñana (CSIC), sobre una idea que le rondaba desde que, durante un paseo con sus hijos, se detuvo ante los leones del Congreso de los Diputados. No dejaba de pensar en ese animal, desaparecido de Marruecos por varias causas, entre ellas, la caza en la época colonial, y planteó la posibilidad de ofrecer becas a estudiantes españoles para investigar procesos vinculados a la biodiversidad en África. Revilla, su amigo, le preguntó: “¿Has oído hablar del colonialismo académico?”. Díaz nunca se lo había planteado. La iniciativa podría ser valiosa, pero en sentido inverso. En lugar de enviar estudiantes españoles a África, serían jóvenes africanos quienes vendrían a formarse a España, en un intento —en palabras de Díaz— de “devolver parte de la biodiversidad que durante la presencia colonial española arrebatamos a esos territorios”. La propuesta se ha traducido en una proposición no de ley (PNL) que Sumar llevará al Congreso para su debate en la Comisión de Ciencia, Innovación y Universidades.
Tres cabeceras históricas de la prensa británica están ya en manos de inversores extranjeros. El Financial Times (FT) fue adquirido en 2015 por el grupo mediático japonés Nikkei, que pagó a la compañía Pearson 844 millones de libras (unos 975 millones de euros al cambio actual). Axel Springer, propietario de medios legendarios como Bild o Die Welt, pero también de nuevos formatos digitales como Politico o Business Insider que han revolucionado con aire fresco y éxito el panorama internacional periodístico, se ha comprometido a pagar 575 millones de libras por The Daily Telegraph, el diario referencia de los conservadores británicos. Finalmente, el multimillonario canadiense Stephen Smith, a través de su compañía financiera Smith Financial, se ha comprometido a comprar un 26,9% de las acciones del prestigioso semanario The Economist a Lynn Forester de Rotschild, de la famosa dinastía de banqueros, por una cantidad que no ha sido desvelada pero rondaría entre 300 y 400 millones de libras.
Los taxistas en Lima ya no llevan cambio. Los conductores de aplicaciones como Uber o Cabify, tampoco. No llevan datáfonos ni prefieren los pagos dentro de las aplicaciones financieras. Lo que esperan es que sus clientes saquen su teléfono y les yapeen, es decir, que entren a una billetera electrónica llamada Yape y les hagan una transferencia escaneando un código QR o tecleando su número de móvil.
La presión aumenta para reabrir el estrecho de Ormuz, que Irán mantiene bloqueado desde hace cinco semanas y por donde transita una quinta parte del petróleo y gas natural que se consumen en el mundo. Donald Trump ha condicionado a la liberación y apertura de ese paso la negociación de un alto el fuego, según publicó el miércoles en sus redes sociales. Y este jueves, un grupo de 35 países de todo el mundo liderado por Reino Unido —e incluidos dos Estados del Golfo, Emiratos Árabes Unidos y Baréin— se reúne para garantizar el libre tránsito una vez concluya el conflicto en Oriente Próximo. Sin embargo, el principal escollo a la paz y a la reapertura del estrecho se mantiene: la exigencia de Teherán de imponer un peaje, que complica las negociaciones.
Está fuera de los circuitos habituales de la banca, alejado del escrutinio público de los activos cotizados. Pero su importancia es clave. El crédito privado es un gigante oculto que gestiona 1,8 billones de dólares (1,6 billones de euros) en activos en todo el mundo. Karl Pettersen (50 años, Neuilly-sur-Seine, Francia), codirector de calificaciones corporativas de la agencia Scope Ratings, advierte de que el “secretismo permite el mal comportamiento” y sentencia que el mercado necesita credibilidad.