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En la intersección de las calles Hill y Pool aún no se ha borrado la sangre de Johan Sebastián Durán Guerrero, el colombiano de 26 años que murió por los tiros de un agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por las siglas en inglés) el lunes pasado en la ciudad de Biddeford, en el Estado de Maine. En el asfalto, pintado con tiza, se puede leer “This is blood (esto es sangre)”, al lado de las manchas que tiñen la calle. En la esquina, los vecinos han montado un altar. Flores, carteles contra el ICE y mensajes de cariño para la víctima -quien deja una mujer y una niña de tres años- muestran la indignación de una comunidad que cree que la muerte de Durán Guerrero debía haberse evitado.
Nada más terminar la entrevista, se coloca su boina negra, unas gafas de sol oscuras y una sudadera también negra con un cuello alto que le cubre hasta la boca. Más que una leyenda de la salsa, Rubén Blades parece un ninja en una misión: llegar a pie hasta su restaurante favorito. Son apenas cuatro calles, pero caminar con él por el casco antiguo de Ciudad de Panamá es casi una carrera de obstáculos. Lo sabe bien y a sus 78 años marca un paso de vértigo, dejando atrás a su manager y al periodista que le acompañan. Pese a la ropa de camuflaje y el paso acelerado, no puede evitar que todo el mundo con el que se cruza acabe reconociéndole. Saluda amablemente a los policías, firma autógrafos y hasta se hace una foto que le piden desde un taxi que se ha frenado en seco al verle en la acera. Cuando por fin llegamos al local, no le hace falta mirar el menú. Pide directamente un ron y el plato estrella de la carta. Rubén Blades quiere El bistec de Rubén Blades.
Algo está cambiando en Crimea, el territorio que representa el tesoro más valioso del plan imperialista emprendido por Vladímir Putin en 2014. El presidente ruso ha considerado todo este tiempo que la península usurpada a Ucrania era una fortaleza inexpugnable. La aparente normalidad reinante es, sin embargo, un trampantojo tras el que Moscú trata de ocultar golpes duros, como los sufridos en los últimos meses por su flota atracada en Sebastopol o por sus defensas antiaéreas en ese bastión ocupado.

En las jornadas posteriores al ataque conjunto de Israel y Estados Unidos contra Irán del pasado 28 de febrero, Donald Trump cambió al menos una docena de veces de argumentos para justificar una operación militar que evitó llamar por su nombre (“guerra”, palabra que aún se resiste a emplear). Sobre su duración también lanzó mensajes contradictorios: la cosa estaría resuelta en “un par de días”, primero, y en no más de “cuatro o cinco semanas”, después.
“Temí por mi integridad al ser trasladado de madrugada hasta Casablanca por personas armadas no identificadas”, aseguraba en la noche del miércoles por teléfono Ali Lmrabet, periodista marroquí crítico con el sistema, tras ser liberado. Fue arrestado el domingo a su llegada al aeropuerto de Tánger desde Barcelona, donde reside desde hace más de dos décadas junto con su familia española. Habla con la calma de quien espera una próxima jubilación, al término de una larga y sobresaltada carrera profesional, sin perder en ningún instante su habitual buen humor rifeño. Desde la casa de un amigo en la capital económica del país magrebí se expresa en un fluido castellano con acento catalán y algunos ecos de pronunciación francesa, heredados de una educación universitaria en París.

Una frágil tregua permite estos días el retorno de miles de residentes al sur de Líbano. En esas aldeas humildes de la región, que Israel considera zona de combate en la guerra contra el grupo libanés Hezbolá, no se percibe alegría por el regreso ni pena por la devastación. Quienes vuelven funcionan como autómatas, sin haber procesado lo sufrido durante casi tres años frenéticos de ofensiva israelí, ininterrumpida desde que la organización proiraní se unió a la guerra de Hamás contra el Estado judío.
La noche del 15 de julio de 2016 se presentaba como cualquier otra noche de viernes. Los vehículos llenaban los puentes sobre el estrecho del Bósforo —de regreso a casa tras una larga jornada de trabajo, en dirección a los clubes y bares del centro de Estambul o para huir de la calurosa metrópolis turca en un fin de semana estival— cuando dos camiones cargados de soldados ordenaron detener el tráfico. Nadie se explicaba por qué (¿Una redada antiterrorista?¿Una maniobra militar?). Pero la imagen congregaba todos los fantasmas de la historia moderna de Turquía.
La canción legendaria de la historia reciente de Portugal es un homenaje al tradicional cante alentejano. Hablamos de Grândola, Vila Morena, el conmovedor himno de Zeca Afonso, compuesto tras convivir con campesinos y grupos corales de la comunidad de Grândola, melodía que apuntaló la Revolución de los Claveles y el aura del 25 de abril. Patrimonio inmaterial de la humanidad desde hace 14 años, el cante alentejano vive una segunda juventud y su preservación, a juzgar por el interés con el que lo defienden viejas y nuevas generaciones, está en buenas manos. Además de las estrellas que lo reivindican, como Buba Espinho o Luís Trigacheiro, la tradición resiste en numerosos grupos corales de aficionados y, por supuesto, en los profesores que lo enseñan en las escuelas de Alentejo.
El martes me desperté en el diminuto pueblo de donde procede mi familia materna, en las Tierras Altas de Soria. Había pasado allí solo unas horas, las necesarias para dormir por fin una noche al fresco y comprobar que los rumores que me llegaban eran ciertos: la primera cadena de la Televisión Española no se podía sintonizar bien y, por tanto, los vecinos no estaban pudiendo ver el Mundial. En mi televisor, unas rayas partían aleatoriamente la mitad de la pantalla, algo que, al parecer, no es lo ideal cuando se sigue el lanzamiento de un penalti. Ustedes se preguntarán por qué existen lugares en España donde no se puede ver La 1 y cómo es posible que, en caso de una necesidad tan extrema como una final, esos pacientes ciudadanos no hayan sacado ya las guillotinas. Pues ocurre por los mismos motivos por los que en los últimos veranos ha faltado suministro de agua potable, el acceso a internet nunca ha sido fiable y con cada tormenta falla la conexión telefónica. ¿Recuerdan que cuando los protagonistas de la serie El pueblo querían usar sus móviles tenían que subir a una torre en ruinas para pillar un poco de cobertura? Se grabó por allí.