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La Semana Santa de Sevilla lleva años trascendiendo de lo meramente religioso, ritual y festivo -principales vertientes de esta fiesta en la capital andaluza- para convertirse en un evento masificado gracias, en buena medida, al efecto tractor del turismo. La afluencia de visitantes, que disparan las reservas de hoteles y alojamientos, satura los espacios públicos de la ciudad hasta el punto de hacer casi imposible disfrutar de los pasos. Una bulla, como se denomina aquí a la aglomeración de personas en la calle estos días, que contrasta con la comodidad con la que contemplan la sucesión de cofradías quienes tienen una silla o un palco en la carrera oficial -el recorrido obligatorio donde confluyen las hermandades para llegar a la Catedral y que no es de acceso público- o pueden asumir el coste de un balcón. En ambos casos se puede hablar de privilegio y lujo por lo difícil que es hacerse con un asiento y por el precio que hay que pagar por acceder a ellos -hasta 1.016,77 euros el abono de un palco y 9.000 un balcón-, una circunstancia que, cada año, enciende la polémica sobre la mercantilización de la Semana Santa y la barrera que separa a quienes tienen rentas más altas o contactos del ciudadano de a pie.


El Desafío Semanal es un reto con diez preguntas sobre informaciones publicadas durante los últimos siete días en los distintos canales de EL PAÍS. Anímate a resolverlo cada viernes y déjanos tus observaciones en los comentarios o escribiendo a juegos@elpais.es. También puedes sugerirnos alguna pregunta (con sus opciones) y valoraremos publicarla.

Qué fácil era ser cosmopolita cuando no venían nómadas digitales a subir el alquiler. Una de las cosas que más valoro de vivir en una gran ciudad es poder compartirla con personas procedentes de otros países, con otras tradiciones culturales y otras formas de ver el mundo. Como Madrid, en Barcelona hay poca gente que sea de Barcelona de toda la vida, quien no tiene un abuelo en el resto de Cataluña lo tiene en algún otro rincón de la Península y en los últimos tiempos en otro país, otro continente. Deambular por las calles sin rumbo y escuchar distintas lenguas es uno de los placeres gratuitos que me da mi ciudad.
Europa salió de la Gran Recesión con políticas de austeridad, rescates públicos al sistema financiero y políticas monetarias heterodoxas: un mejunje intragable que acabó provocando la erosión del poder adquisitivo de las clases medias, y que explica buena parte del malestar y del reflujo reaccionario de los últimos tiempos, con la marea de la ultraderecha al alza. Desde ahí se han sucedido las crisis. Una tras otra: el Brexit, la pandemia, los efectos nocivos del trumpismo y los conflictos bélicos en el vecindario Norte (Ucrania) y Este (Gaza e Irán). Se suponía que los estabilizadores automáticos eran los héroes anónimos de la política económica moderna, y el seguro de desempleo es la gran estrella en ese apartado, pero eso vale para tiempos normales: estos son tiempos extraordinarios. La sucesión de líos de las dos últimas décadas ha obligado a los Gobiernos europeos a especializarse en la última moda, los paquetes de estímulo anticrisis. Hay ya mucha experiencia en ese ámbito. Y literatura académica en cantidades industriales. Irán y sus efectos geoeconómicos traen la última hornada de planes: España ha sido uno de los países ha actuado con más rapidez y mayor potencia de fuego. Media docena de economistas consultados apuntan las ventajas y un reguero de inconvenientes asociados a ese decreto que salió el jueves del Congreso en medio del ruido y la furia habituales de la política española
Más que una sustancia con beneficios y riesgos, la vitamina D ha sido promovida en los últimos años como una especie de poción mágica. Síntomas tan comunes como fatiga, dolores —óseos o musculares— y cambios en el estado de ánimo se han vinculado a una supuesta carencia de este compuesto, lo que ha llevado a un boom de medicamentos y suplementos que lo contienen. Un incremento que se ha visto favorecido por disparidades entre la clase médica, interpretaciones magnificadas de estudios de escasa entidad y algunos influencers.
El gimnasio suele presentarse como un espacio técnico y casi neutro en el que solo importan los ejercicios y los resultados. Sin embargo casi ningún espacio es neutral. Así lo cree Ricardo Tagle, fundador de la Plataforma de Salud y Bienestar The Human Lab: “Los lugares también comunican ideas, valores y jerarquías: qué cuerpos son visibles, qué esfuerzos se celebran, qué formas de moverse se consideran válidas y cuáles quedan fuera. En ese sentido, el gimnasio no es solo un lugar para entrenar; es también un escenario cultural donde se reproducen, a veces sin intención, mandatos sobre rendimiento, apariencia, disciplina y valor personal”, asegura.
El presidente del Gobierno procedió este jueves al relevo de María Jesús Montero, una decisión obligada por su marcha como candidata a la Junta de Andalucía y que se ha zanjado con cambios quirúrgicos en el seno del Ejecutivo, limitados a la promoción de Carlos Cuerpo como vicepresidente primero y al nombramiento inesperado de Arcadi España como nuevo ministro de Hacienda.

Que los políticos se enfrenten con mayor o menor dureza es algo que ha ocurrido siempre. Cuando hablamos de polarización como un fenómeno político peligroso para la convivencia nos referimos, sobre todo, a un clima social. Hablamos más de cómo actúan los electorados que de cómo actúan los líderes.
Este año habrías cumplido cien años, John, y no sé cómo hacer esto. No sé cómo rendir homenaje a alguien que ya no está cuando esa persona era, de un modo inexplicable, la prueba de que tú misma existías.