Home Investigacion en Intelligencia Artificial y Desarrollo de Algoritmos Desarrollo de Energia Nuclear y Avances en Fisica Nuclear Innovacion en Tecnología de Vanguardia
El mundo empieza a perder la cuenta de las veces que Donald Trump ha amenazado estos días con abandonar la OTAN y dejar en la estacada a sus aliados europeos por negarse a seguirlo en su mal planificada aventura bélica en Irán. Y especialmente porque han restringido el uso de las bases militares en territorio europeo —no solo España, también Francia, el Reino Unido o incluso Italia han puesto límites o condiciones al uso de esas instalaciones o prohibido sobrevolar su espacio aéreo a aviones militares con destino a Oriente Próximo— para una guerra de la que ni fueron advertidos. Son tantas las amenazas del presidente estadounidense que su par francés, Emmanuel Macron, le advirtió esta semana: “Si cada día se pone en duda el compromiso, se vacía de contenido”.
“¿Alguien ha apuntado la matrícula de ese camión?”. Algo así debió pensar medio mundo en la segunda mitad de 2008, cuando el sistema perdió el control y atropelló —de forma casi literal— a la economía y a los mercados internacionales. En aquella matrícula ponía Lehman Brothers, según una estupenda crónica de Alan Blinder, de Princeton, por aquel entonces, pero pocos economistas vieron venir ese crash que acabó siendo la Gran Recesión. También ahora muy pocos expertos tienen claro lo que se avecina, con la guerra en Irán y el formidable shock energético asociado. Todo el mundo ve la matrícula de Trump en el camión que acaba de arrollarnos, pero aún no están claras las lesiones económicas que puede generar: eso dependerá de la duración del conflicto, del bloqueo del estrecho de Ormuz, del impacto en las infraestructuras energéticas del Golfo y, en fin, del humor de la pareja Trump-Netanyahu, que junto con Putin en Ucrania están haciendo bailar a la geoeconomía global al son de una marcha fúnebre geopolítica. Con la incertidumbre en máximos, los historiadores económicos sostienen que se avecina una enfermedad económica setentera, la estanflación, una fea combinación de estancamiento económico e inflación; en el peor de los casos, una sacudida que terminará en una recesión global. Los especialistas en macroeconomía y en los mercados financieros se aferran a un refrán caribeño, “lo más seguro es que quién sabe”. Y los expertos en commodities, las materias primas de toda la vida, probablemente quienes hoy manejan mejor información, llevan cinco semanas echándose las manos a la cabeza.
“Máxima letalidad, nada de tibia legalidad” o “efecto violento, no a lo políticamente correcto”. Son algunos de los lemas, con ripio incluido, que proclama el secretario de Defensa —o de Guerra, como prefiere autodenominarse—, Pete Hegseth, en comparecencias públicas. En las ruedas de prensa sobre la ofensiva estadounidense e israelí contra Irán, su lenguaje ha sido igualmente agresivo: predice “pura destrucción” y una “lucha sin cuartel” contra el adversario. Siempre, eso sí, invocando a Dios. En un servicio religioso en el Pentágono hace un par de semanas, suplicaba que bendijera “una violencia abrumadora” contra “aquellos no merecen piedad”. Él mismo no ha tenido compasión contra los que percibe como adversarios dentro del Pentágono: en 14 meses ha purgado a toda una galería de altos mandos por desacuerdos con ellos. Muchos eran mujeres, o varones afroamericanos.
El PP está de enhorabuena. A partir de este martes, todos los informativos volverán a hablar de José Luis Ábalos y de Koldo García. Esos nombres y sus resonancias corruptas fueron durante meses y meses el nutriente principal del discurso de Alberto Núñez Feijóo y los suyos en su infatigable batalla contra el Gobierno. Hasta que en las últimas semanas el asunto decayó en favor de otros temas de conversación más gratos para los de Pedro Sánchez, la guerra contra Irán como el primero de todos.

Cuando al mediodía del 21 de febrero de 2024 llegaron las primeras noticias sobre la detención de Koldo García, antiguo asesor de José Luis Ábalos, el exministro de Transportes estaba en el Congreso de los Diputados, donde, como muchos otros miércoles, había sesión de control y pleno. Minutos después, apareció por un pasillo del Parlamento para atender a los periodistas que esperaban una primera valoración: “Ya me gustaría dar explicaciones. El que las quiere soy yo. Estoy estupefacto”, aseguró. El exministro todavía no sabía, aunque puede que lo empezara a intuir, que ese sería su último pleno como diputado del grupo socialista. Dos años después, Ábalos y su antiguo asesor esperan en una celda de la cárcel de Soto del Real (Madrid) a que el Tribunal Supremo inicie, el próximo martes, el juicio en el que ambos se sentarán en el banquillo acusados de lucrarse con la compra de las mascarillas por parte del Ministerio de Transportes en la pandemia de covid-19.
Ana Fernández
Alejandro Gallardo
Brenda Valverde Rubio

Nadie puede negar que José Manuel Villarejo era un comisario muy, muy, muy metódico. Además de grabar en secreto durante lustros a decenas de personas con las que compartió mantel, reservados y confidencias, el policía llevaba una sistemática agenda donde anotaba sus profusos contactos, conversaciones e impresiones. El agente, acostumbrado a moverse por las sombras, estaba convencido de que la información era poder; y, para recordar la infinidad de datos que manejaba, necesitaba registrarlos. Así, en julio de 2013, apuntó en sus cuadernos la palabra “chef” y, junto a ella, las siguientes frases: “Al principio desconfiado, después se ha mostrado más receptivo. Quedo en darle mañana 2.000 y tfno., después todo lo demás”. Sin pensar que algún día saldría a la luz, Villarejo dejaba así huella de la captación como confidente del chófer del extesorero popular Luis Bárcenas y de una de las operaciones más turbias gestadas en las cloacas del Estado: la Operación Kitchen, que se juzga desde este lunes en la Audiencia Nacional.

Ana Fernández
Alejandro Gallardo
Brenda Valverde Rubio
Desde que salieron al espacio, los cuatro astronautas de la misión Artemis 2 están en un entorno donde la climatología terrestre ya no tiene ninguna importancia. Los cuatro tripulantes viven ahora pendientes de la climatología espacial. Esto significa sobre todo que dependen de lo que pueda suceder en el Sol, un gigante a veces impredecible que se encuentra en su máximo de actividad. El astro puede escupir llamaradas y vientos cargados de partículas radioactivas que podrían resultar muy peligrosos para los pasajeros de la nave Orion, que se dirigen a la Luna a más de 4.000 kilómetros por hora.
Al ajetreado calendario literario del mes de abril, con Sant Jordi y la entrega del premio Cervantes, se suma este año una sonada convocatoria, no exenta de polémica. El próximo 8 de abril se conocerá en una gala en Barcelona el fallo del premio Aena de Narrativa Hispanoamericana, un nuevo galardón literario que viene a sumarse a los más de 1.200 que se otorgan cada año en España. A diferencia de muchos de ellos no viene impulsado por una editorial, sino por la empresa líder en la gestión de aeropuertos, participada en un 51% por el Estado. Tampoco se otorga a una obra inédita, como muchos de los galardones existentes, sino que se propone distinguir el mejor libro publicado en español en 2025 —escrito en esa lengua o traducido de las lenguas cooficiales— emulando a los prestigiosos premios Booker en lengua inglesa o al Goncourt en Francia. Pero además, y a diferencia de los premios en los que se inspira, cuenta con una remuneración millonaria. De hecho, será el mejor dotado de cuantos se conceden en España: el ganador se llevará un millón de euros (la misma cantidad que concede el premio Planeta a una obra inédita, galardón cuya dotación sirvió como “punto de referencia”, según explicaron los organizadores), y los otros cuatro finalistas 30.000 euros. Asimismo, Aena tiene previsto invertir otro millón en la compra de estos libros (entre 5.000 y 10.000 ejemplares de cada uno de los cinco títulos que llegan a la ronda final) que repartirá a sus empleados y donará a las administraciones de las ciudades donde tiene aeropuertos para que lleguen a bibliotecas y centros educativos. No está claro aún si el pliego de condiciones que impone la contratación pública, a la que está sujeta la compañía, implicará que esta compra se haga directamente a las editoriales. Y mientras se ultiman los detalles y se especula sobre cuál de los libros nominados será el elegido, ha surgido un debate que va mucho más allá de las páginas escritas por Héctor Abad Faciolince (Ahora y en la hora), Nona Fernández (Marciano), Marcos Giralt Torrente (Los ilusionistas), Samanta Schweblin (El buen mal) y Enrique Vila-Matas (Canon de cámara oscura). ¿Realmente esta iniciativa fomenta la lectura? ¿Tiene sentido un premio de un millón de euros?

Con motivo de la publicación, en dos volúmenes, de artículos que tenía dispersos, el autor, don Francisco Murillo, se permitió hacer el siguiente comentario irónico en el texto introductorio: “La ventaja de este tipo de recopilaciones es que permiten no leer de golpe lo que antes no se había leído por separado” (cito de memoria). Recordé estas palabras viendo el otro día la nueva película de Torrente. Solo que ahora en sentido inverso: basta verla para percibir, “de golpe”, cómo determinadas prácticas políticas aisladas terminan desembocando en esta descarnada sátira de nuestra política. Como es habitual en esos casos, en ella dominan la hipérbole y el esperpento, la deformación grotesca. Y, tratándose de un personaje como Torrente, todo aparece recubierto de un pegajoso barniz de cutrería. La cuestión es si, como ocurre en el universo valleinclanesco, no estamos solo ante una caricatura cruel, sino ante la revelación, en clave de ácida comedia, de una realidad más profunda. Quizá por eso mismo, la película no me hizo la más mínima gracia.
Cuando los vigilantes morales de los cuentos ponen sus sucias manos sobre los mitos fundacionales de la narrativa oral, me pregunto por qué en vez de empeñarse en corregir lo viejo no se inventan personajes adecuados al presente. Es lo que hizo Roald Dahl con astucia: inventó nuevos héroes y heroínas, aunque jamás desdeñó la esencia de esas historias resistentes al tiempo como el pedernal. Los malvados de Dahl lo son sin redención posible; en cambio, los buenos brillan por su inteligencia y valentía. Esta tensa dualidad, sumada a la desbordante fantasía de sus novelas, convirtió a Dahl en el autor más querido de la infancia. Es, sin duda, una idea maniquea de la vida que tal vez procediera de la propia infancia del autor en un internado inglés donde maltrataban tanto maestros como estudiantes mayores, todos empeñados en destrozar la infancia de un niño que miraba cada noche por la ventana hacia el punto cardinal donde suponía que estaba el hogar materno.