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Quedamos a la una de la tarde en un bar de menú en una de esas callejuelas de detrás de la Gran Vía de Madrid donde lo mismo te encuentras a los colegas de la oficina comiendo solos con el móvil que a unos guiris tratando de descifrar lo que es el potaje de vigilia y las torrijas. Coronas llega pelín tarde, avisando cada cinco minutos por SMS, eso sí, porque no gasta WhatsApp, pero lo cortés no quita lo valiente, ni viceversa. Vestido entre motero y hippie, con unas gafas de presbicia colgando del cuello, se pone a las órdenes del fotógrafo y empieza provocando: “La entrevista está muy bien, pero tú y yo sabemos que lo que importa es la foto”. Va de farol, porque luego entra, noblote, a todos los trapos.

Javier Coronas (Barcelona, 56 años) inició su carrera como locutor y colaborador en medios de comunicación en Zaragoza, pero confiesa que, cuando empezó realmente a disfrutar de la vida, fue cuando se la jugó profesionalmente y decidió dedicarse al humor en exclusiva. De eso hace un cuarto de siglo. Desde 2008, es el presentador de Ilustres ignorantes (Movistar Plus+), la tertulia de humor por la que han pasado cientos de invitados con la única premisa y guion de sacarle punta a a todo y a todos. Sus regalos absurdos para los invitados son tan míticos como sus capotes y estocadas a sus compañeros. Desde septiembre de 2025, Raúl Cimas ocupa en la mesa el hueco dejado por la baja de Javier Cansado mientras se recupera de un cáncer.
“Más de un millón de personas han visto la charla Tedmed de Marc. Más de 7.000 millones, no”. La página de presentación de Marc Abrahams en la web de la comunidad que dirige, Improbable Research (“investigación improbable”), da pistas sobre quién es y cómo el sentido del humor gobierna su vida. Matemático aplicado por Harvard, Abrahams (Newburyport, EE UU, 70 años) fundó Wisdom Simulators, una empresa que usaba ordenadores para que la gente practicara tomando decisiones imposibles. Es decir, antes de los Ig Nobel, ya le obsesionaba la improbabilidad.

Jéssica Celda tiene un hijo de ocho años con una discapacidad auditiva. Vive en Montcada i Reixac, pero la derivaron a la escuela Bellaterra, en Cerdanyola del Vallès, porque era el más cercano con el servicio SIAL (el apoyo intensivo a la audición y el lenguaje). Hasta ahora, y por verse obligada a tener la escuela fuera de su municipio, cuenta con un autobús escolar gratuito. Pero el Consell Comarcal del Vallès Occidental, que gestiona este transporte, ya les ha avisado que el servicio finaliza el 7 de mayo porque el contrato finaliza y no encuentran otra compañía que lo asuma. “Llevar y recoger al niño cada día nos supondrá modificar o reducir las jornadas laborales, porque está a 15 kilómetros y con un trayecto con mucho tráfico a esa hora”, lamenta la madre.

Los autobuses interurbanos que llegan o se van de Barcelona alcanzaron, en 2024, cifras récord: más de 82 millones de viajes en Cataluña y unos 54 millones dentro de los municipios del área metropolitana. Las sucesivas crisis de Rodalies han provocado un auténtico auge del transporte público por carretera y eso se nota en las calles más céntricas de la ciudad, donde se acumulan pasajeros en busca de autobús. Todas las previsiones apuntan a que este transporte continúe creciendo y el Ayuntamiento y la Generalitat aseguran que su aspiración es ponerle orden. El objetivo de ambas administraciones es construir, en los próximos años y si se aprueban los presupuestos, varias estaciones en la plaza de Espanya, la Diagonal, Gran Via o la Sagrera. A poder ser, las estaciones serán subterráneas para que los vehiculos dejen de invadir las calles de la ciudad.

Karina Sainz Borgo (Caracas, 44 años) revolucionó el panorama literario español e internacional con la publicación de su primera novela, La hija de la española (Lumen, 2019), traducida a más de 20 idiomas; se consolidó como una novelista sólida con El tercer país (Lumen, 2021), y experimentó con La isla del doctor Schubert (Lumen, 2023). Ahora publica Nazarena (Alfaguara, 2026), una saga familiar en la que ocho hermanas viven en una casa como en una jaula, al mismo tiempo que está inmersa en la promoción de Aún es de noche en Caracas, la película de Mariana Rondón y Marité Ugás basada en La hija de la española, que se estrenó en los cines de Chile, Argentina, Bolivia, Colombia, México, El Salvador, Guatemala, Costa Rica y Panamá y que llegará a finales de marzo a Netflix.

Muchos ciudadanos en Emiratos Árabes Unidos han adquirido estos días la costumbre de apuntar al cielo con sus móviles para captar destellos anaranjados, como estrellas fugaces, y el estruendo en medio de la noche. Lo que ven y graban son interceptaciones de drones y misiles. Lo hacen a pesar de que las autoridades han advertido sobre el riesgo de filmarlas y compartirlas. En el complejo turístico Yas Bay, en Abu Dabi, un trabajador de Ghana muestra un vídeo que grabó días atrás. Y rápidamente aclara: “Es solo para mí. Es la primera vez que veo una guerra de cerca”. A su lado, un colega de Letonia comenta con él las posibles consecuencias del conflicto bélico en Oriente Próximo en los precios, en el turismo y en el funcionamiento de los establecimientos. La preocupación gira en torno a la normalidad cotidiana.
¿Por qué hacerlo con sencillez, cuando una es la número uno del mundo? Porque sencillamente, ella es así: única y genuina, a la vez poderosa y necesaria. Ningún aterrizaje retumbó más en Indian Wells que el de Aryna Sabalenka, quien hace dos semanas irrumpió en las instalaciones luciendo orgullosa y feliz el dedo anular. Antes, la bielorrusa —citada este domingo (19.00, Tennis Channel) con la kazaja Elena Rybakina en la final del torneo— había publicado un vídeo en sus redes sociales en el que su novio, Georgios Frangulis, le proponía arrodillado matrimonio. Una escena cubierta de pétalos de rosa blanca y envuelta en flores. En el fondo, muy acorde a Sabalenka, a la que nunca le gusta pasar de puntillas por ningún lado, sea donde sea.
El nombre de Sabalenka figura entre los de las candidatas a ganar el premio Laureus a Mejor Deportista femenina del Año, que se concederá el 20 de abril en la gala que tendrá lugar en el Palacio de Cibeles (Madrid). Otra muestra del relieve que ha ido adquiriendo la tenista, cada vez más reconocida.
Cerró el curso pasado en lo más alto del ranking, por segunda vez en su carrera, aunque tiene una cuenta pendiente con las grandes finales: ha perdido la mitad (cuatro de ocho) de las que ha disputado hasta ahora. También cedió en los desenlaces maestros de 2022 y 2025.
En todo caso, en su currículo constan 22 títulos individuales; entre ellos, dos del Open de Australia y otros dos del US Open. Engarzó por primera vez el número uno en septiembre de 2023 y, después de dos meses defendiéndolo, lo perdió en favor de Swiatek y lo recuperaría en octubre de 2024.
En total son 80 semanas al mando del circuito de la WTA, lo que la sitúa en el undécimo peldaño histórico. Tiene contratos con firmas como Nike, Emirates o Gucci, y el año pasado le arrebató a Serena el récord de ganancias en un año: 13 millones de euros, por los 11,3 de la leyenda estadounidense.

Ellas, plata olímpica. Ellos, oro mundial. Dos pelotazos recientes de la selección española han fortalecido el auge de un deporte con raíces tiernas pero que no para de crecer. El baloncesto 3x3 se multiplica alimentado por esas dos medallas inesperadas, el segundo puesto en el podio de los Juegos de París 2024 de Sandra Ygueravide, Vega Gimeno, Juana Camilión y Gracia Alonso, y el primero en el campeonato del mundo de 2025 de Carlos Martínez, Diego de Blas, Guim Expósito e Iván Aurrecoechea. Los dos cuartetos disputan este fin de semana en Bangkok la Champions Cup, una especie de Mundialito que reúne a los campeones mundiales y de cada continente y a las mejores selecciones del ranking de la FIBA (los hombres han llegado a la final).
Andaba yo preparando un libro que me exigía reunirme con periodistas talluditos para que me contasen historias, y amenacé con llamarle “un día de estos” para sonsacárselas. “Llámame cuando quieras —me dijo—, pero como tardes mucho, igual me llamas después de muerto”. Era paradójico que alguien tan supersticioso, tan coqueto y que se enfadaba tanto si le llamaban viejo bromease con ese desparpajo sobre la muerte.
Jens Stoltenberg (Oslo, 66 años) es el político noruego más importante de su generación. El actual ministro de Economía acaba de salir de un comité para debatir los Presupuestos Generales. Su partido, el Partido Laborista de Noruega, ganó las elecciones de septiembre, pero gobierna en coalición con el bloque rojo, los partidos de izquierda. Toca negociar. Desde su despacho, en un imponente edificio de interior austero, en el centro de la capital, observa las obras de reconstrucción de la cercana oficina del Primer Ministro. El inmueble quedó muy dañado por el atentado terrorista de 2011, que acabó con la vida de 77 personas, la mayoría jóvenes que estaban en un campamento de las juventudes laboristas, en la isla de Utoya. Entonces, Stoltenberg era el jefe del Gobierno. El atentado le afectó profundamente. Cada verano vuelve a Utoya a rendir homenaje a las víctimas.