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El conflicto bélico en Oriente Próximo se ha convertido en un avispero para la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. Le sucedió ya durante la guerra en Gaza y le ha vuelto a pasar ahora en Irán. La falta de un mínimo reproche a Estados Unidos e Israel por atacar a la República Islámica sin el amparo de la legalidad internacional, más el discurso del pasado lunes en el que daba por finiquitado el orden mundial basado en reglas, han reavivado el malestar, en Bruselas y otras capitales europeas, de quienes recelan desde hace tiempo de las timoratas palabras de la mandataria cada vez que andan por medio Washington o Tel Aviv.
Decía el escritor y columnista José Luis Alvite que las citas son la envoltura social de lo que no es más que un instinto. Su frase no ha perdido vigencia, pero en los últimos años se le ha añadido una nueva capa al viejo arte del cortejo; una tecnológica, lúdica y capitalista que convierte el proceso de conocer a alguien en algo emocionante y adictivo. Hasta que deja de serlo. Las apps de citas han cambiado nuestra forma de relacionarnos. El primer estudio sobre percepción social del amor, que acaba de difundir el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), señala que el 82% de los españoles conoce las aplicaciones para ligar y que un 25% se ha abierto un perfil en ellas. El estudio Cómo las parejas se conocen y permanecen juntas, de la Universidad de Stanford, mostraba cifras aún más contundentes: más del 60% de las parejas actuales se conocen en línea, lo que marca un cambio radical respecto al pasado. Esto tiene un efecto eminentemente positivo: hoy en día es más fácil conocer a alguien y no se necesita la intermediación de amigos o salir a una discoteca para hacerlo. Pero este cambio tiene efectos colaterales y riesgos cada vez más evidentes.

1 de mayo de 2011. Un día cualquiera en la agenda del multimillonario Jeffrey Epstein, menos de dos años después de abandonar una cárcel de Florida tras ser sentenciado por prostitución de menores. Este es el programa de aquella jornada, tal y como se desprende de los papeles desclasificados por las autoridades de Estados Unidos: a las 9.30, un desayuno con el diplomático Terje Rod-Larsen. A las 11.00, una reunión con Nick Ribis, antiguo ejecutivo de los hoteles de Donald Trump. A las 13.00, un encuentro con el periodista Michael Wolff. A las 17.00, una cita con Howard Lutnick, actual secretario de Comercio de Estados Unidos. A las 18.30, una cena con el cineasta Woody Allen y su esposa, Soon-Yi Previn, junto a otros invitados como el neurocientífico Steve Kosslyn y el financiero Glenn Dubin. A las 20.30, una cena en casa de la diseñadora Vera Wang.
A la hora de seleccionar las personas más relevantes que aparecen en los documentos del Departamento de Justicia, EL PAÍS ha decidido dar mucha importancia al tipo de vínculo que los protagonistas tuvieron con Epstein. Por ello no hemos incluido a personas que aparecen mencionadas en los papeles pero sin mayor prueba de contactos con el pederasta o su entorno: así, por ejemplo, no hacemos referencia a Juan Carlos I, cuyo nombre aparece en los millones del archivos publicados por haber sido mencionado por una actriz, ni a José María Aznar, cuyo nombre aparece en dos recibos de envíos hechos por el pederasta, pero no hay otro vínculo entre ambos según los documentos desclasificados. Tampoco incluimos a Alberto Cortina, por cuyos negocios se interesó Epstein a través de terceros, pero sin llegar a tener un contacto directo.
La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán viola flagrantemente el derecho internacional. Pero lo mismo ocurrió con casi todas las demás guerras desde la adopción en 1945 de la Carta de las Naciones Unidas, que prohíbe el uso de la fuerza excepto en defensa propia o, como en los casos de la guerra de Corea (1950-53) y de la Primera Guerra del Golfo (1990-91), con la autorización del Consejo de Seguridad. Lo que distingue a la guerra actual contra Irán no es su ilegalidad, sino más bien la falta de un objetivo claro o alcanzable.
Solíamos decir que cuando el aceto balsámico, las berenjenas con miel o el rulo de cabra en ensalada llegaran al restaurante El Cruce sería porque la nueva cocina había tocado fondo. En cambio, el guiso popular se adapta a los fogones sofisticados con naturalidad porque cualquier potaje está testado por millones de bocas que a lo largo de los siglos encontraron en ese sabor espeso y cálido la fórmula del consuelo ante la intemperie. El viaje gozoso de los sentidos, del olfato al gusto, del gusto a la barriga. La barriga caliente, el mejor inductor al sueño de niños y viejos.
Me despedí de Raúl cuando supe que su enfermedad ya no tenía vuelta atrás. Bastaba con cruzar la calle de nuestra colonia, en la que éramos vecinos. Me acompañó el escritor Antonio Lucas, uno de sus amigos más fiel. Su compañera, la doctora Belén, que le asistió hasta el final con una devoción conmovedora, me dijo que le llevara unos cruasanes, que era lo que más le podía gustar. Así lo hice. Al vernos entrar en el estudio, Raúl exclamó con apenas un hilo de voz: “Capri, c’est fini”. No era cuestión de empezar a mentir diciendo que tenía buena cara y esas cosas. Me limité a abrir la bandeja de cruasanes que había comprado mi hija en una famosa pastelería, y él con la mano dudosa escogió uno, se lo llevó a la boca, dio unos mordiscos y lo estuvo masticando, tal vez solo por quedar bien. Quisiera creer que fue lo último sólido y dulce que Raúl del Pozo comió en su vida, tan llena de sobresaltos y aventuras. Los dos habíamos nacido en 1936, yo en marzo con los primeros brotes de la primavera; Raúl en diciembre, cuando los españoles ya se estaban matando a destajo. Un día, durante la pandemia, le dije: “Nacimos en una guerra civil y podemos morir en una peste, una vida redonda, ¿No crees?”. Y he aquí que por una irónica carambola del destino eligió para morir el mismo día en que yo cumplía 90 tacos, como diciéndome ahí te quedas. Siempre lo recordaré dentro del humo de aquel café entre siluetas de pícaros, poetas malditos y otros soñadores. Allí él buscaba palabras nuevas que sonaran como látigos. Nada de lamentos. Nuestros días más felices pertenecen a un mundo que ya se fue. Por mucho que el asfalto se le hubiera metido en la sangre, Raúl del Pozo nunca dejó de tener ese aire asilvestrado que le venía de una infancia garduña en el monte. Siempre fue un comandante rebelde de sí mismo extremadamente generoso. Como despedida le di unos suaves golpes en la rodilla. “Adiós, amigo”, le dije. “Nos veremos en Capri, ¿de acuerdo?”. Sonrió y eso fue todo.
Parecía como si la hubieran abducido. Y esas cosas en Hornachos no pasan. En este pueblo pacense de jornaleros y carboneros de 3.400 vecinos, en la ladera de una sierra que lleva su nombre, cuya tierra sembrada de olivos y vid ni siquiera atrae mano de obra migrante, lo más raro que había pasado ese año había sido cuando se perdió Juan, que fue encontrado al día siguiente desorientado en el campo. Un municipio donde las vecinas cuidan de las hijas de los otros, donde la gente se conoce por el apodo y sabe cuándo el familiar de otro ha tenido que ir al hospital. Un lugar donde una mujer de 59 años como Francisca Cadenas no podía desaparecer sin que nadie se lo explicara en un tramo de 50 metros, en 15 minutos. En una calle sin salida, solo a través de un callejón por donde no pasan los coches. Porque esas cosas no pasaban en municipios como este. Hasta que se perdió Francis el 9 de mayo de 2017. Y de repente, Hornachos se miró a sí mismo por primera vez con sospecha: “Ha tenido que ser uno de nosotros”. El juez decretó este sábado prisión provisional para dos vecinos por asesinato.
“El día que te vea por Madrid te meto un tiro en la cabeza, feminazi comunista de mierda. No te gusta promover la violencia???? Pues la vas a tener, malparida, hijaputa”; “Muerte a ti y a todos los inmigrantes”; “O paras, o vamos a buscaros”. Son tres de las amenazas que dos hombres arrestados esta semana en Toledo y Xirivella (Valencia) enviaron durante meses a la secretaria general de Podemos, Ione Belarra, en forma de mensajes privados a través de la red social Instagram. El primero, español de 49 años y con antecedentes policiales por delitos comunes como robos, hurtos o agresiones, lo hizo entre finales de octubre y principios de diciembre. El segundo, también español de 30 años y sin antecedentes, llegó a enviarle hasta 300 textos llenos de insultos e intimidaciones que escribió entre septiembre y finales de noviembre. Fuentes conocedoras de la investigación destacan que hacía un gran consumo de propaganda de ultraderecha.
Detrás del arresto de José M. G. el miércoles como presunto autor del incendio en el que murió su expareja, Dolores; la madre de ella, Antonia; y Laura Valentina, una vecina, hay un historial de violencia machista perpetrada siempre en Miranda de Ebro, una localidad de 36.000 habitantes al noreste de Burgos. José, de 60 años, es lo que se conoce en lenguaje técnico como un agresor persistente, uno de esos hombres que a lo largo de su vida ejercen violencia contra más de una mujer. Es el supuesto autor de la agresión machista con más víctimas —entre muertas y heridas— desde que hay registros. Acababa de salir de la cárcel, donde había cumplido su segunda condena por agredir y atar con cadenas a una expareja. La jueza lo envió a prisión sin fianza el viernes tras un interrogatorio de hora y media. Se enfrenta a tres delitos de asesinato, entre otros. Algunas de sus agresiones del pasado, según su entorno, han quedado impunes.
Cuando el jurado del Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales de 2003 encontró entre los candidatos el nombre de Jürgen Habermas, reconoció sin ambages que no entraría a formar parte de la historia en el futuro, sino que estaba ya en la historia, era ya una cumbre de nuestro tiempo. Y así ha sido.