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El puesto de mando de Turre, en Almería, donde se coordinan los esfuerzos para acabar con el mortífero incendio de Los Gallardos, seguía siendo este sábado, en su segunda jornada luchando contra el fuego, un ir y venir de bomberos, policías, agentes de la Guardia Civil y de los servicios de emergencias, sanitarios, alcaldes de la zona y otros representantes políticos de todos los niveles. Por estar, estaba hasta el padre Víctor, el párroco de la comarca. El fuego, tras arrasar más de 6.600 hectáreas de la sierra de la Cabrera-Bédar, seguía sin control y las preguntas continuaban siendo las mismas: cómo se originó, cómo se propagó y, sobre todo, cómo, no siendo un incendio de grandes dimensiones, le ha costado la vida a al menos 12 personas, mientras 23 siguen desaparecidas o “ilocalizadas”, como prefieren referirse a ellas los responsables de la coordinación de la emergencia.
Es viernes y en el parque de bomberos de Turre está a punto de caer la noche. Ángel Collado lleva la ropa de quien salió de casa para hacer una cosa y terminó entrando en otra vida. Tiene 56 años, nació en Bédar y es su alcalde desde 2003, ganando elección tras elección por mayoría absoluta. Pero nunca se había enfrentado a una situación así. Su pueblo es el más castigado por el incendio de Los Gallardos. En sus alrededores han aparecido doce cuerpos todavía sin identificar. Collado tiene los ojos vencidos, las manos le tiemblan. Su teléfono vuelve a sonar; no ha dejado de sonar en todo el día. Lo mira. Cuelga. No sabe que acaba de rechazar una llamada del rey de España.

Los parroquianos del bar La Campana comentaban antes de la partida de dominó que tenía que hacer ya un año de lo que le pasó a Domingo. Domingo Tomás fue protagonista involuntario de unos sucesos por los que su pueblo, Torre Pacheco, abrió telediarios nacionales y portadas de prensa extranjera. La razón es que recibió una paliza por parte de tres hombres de origen magrebí a las afueras del municipio cuando salió el 9 de julio de 2025 a su caminata matutina. Su cara ensangrentada se convirtió en la bandera de la ultraderecha para promover una cacería contra el migrante. Aunque los violentos sucesos desencadenados llegaron a prometer más sangre que la vertida finalmente, sí dejaron heridas que todavía no han cerrado en este municipio de unos 40.000 habitantes del Campo de Cartagena, levantado con la fuerza lumbar y el sudor de miles de magrebíes que vinieron en los 90 a cosechar estas tierras.



Auxiliar a los 630 inmigrantes del Aquarius, el barco a la deriva que España iba a recibir, era una cuestión “humanitaria”, solemnizó el presidente gallego, Alberto Núñez Feijóo, que incluso ofreció su tierra para acoger náufragos. Era junio de 2018. Casi nadie sabía qué es un “mena”. La “prioridad nacional” era una idea marginal. La ultraderecha xenófoba aún no había irrumpido en las instituciones. La inmigración era el duodécimo problema del país, citado entre los tres más graves por un 3,5%.


España era, hasta finales de la década pasada, una excepción entre muchos de sus vecinos europeos porque, al culminar el proceso de Transición, no quedaba rastro de la extrema derecha en el Parlamento. Pero, desde que Vox irrumpió en la Cámara autonómica de Andalucía en 2018 y luego en el Congreso, la representación institucional de la corriente nacionalpopulista no ha parado de crecer, sincronizada con la derechización más o menos intensa de casi todas las principales democracias del mundo e impulsada por los tecnoligarcas y la segunda presidencia autoritaria de Donald Trump. Y aunque este giro reaccionario no haya llegado aún al centro de mando de muchos gobiernos, lo indiscutible, y preocupante, es que sus marcos conceptuales calan en la cotidianidad por medio de una batalla cultural que coloca a la defensiva a un progresismo que acaba pareciendo entre anticuado y acartonado. No es solo una cuestión de votos, principios o persuasión electoral; es un proceso, ensayado con éxito desde hace décadas en Estados Unidos, que mediante la manipulación del lenguaje delimita el terreno de juego y determina la manera de pensar y ver el mundo. El propósito esencial de la extrema derecha es normalizar el discurso que sostiene que la modernidad ilustrada está en decadencia para imponer, envuelta en una idea tergiversada del sentido común, una agenda de valores y políticas regresivas presentadas a la opinión pública como una forma de transgresión.
En persona, Javier Negre tiene dos versiones. O no te mira a los ojos y responde con monosílabos o te dedica toda su atención y energía. Si le interesas, puede hablarte durante horas como si hubieran pulsado un botón en su nuca y por su boca brotara un torrente de palabras. Este reportaje le interesa. A sus 41 años, este malagueño, antiguo periodista de El Mundo y hoy responsable de una constelación de medios acusados de difundir bulos y demagogia de ultraderecha, es tachado por muchos de farsante. Él quiere demostrar lo contrario. Quiere probar que, en el Washington de Donald Trump, lo toman en serio.






El historiador y filósofo israelí Yuval Noah Harari, de 50 años, experto en analizar la humanidad como un todo, sus constantes y, sobre todo, sus peligros, espera a EL PAÍS a mediodía en un coqueto y silencioso hotel escondido en el bonito barrio lisboeta de Lapa. El famoso autor de Sapiens, Homo Deus o Nexus, todos publicados por Debate en España, que ha vendido más de 50 millones de ejemplares, acaba de pedir un té, viste una camisa estampada y alegre y está sentado en una galería luminosa que da al majestuoso estuario del Tajo. Al fondo, el azul restallante del río que es casi ya el mar. La atmósfera es bellísima y en calma. Nada parece amenazar la quietud de esta mañana. Y sin embargo…


España y Francia jugarán una semifinal que muchos consideran una final anticipada. Es también lo que piensa el modelo estadístico con el que llevamos semanas haciendo predicciones en EL PAÍS: son los dos mejores equipos del torneo, un pasito por delante de Argentina y un escalón por encima de Inglaterra.

El periodista danés Rasmus Svaneborg se levantó esta semana en la cumbre de la OTAN, tomó el micrófono y le lanzó a Mark Rutte una pregunta que parecía fuera de lugar. No era sobre el 5% del gasto militar, ni sobre Ucrania. Le preguntó si eso de sentarse ahí, en silencio, mientras Trump hablaba de conquistar Groenlandia y despreciaba a aliados como España no afectaba al respeto que Rutte tiene por sí mismo. La pregunta parecía una disonancia, pero no por ella misma sino por el espacio donde se hizo. La cumbre está hecha para que solo parezca serio hablar de gasto, de capacidades, de disuasión. Cualquier palabra ajena a esa fría contabilidad (y “autorrespeto”, desde luego, lo es) queda marcada de antemano como ingenua. Devolverla al espacio público, en pleno lenguaje diplomático, es el gesto del que, como decía Havel, “vive en la verdad”, el que rompe el hechizo del cuarto donde todos han acordado no ver lo que todos ven. Al pronunciarla en voz alta, Svaneborg dijo lo que la gramática oficial prohíbe decir: que nos están humillando, y que el silencio de los nuestros es una forma de consentimiento.