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Todavía no había amanecido y Moha y su grupo ya tenían una misión: tratar de que nadie en el pueblo se diera cuenta de que en dos baños públicos habían orinado 1.500 musulmanes. Y echaban cubetazos en los aseos con otra complicación extra: que sus padres no vieran una mancha en sus túnicas blancas recién estrenadas para el rezo del fin del Ramadán. Como si nunca hubieran estado allí, porque no saben si podrán volver a hacerlo.

Que Shakira encuentre un hueco en su agenda no es tarea fácil. Sentarse a hablar con la cantante colombiana, de 49 años, lleva meses de negociaciones. Desde hace un año, y le quedan meses por delante, está inmersa en una gira global que la ha llevado por medio planeta con un centenar de conciertos, hasta recaudar 420 millones de dólares (el tour más taquillero, aseguran, de la historia de un artista en español). Durante la entrevista cara a cara se muestra parlanchina, risueña, contenta. Su equipo marca como condición para la cita que la conversación gire en torno a esta etapa profesional y a sus tres décadas de carrera.




Cuatro décadas de trayectoria avalan a Suzanne Vega (Nueva York, Estados Unidos, 66 años), aunque sorprende ver que solo ha publicado 10 álbumes en estos 40 años. “De joven tuve una familia, dediqué mucho tiempo a criar a mi hija, y durante los últimos 10 años trabajé en el teatro, con un espectáculo basado en la vida de la escritora Carson McCullers. A finales de 2019 pensé que era hora de grabar un nuevo disco, y entonces llegó la covid”, afirma desde la habitación de un hotel en Francia. En la pantalla se la ve afable, con una camiseta de listas horizontales, su inconfundible flequillo rubio y unas gafas de pasta. El coronavirus es el tema que más sacará durante la charla: para explicar que su ciudad, Nueva York, ha cambiado a peor desde entonces; que llevó fatal los conciertos online durante el confinamiento y que ahora ya no firma discos después de cada actuación porque fue así como se contagió del virus dos veces. “Ahora lo hago antes”, afirma una artista a la que sigue encantando actuar en vivo. “Siempre he querido estar en un escenario desde niña, y siento que mi razón de existir es tocar para un público, pequeño o grande, da igual”.
Hace 20 años, todas las tardes después de la escuela en Latinoamérica o los fines de semana en España, los chicos sintonizaban Disney Channel para seguir la historia de Miley Stewart, una adolescente con una vida normal y una carrera oculta como estrella pop. Fueron miles quienes crecieron a su lado, de 2006 a 2011, con decenas de conciertos y éxitos musicales, merchandising con su rostro y dos películas de éxito en taquilla. La actriz detrás de ese personaje, Miley Cyrus (Tennessee, 33 años), se convirtió en la principal estrella Disney, símbolo de una industria hoy extinta, que tuvo su época dorada en las primeras décadas de este siglo.
En un tiempo donde el periodismo atraviesa una encrucijada que determinará tanto su propia supervivencia como la de las libertades y las democracias, los Premios Ortega y Gasset de Periodismo celebran a tres referentes globales de “honestidad, valentía, ética y oficio”. Mediante una edición extraordinaria con motivo de los primeros 50 años de vida de EL PAÍS, que se cumplirán el próximo 4 de mayo, los galardones que otorga anualmente este periódico desde 1984 y son los más prestigiosos del periodismo en español honrarán las trayectorias de Svetlana Alexiévich, Sergio Ramírez y Martin Baron.


El Homo Sovieticus, ese ser histórico, cultural y mítico, al que Svetlana Alexiévich dedicó su último libro, no solo sigue vivo —“en el Kremlin y disparando en Ucrania”, como ella misma dice—, sino que tiene múltiples aliados, simpatizantes aventajados y adeptos en otros parajes bien distintos al entorno soviético-europeo donde la escritora bielorrusa nació (Stanislav, hoy Ivano-Frankivsk, Ucrania, en 1948), se formó y trabajó.

Pocos escritores latinoamericanos han tenido que huir del poder que en algún momento transformaron. Sergio Ramírez escribe hoy lejos de Nicaragua, con la distancia forzada del exilio y la cercanía obstinada de quien se niega a dejar de mirar a su país. En esa tensión —entre pertenencia y expulsión, entre memoria y presente— se mueve parte de su gran figura. Ramírez no es solo un novelista reconocido ni un expolítico reconvertido en intelectual: es, sobre todo, el testimonio incómodo de lo que ocurre cuando una revolución envejece y algunos de sus protagonistas se niegan a envejecer con ella.
Los dos grandes hitos de la carrera del periodista estadounidense Martin Marty Baron tienen que ver, cada uno a su manera, con la luz. Está Spotlight (el foco), el equipo de investigación que destapó los abusos sexuales de la archidiócesis de Boston cuando Baron era director del Globe, el gran diario de la ciudad. Y está también el eslogan “La democracia muere en la oscuridad”. Lo colocó hace nueve años —y se imprime aún cada día— bajo la mancheta de The Washington Post, periódico que el galardonado con el Premio Ortega y Gasset este año dirigió con brillantez entre 2013 y 2021.
Si se te llena la boca con la palabra libertad deberías entender que un artista que acude a una gala aproveche su momento para agradecer la suerte que lo llevó hasta allí y para denunciar la injusticia como un ciudadano. La denuncia ha sido consustancial al arte, así que no hay que extrañarse de que los cómicos, que se movieron con frecuencia en los márgenes de la sociedad, sientan una identificación mayor con quien es vapuleado. Si lo que dices es que la gente del cine se ve presionada a manifestarse acerca de ciertas causas porque sus compañeros lo hacen, te diría que son oficios gregarios, lo son, porque es una profesión de gente vulnerable que necesita sentir el calor del grupo y unos influyen en otros de manera natural. Hay un lazo invisible que los une, y solo cuando pasas tiempo entre ellos entiendes ese calor que les protege. Si lo que piensas es que así consiguen más trabajos, subvenciones, o ventajas, te diré que jamás he conocido a un actor o actriz que logre más papeles por manifestarse contra una guerra, por la causa palestina, la feminista o la que fuere. No creo que a la hora de definir un reparto se considere la ideología del artista. Solo hay que ver películas de Berlanga, tan llenas todas de secundarios, para observar que convivían criaturas de todo pelaje. Si crees que elegir el momento de una fiesta como los Goya para denunciar la inhumanidad beneficia y no pasa factura, te equivocas, porque parte del público, que posee ya prejuicios contra el cine español, los agrandará aún más y colocará a quien lució una chapa reivindicativa en la casilla de los rebeldes paniaguados. Si a nadie le gusta caer mal, a quien hace un trabajo público mucho menos.
Siempre he desconfiado de dos tipos de análisis históricos, los que sirven para enseñar la historia de un país en la escuela, y los que salen de la boca de los políticos. Los primeros funcionan como mecanismo de construcción de las identidades nacionales; los segundos favorecen aquellas interpretaciones de las que creen poder extraer algún rendimiento político —véase las declaraciones de Ayuso sobre la Conquista—. Dado, además, que el nacionalismo todo lo impregna, no es posible hablar de una historia nacional no ajena a él; siempre está cargada de sesgos: el destino compartido, el enaltecimiento de las “gestas gloriosas” y el heroísmo popular, —la nación “imaginada” (B. Anderson), en definitiva—. Y, correlativamente, de victimismo ante la acción de otros y el señalamiento constante de algún enemigo. Sin la oposición a ese otro malo, no hay forma de construir un nosotros bueno. Lo que a alumnos españoles se presentaba como los “gloriosos Tercios de Flandes” contrasta con la calificación de ese mismo contingente como “crueles asesinos” en las aulas holandesas. Y así casi todo.