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El Homo Sovieticus, ese ser histórico, cultural y mítico, al que Svetlana Alexiévich dedicó su último libro, no solo sigue vivo —“en el Kremlin y disparando en Ucrania”, como ella misma dice—, sino que tiene múltiples aliados, simpatizantes aventajados y adeptos en otros parajes bien distintos al entorno soviético-europeo donde la escritora bielorrusa nació (Stanislav, hoy Ivano-Frankivsk, Ucrania, en 1948), se formó y trabajó.

Pocos escritores latinoamericanos han tenido que huir del poder que en algún momento transformaron. Sergio Ramírez escribe hoy lejos de Nicaragua, con la distancia forzada del exilio y la cercanía obstinada de quien se niega a dejar de mirar a su país. En esa tensión —entre pertenencia y expulsión, entre memoria y presente— se mueve parte de su gran figura. Ramírez no es solo un novelista reconocido ni un expolítico reconvertido en intelectual: es, sobre todo, el testimonio incómodo de lo que ocurre cuando una revolución envejece y algunos de sus protagonistas se niegan a envejecer con ella.
Los dos grandes hitos de la carrera del periodista estadounidense Martin Marty Baron tienen que ver, cada uno a su manera, con la luz. Está Spotlight (el foco), el equipo de investigación que destapó los abusos sexuales de la archidiócesis de Boston cuando Baron era director del Globe, el gran diario de la ciudad. Y está también el eslogan “La democracia muere en la oscuridad”. Lo colocó hace nueve años —y se imprime aún cada día— bajo la mancheta de The Washington Post, periódico que el galardonado con el Premio Ortega y Gasset este año dirigió con brillantez entre 2013 y 2021.
Si se te llena la boca con la palabra libertad deberías entender que un artista que acude a una gala aproveche su momento para agradecer la suerte que lo llevó hasta allí y para denunciar la injusticia como un ciudadano. La denuncia ha sido consustancial al arte, así que no hay que extrañarse de que los cómicos, que se movieron con frecuencia en los márgenes de la sociedad, sientan una identificación mayor con quien es vapuleado. Si lo que dices es que la gente del cine se ve presionada a manifestarse acerca de ciertas causas porque sus compañeros lo hacen, te diría que son oficios gregarios, lo son, porque es una profesión de gente vulnerable que necesita sentir el calor del grupo y unos influyen en otros de manera natural. Hay un lazo invisible que los une, y solo cuando pasas tiempo entre ellos entiendes ese calor que les protege. Si lo que piensas es que así consiguen más trabajos, subvenciones, o ventajas, te diré que jamás he conocido a un actor o actriz que logre más papeles por manifestarse contra una guerra, por la causa palestina, la feminista o la que fuere. No creo que a la hora de definir un reparto se considere la ideología del artista. Solo hay que ver películas de Berlanga, tan llenas todas de secundarios, para observar que convivían criaturas de todo pelaje. Si crees que elegir el momento de una fiesta como los Goya para denunciar la inhumanidad beneficia y no pasa factura, te equivocas, porque parte del público, que posee ya prejuicios contra el cine español, los agrandará aún más y colocará a quien lució una chapa reivindicativa en la casilla de los rebeldes paniaguados. Si a nadie le gusta caer mal, a quien hace un trabajo público mucho menos.
Siempre he desconfiado de dos tipos de análisis históricos, los que sirven para enseñar la historia de un país en la escuela, y los que salen de la boca de los políticos. Los primeros funcionan como mecanismo de construcción de las identidades nacionales; los segundos favorecen aquellas interpretaciones de las que creen poder extraer algún rendimiento político —véase las declaraciones de Ayuso sobre la Conquista—. Dado, además, que el nacionalismo todo lo impregna, no es posible hablar de una historia nacional no ajena a él; siempre está cargada de sesgos: el destino compartido, el enaltecimiento de las “gestas gloriosas” y el heroísmo popular, —la nación “imaginada” (B. Anderson), en definitiva—. Y, correlativamente, de victimismo ante la acción de otros y el señalamiento constante de algún enemigo. Sin la oposición a ese otro malo, no hay forma de construir un nosotros bueno. Lo que a alumnos españoles se presentaba como los “gloriosos Tercios de Flandes” contrasta con la calificación de ese mismo contingente como “crueles asesinos” en las aulas holandesas. Y así casi todo.
El primer recuerdo que guardo de mi llegada a este mundo es el del sonido denso y profundo de un bombardeo unido al de una plegaria que salía de la oscuridad de aquel refugio antiaéreo implorando piedad al Dios de los Ejércitos. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, líbranos, Señor, de todo mal, rezaba una voz dolorida de mujer. Era hacia el final de la Guerra Civil. Tenía yo poco más de dos años e imagino que en algún bulbo del cerebro esos sonidos de las bombas y las plegarias quedaron para siempre unidos con el rumor del oleaje del mar y del sol radiante de una incipiente primavera, sensaciones que llevo siempre aparejadas. Puede que este hecho haya dañado mi subconsciente, de forma que ahora cuando contemplo las imágenes de tanta crueldad y miseria en los telediarios me parece todo tan natural como inexorable. Desde entonces pienso que van siempre unidos la muerte y la vida, el bien y el mal, la naturaleza y la historia, el heroísmo y la villanía, los hombres matándose y los pájaros cantando, los niños muriendo y las flores perfumando el aire, las ratas felices saliendo de las alcantarillas a tomar el sol entre los escombros y la brisa moviendo los álamos, el mundo a punto de partirse en cuatro pedazos y los amantes besándose, la gente llenando los bares y los profetas son saber nada del mañana. Pero en medio de tanta confusión nadie ha podido impedir que llegara la primavera a este hemisferio donde un ser diabólico de orejas puntiagudas ha enamorado al errático amo del imperio que se divierte soltando hierros por todas partes. Se equivoca quien piense que hasta aquí nunca llegarán los misiles; de hecho, aunque caigan muy lejos, los misiles estallan en el cerebro de cada ciudadano con esa carga de odio y miedo que destruye los pilares en que se sustentaban los viejos ideales y certezas, de modo que si alguien quiere estar a salvo deberá buscarse su propio refugio antiaéreo. Por mi parte me voy a refugiar bajo la primavera recién llegada.
Esta guerra se empantana. Debía ser un paseo militar. Cosa de cuatro días. Llevamos tres semanas. ¿El objetivo? Antes de la agresión, Donald Trump convocó a los iraníes a rebelarse contra los ayatolás. Sin éxito. Así que inutilizó a Jameneí I (y parte de su corte), un remedo del modelo venezolano.
La noticia dio la vuelta al mundo en minutos. La inteligencia artificial (IA) había conseguido por primera vez una medalla en la prestigiosa Olimpiada Internacional de Matemática (IMO, por sus siglas en inglés), un concurso en que los 600 chavales más brillantes del mundo se enfrentan a seis problemas que han sido diseñados en secreto durante un año, y que deben resolver con solo lápiz, papel y su cerebro. Es mucho más que un concurso. Es el lugar en el que se maceran las mentes matemáticas que después solucionarán problemas imposibles y dirigirán las compañías tecnológicas que gobiernan el mundo. La noticia de la medalla que ganó la IA fue publicada por miles de medios y elegida como uno de los mayores avances científicos del año por la revista Science. Y aquí es cuando la narración comienza a complicarse. Porque la noticia es mentira.
Antes de que al pintor Lorenzo Aguirre lo sacaran de su celda para ajusticiarlo a garrote vil una mañana de octubre de 1942; antes de que el artista intentase calmar a su verdugo diciéndole “tranquilo, usted no es responsable: es su trabajo”; antes de que la maquinaria represora del franquismo asesinara en la cárcel madrileña de Porlier a este escenógrafo, cartelista, ilustrador, letrista, paisajista y caricaturista comprometido con la República que había escapado de España por la Guerra Civil y que luego regresó desde Francia por la ocupación nazi; antes de que su cuerpo cayese inerte al suelo y luego el régimen ordenase el borrado de su entrada en la Enciclopedia Espasa-Calpe para que nunca nadie volviese a oír el nombre de Lorenzo Victoriano Aguirre Sánchez, aquel hombre de 57 años condenado a muerte, acusado de auxilio a la rebelión, perseguido por comunista y masón... Antes de todo eso, aquel hombre calvo y de temperamento alegre se dispuso a despedirse de sus tres hijas en la frialdad de una celda. De su esposa, Paquita, ya lo había hecho por carta.

El PSOE ha disfrutado esta semana de una tregua con la que casi nadie contaba. Las elecciones en Castilla y León han aliviado la racha de malos resultados en Extremadura y Aragón. Aunque no le dé para gobernar, los dos escaños ganados y el leve repunte de votos han sido un respiro para los socialistas antes de las elecciones de Andalucía, la gran prueba de fuego para Ferraz y La Moncloa que puede condicionar el resto de la legislatura. Todo el partido, desde la cúpula a los militantes de base, contiene el aliento a la espera de que el presidente autonómico, Juan Manuel Moreno, convoque los comicios. El objetivo del barón del PP es revalidar la mayoría absoluta en la Junta, donde ya lleva siete años y medio. El de la vicepresidenta María Jesús Montero, aunque no se reconozca en público, es que la pierda y que dependa de Vox. Pero el miedo que los socialistas no se quitan de encima es que la todavía número dos del Gobierno y del PSOE baje de los 30 escaños que obtuvo Juan Espadas en 2022, la peor marca en su antiguo bastión y a años luz de las décadas de poderío en las que la todopoderosa federación andaluza duplicaba ese número de diputados.



