Home Investigacion en Intelligencia Artificial y Desarrollo de Algoritmos Desarrollo de Energia Nuclear y Avances en Fisica Nuclear Innovacion en Tecnología de Vanguardia
Birchbark Books, en Minneapolis, es una de esas estupendas librerías que, repartidas por Estados Unidos, piden a sus empleados que recomienden este o aquel título. La diferencia es que en Birchbark una de las recomendadoras, que firma sus papelitos como Louise, es algo más que una lectora con buen gusto. Porque Louise es Louise Erdrich (Little Falls, Minnesota, 71 años), la gran voz de las letras nativas y una de las escritoras más admiradas del país.


Llega al piano bar del hotel donde quedamos, desierto a la una de la tarde, y, al verla, se produce esa sensación de conocer a alguien de toda la vida, aunque no hayas intercambiado jamás una palabra, que provocan ciertas celebridades especialmente populares. Pese a su ropa negra, su pelo negro y sus ojos negrísimos, o quizá precisamente por todo ello, su cutis resplandece, como iluminado por dentro. Educada y algo tímida de entrada, le proponemos hacer primero las fotos para charlar después tranquilamente y, delante de la cámara parece crecerse dos palmos sosteniendo la mirada en un primerísimo plano al alcance de muy pocos rostros y aplomos. El piano, y un sombrero de copa de atrezo parecen pedir a gritos participar en el festín gráfico y Ruiz no solo no pone pegas a la sugerencia, sino que la hace suya para delicia del fotógrafo. Da gusto verla actuar aunque nadie haya gritado “acción”. Le sobra oficio.

Toda vida, por normal que sea, es extraordinaria porque es única. Eso sostiene Carmen Ruiz (Madrid, 51 años) sobre sus personajes y sobre su propia persona. Empezó a estudiar interpretación a los 24 años, cuando otros ya habían acabado la carrera, pero con las cosas muy claras: quería dedicarse a la escena. Y se puso a ello literalmente. Montando y desmontando escenarios con un grupo de amigos hasta ir imponiendo, a base de talento y cabezonería, su presencia en algunos de los montajes más recordados de las últimas décadas, porque su notable carrera televisiva y cinematográfica -Yo soy Bea, Mujeres- le ha dado popularidad, pero la carrera teatral le ha reportado el prestigio unánime del público y la crítica. Ahora estrena, junto a su compañera y amiga Malena Alterio, La vida extraordinaria en los teatros del Canal de Madrid.
Nadie está a salvo de verse atrapado por el Madrid de los precios inmobiliarios disparados. Ni siquiera todo un gobierno autonómico. A finales de 2025, la Generalitat de Cataluña tuvo que decir adiós a su histórica sede de Alcalá, 44, al lado del Banco de España y el Círculo de Bellas Artes. La aseguradora Zurich, dueña del edificio, lo había vendido a un grupo de inversores mexicanos con el proyecto inicial de hacer un hotel de lujo. Despojada de este lugar de referencia, la representación del Govern se desplazó a un lugar mucho menos emblemático, la calle Orense en el distrito de Tetuán, donde ahora paga un alquiler de 64.945,95 euros al mes, según datos obtenidos por EL PAÍS en aplicación de la ley de transparencia. Sin embargo, la odisea inmobiliaria de esta institución no acaba ahí: el concurso que lanzó para comprar una sede en el centro de Madrid, y así ahorrar costes, ha quedado desierto. Los 33 millones ofertados no son suficientes para adquirir los 2.500 metros cuadrados que quiere la Generalitat en la zona VIP de la capital (distrito Centro o barrios de Recoletos, Goya, Lista y La Castellana). En Madrid, el precio del metro cuadrado cotiza como si los ladrillos fueran de oro.


En Puig hay dos genes que han conformado desde el inicio el ADN de esta empresa catalana de perfumería, moda y maquillaje. Uno es el gen de empresa familiar: mirada larga, pensar siempre en el legado a la siguiente generación, construcción de un proyecto perdurable. El otro es el gen de empresa cotizada, que Puig ya tenía incluso antes de su salida a Bolsa en mayo de 2024: gestión profesional, frialdad y racionalidad en las decisiones, rendición de cuentas. En el nuevo salto que enfrenta ahora la familia Puig, los dos genes se vuelven a dar la mano. La posible fusión con Estée Lauder, cuyas negociaciones ambas compañías han confirmado, no es solo una operación corporativa para ganar tamaño y competir con los más grandes del sector; también es una manera de situar el proyecto familiar en una nueva dimensión después de muchos años marcados por el proceso de profesionalización de esta compañía, en el que la cuarta generación de los Puig tiene muy asumido que no tendrá ningún rol ejecutivo.
En L’Équipe de este sábado, la viñeta reflexiva-humorística de Lasserpe. Bajo el título, “test de feminidad en los Juegos Olímpicos de 2028”, dos hombres, una tabla de planchar con ropa arrugada encima y una mujer: “Tiene cinco minutos para planchar una camisa”. La mujer, hombros caídos, fatalista, rendida, se lamenta: “Cuando hablamos de un gran paso atrás, estamos aún muy lejos de la realidad”.
Las mujeres han sido desde antiguo seres sospechosos en el deporte, una actividad social creada por y para los hombres. En los Juegos Olímpicos de la Antigüedad, las mujeres tenían prohibido traspasar el río Alfeo que cruzaba el bosque sagrado de Altis, en la antigua Olimpia, bajo apercibimiento de pena de muerte. Se trataba con ello de evitar que se introdujeran en el recinto olímpico pasando desapercibidas entre la multitud que acudía al Estadio Olímpico donde los participantes, todos varones, competían desnudos.

Ewa Pajor (Pęgów, Polonia; 29 años) empezó a disparar contra una portería improvisada en la pared de un granero en su aldea de 70 habitantes. “Cuando era pequeña, siempre jugaba para marcar goles. Como lo hacíamos todos los días, todo el rato, siempre me gustó”, recuerda al sol de la Ciudad Deportiva del Barça. Nadie tuvo que convencerla de ser delantera. Los goles la arrastraron, llevándola de aquel granero a ser una de las atacantes más determinantes del mundo.



Esa mañana Maruja Vilches se vistió con esmero. Se quitó sus mejores pendientes, desnudó sus dedos de sortijas. Se lavó la cara, eliminando todo rastro de maquillaje. Se calzó las sandalias, se enfundó en la túnica y se puso el antifaz. Tuvo que hacerlo al resguardo de miradas, pues iba a procesionar de incógnito. Llegó a la iglesia con el tiempo justo, un nazareno anónimo y presuroso por las calles de Sevilla. Era 1985.
La reciente eliminatoria entre el Real Madrid y el Manchester City de la Champions League se recordará por ser la tercera eliminación consecutiva del equipo mancuniano a manos de los madridistas, por los tres goles de Federico Valverde en el partido de ida y por una camisa. Concretamente, un modelo de cuadros de la marca sueca Our Legacy, elaborado en franela y perteneciente a la temporada otoño/invierno de 2024, que vistió Josep Guardiola, entrenador del City, en el segundo partido de la eliminatoria. Una elección inusual para un evento deportivo de máxima repercusión que provocó una cantidad de comentarios y artículos desproporcionada para tratarse de una camisa. Unas reacciones que además se dividieron en dos bandos opuestos: mientras el sector futbolístico tradicional se tomó con sorna la vestimenta de Guardiola, llegando a vincular su presunta falta de seriedad con una actitud de pasotismo, los círculos del menswear dentro y fuera de España aplaudían el atrevimiento de Guardiola. “¡Ayuda, me estoy obsesionando! ¿Ha contratado Pep Guardiola a un estilista?”, se preguntaba la edición británica de GQ.

Precious cierra los ojos y aprieta los puños mientras la aguja de la jeringuilla penetra en su muslo derecho e introduce lentamente un líquido amarillo verdoso. La misma operación se repite en el muslo izquierdo. “¡Ya estás protegida para seis meses!”, celebra la enfermera. Esa mañana soleada de marzo, en este pequeño centro de salud de Lobamba, un área rural de Esuatini, esta trabajadora sexual de 32 años acaba de convertirse en una de las primeras personas del mundo en recibir el lenacapavir, un fármaco que, administrado dos veces al año, ofrece una protección cercana al 100% frente al VIH.


