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En persona, Javier Negre tiene dos versiones. O no te mira a los ojos y responde con monosílabos o te dedica toda su atención y energía. Si le interesas, puede hablarte durante horas como si hubieran pulsado un botón en su nuca y por su boca brotara un torrente de palabras. Este reportaje le interesa. A sus 41 años, este malagueño, antiguo periodista de El Mundo y hoy responsable de una constelación de medios acusados de difundir bulos y demagogia de ultraderecha, es tachado por muchos de farsante. Él quiere demostrar lo contrario. Quiere probar que, en el Washington de Donald Trump, lo toman en serio.






El historiador y filósofo israelí Yuval Noah Harari, de 50 años, experto en analizar la humanidad como un todo, sus constantes y, sobre todo, sus peligros, espera a EL PAÍS a mediodía en un coqueto y silencioso hotel escondido en el bonito barrio lisboeta de Lapa. El famoso autor de Sapiens, Homo Deus o Nexus, todos publicados por Debate en España, que ha vendido más de 50 millones de ejemplares, acaba de pedir un té, viste una camisa estampada y alegre y está sentado en una galería luminosa que da al majestuoso estuario del Tajo. Al fondo, el azul restallante del río que es casi ya el mar. La atmósfera es bellísima y en calma. Nada parece amenazar la quietud de esta mañana. Y sin embargo…


España y Francia jugarán una semifinal que muchos consideran una final anticipada. Es también lo que piensa el modelo estadístico con el que llevamos semanas haciendo predicciones en EL PAÍS: son los dos mejores equipos del torneo, un pasito por delante de Argentina y un escalón por encima de Inglaterra.

El periodista danés Rasmus Svaneborg se levantó esta semana en la cumbre de la OTAN, tomó el micrófono y le lanzó a Mark Rutte una pregunta que parecía fuera de lugar. No era sobre el 5% del gasto militar, ni sobre Ucrania. Le preguntó si eso de sentarse ahí, en silencio, mientras Trump hablaba de conquistar Groenlandia y despreciaba a aliados como España no afectaba al respeto que Rutte tiene por sí mismo. La pregunta parecía una disonancia, pero no por ella misma sino por el espacio donde se hizo. La cumbre está hecha para que solo parezca serio hablar de gasto, de capacidades, de disuasión. Cualquier palabra ajena a esa fría contabilidad (y “autorrespeto”, desde luego, lo es) queda marcada de antemano como ingenua. Devolverla al espacio público, en pleno lenguaje diplomático, es el gesto del que, como decía Havel, “vive en la verdad”, el que rompe el hechizo del cuarto donde todos han acordado no ver lo que todos ven. Al pronunciarla en voz alta, Svaneborg dijo lo que la gramática oficial prohíbe decir: que nos están humillando, y que el silencio de los nuestros es una forma de consentimiento.
Un estado de ánimo ciclotímico envuelve al PP en el final del curso político. Tras la euforia con la que los populares terminaron el periodo de sesiones, sacando adelante una votación no vinculante sobre la dimisión de Pedro Sánchez con los votos de Vox y de Junts, el clima interno ha cambiado completamente después de dos semanas enredados en una sucesión de errores no forzados. La inquietud se ha disparado ahora después de que Alberto Núñez Feijóo acumule varios tropiezos discursivos que, según admiten dirigentes de distintos niveles, han desviado el foco en un momento en el que la estrategia consistía precisamente en no regalar debates al Gobierno de Pedro Sánchez, que sufre debilitado por las investigaciones sobre corrupción. “Deberían parar y revisar ese modo de trabajo, reorganizarse”, aconseja un veterano popular. “Es patente que Feijóo no se adapta bien a un ritmo tan rápido, quizá porque le faltan medios de apoyo, y seguramente también por una cuestión generacional”.
La Avenue de l’Avocaat de Waterloo (Bélgica) dibuja un rectángulo salpicado con chalés de dos plantas y tejado de pizarra, entre patios de césped tierno. Sin ser un cul de sac, es un vial poco transitado. Un doctor especializado en reumatología ofrece atención con cita previa en el número 30, pero la agenda de visitas suele ser más intensa en la villa de la esquina, donde un discreto cartel indica “Casa de la República Catalana”. En la entrada desde la acera, una cadenita roja sirve para advertir que el acceso al jardín queda restringido. Suele haber un guarda, sin uniforme ni enseña, con la misión de salir al paso del intruso y chequear si se le espera como invitado. Una de las personas que han accedido al interior de la vivienda este mes de julio cuenta que se marchó con una sensación confusa. A falta de poco para que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) haga público su veredicto sobre la ley de amnistía, previsto para este jueves día 16 y con la expectativa de que sea un espaldarazo al perdón judicial de los imputados en las causas derivadas del procés, la visita acudía a la casa con la idea de encontrarse a un inquilino ilusionado. Esperanzado al menos. Pero ese inquilino, Carles Puigdemont, lleva meses rumiando la idea de que, diga lo que diga el TJUE, se avecina otro requiebro judicial por parte del Tribunal Supremo y que su regreso a Cataluña deberá seguir esperando.
La ley de amnistía afronta la semana que viene un examen decisivo. El Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) dará a conocer el jueves, 16 de julio, su primera sentencia sobre la norma impulsada por el Gobierno y sus socios independentistas para dar carpetazo a todas las causas judiciales vinculadas al procés con el objetivo de favorecer “la normalización institucional, política y social en Cataluña”. La amnistía —acordada como condición de ERC y Junts para investir a Pedro Sánchez— entró en vigor en junio de 2024 y, dos años después, ha beneficiado a más de 300 personas entre políticos, ciudadanos y agentes de policía investigados o condenados por hechos relacionados con el proceso independentista catalán entre 2011 y 2023. Pero la ley no se ha aplicado a algunos de sus destinatarios principales, incluido el expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont, huido de la justicia española a Bélgica, y sobre quien el Tribunal Supremo mantiene activa una orden de detención tras concluir que el delito de malversación por el que se le procesó no es amnistiable.

El pequeño Žiga, de cinco meses, mira a la cámara fijamente con sus preciosos ojos azules. A simple vista, es un niño sano, pero tiene una enfermedad genética potencialmente mortal y extremadamente rara. Tan rara que en España o cualquier otro país europeo solo nace un niño cada tres años con esta dolencia. Žiga es el segundo paciente en el mundo que recibe una dosis alta de una nueva terapia génica que podría curarle para siempre. Y casi tan complejo como desarrollar el tratamiento experimental ha sido cumplir todo el papeleo para que este pequeño nacido en Šentrupert, una pequeña localidad eslovena, haya podido venir a Madrid para participar en el ensayo clínico.



Manuela Hernández trabaja limpiando edificios, una tarea que desarrolla cada día “con mucho dolor”. Entre otras dolencias, sufre tendinitis y rizartrosis, el desgaste de un cartílago de la mano. “Me duele mucho con casi todos los movimientos de mi trabajo, hasta para coger la fregona. También tengo problemas en el hombro. He llegado a ir con el brazo en cabestrillo y quitármelo para trabajar”, cuenta esta vallisoletana, que atiende a EL PAÍS junto a su marido, trabajador de la construcción. “Tiene 63 años, vértigos, problemas de cadera y le están pidiendo que suba al andamio”. Cuando se pregunta a Manuela por qué no está de baja para recuperarse, contesta: “Tengo 60 años. Imagínate que me echan a la calle, ¿qué hago? Me enfada y me frustra trabajar con dolor, pero me da miedo el despido“.

