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El intenso olor a explosivo se clava en la nariz mientras las botas de los militares remueven la tierra donde hace 24 horas funcionaba la clínica de la base militar del ejército iraquí de Hannabiya, reducida a escombros y cráteres este miércoles tras el impacto de dos misiles. El oficial Abdalá estaba a las nueve de la mañana con varios compañeros en la clínica cuando oyó un fuerte estruendo, seguido de otro. Lo siguiente que recuerda es estar atrapado debajo de un muro de hormigón que había vencido con el impacto. Los compañeros vinieron a socorrerlo cuando “el avión dio media vuelta en el aire, bajó altura y comenzó a disparar ráfagas de ametralladora”, rememora el soldado en una cama del hospital de Faluya donde han ido a parar parte de los 23 heridos. Este ataque, que provocó siete víctimas mortales, es el peor que sufren las tropas iraquíes desde que el pasado 28 de febrero Estados Unidos e Israel comenzaran la guerra contra Irán.

Una de las sensaciones más gratas que puedo recibir en el cine (y en la vida, por supuesto) es que me hagan reír. O tan solo sonreír. O ambas cosas. Altas capacidades lo consigue. Y con frecuencia me provoca un rictus en la boca, siento vergüenza ante la actitud de la mayoría de los personajes. A unos los desprecio por trepas y patéticos. Y es cruel la descripción de los dueños del tinglado. No hay piedad ante el comportamiento, los modales, la falsedad, el manejo mezquino del poder o las fatuas aspiraciones de los que, con su servilismo, pretenden buscarse profesional y socialmente un pálido lugar en el sol. Solo me merecen respeto los niños y la amarga lucidez y el pragmatismo de una señora colombiana, cuyo marido, presunto traficante, fue asesinado en la puerta del colegio de su hijo. Lo que veo y escucho posee acidez necesaria y brillante mala hostia, un patetismo en las falsas relaciones de los personajes que puede desatarte el rubor. Incluso al extremo de plantearte con cierto miedo eso de “yo no quiero ser como ellos, tan artificiales y falsos”.
Dirección: Víctor García León.
Intérpretes: Marian Álvarez, Israel Elejalde, Juan Diego Botto, Pilar Castro, Natalia Reyes, Bea Segura, Suso Nanclares.
Género: comedia. España, 2026.
Duración: 101 minutos.
Estreno: 27 de marzo.
Cuando los Rolling Stones entraron en los estudios Pathé Marconi, en las afuera de París, para grabar su decimoctavo álbum en abril de 1985, las tensiones entre sus componentes habían llegado a su momento más sensible. Tanto que se podría decir que, en aquel momento, no existían virtualmente como banda.

Qué fácil era ser cosmopolita cuando no venían nómadas digitales a subir el alquiler. Una de las cosas que más valoro de vivir en una gran ciudad es poder compartirla con personas procedentes de otros países, con otras tradiciones culturales y otras formas de ver el mundo. Como Madrid, en Barcelona hay poca gente que sea de Barcelona de toda la vida, quien no tiene un abuelo en el resto de Cataluña lo tiene en algún otro rincón de la Península y en los últimos tiempos en otro país, otro continente. Deambular por las calles sin rumbo y escuchar distintas lenguas es uno de los placeres gratuitos que me da mi ciudad.
El presidente del Gobierno procedió este jueves al relevo de María Jesús Montero, una decisión obligada por su marcha como candidata a la Junta de Andalucía y que se ha zanjado con cambios quirúrgicos en el seno del Ejecutivo, limitados a la promoción de Carlos Cuerpo como vicepresidente primero y al nombramiento inesperado de Arcadi España como nuevo ministro de Hacienda.

Que los políticos se enfrenten con mayor o menor dureza es algo que ha ocurrido siempre. Cuando hablamos de polarización como un fenómeno político peligroso para la convivencia nos referimos, sobre todo, a un clima social. Hablamos más de cómo actúan los electorados que de cómo actúan los líderes.
Este año habrías cumplido cien años, John, y no sé cómo hacer esto. No sé cómo rendir homenaje a alguien que ya no está cuando esa persona era, de un modo inexplicable, la prueba de que tú misma existías.
Las cerraduras no tienen ojo ya: ha sido sustituido por una cicatriz que no permite adivinar, desde este lado, lo que ocurre en el otro. Hubo un tiempo, sin embargo, en el que por el ojo de la cerradura nos asomábamos al mundo. Una de las primeras manifestaciones de ese mundo fue el pedazo de la habitación de los padres facilitado por ese ojo. Ni siquiera era preciso que ellos se hallaran dentro, y en actitud amatoria, para que el paisaje íntimo al que éramos capaces de acceder nos pareciera extraño. Un mundo extraño: eso eran aquella cama doble y aquel armario de tres cuerpos con un espejo en el central. Resultaba sobrecogedor el lugar en el que dormían mamá y papá. Allí se concibió lo inconcebible: nosotros. Todo lo que somos empezó a fraguarse en medio de un paisaje doméstico accesible a través del ojo de la cerradura.
Kaley G. M. nació en California hace 20 años. A los seis comenzó a ver vídeos de YouTube. Con ocho empezó a producir y a subir contenido a un canal que creó en esa plataforma. Un año después le regalaron su primer móvil y se abrió una cuenta en Instagram; después, entró en TikTok y más tarde en Snapchat. Según cuenta María Porcel, la corresponsal de este diario en Los Ángeles, desde los seis años, Kaley ha tenido ansiedad, depresión y problemas de dismorfia corporal. Sus abogados han tenido claro desde el principio que la culpa de su sufrimiento la tienen los algoritmos de las redes sociales, los filtros de belleza y el scroll infinito de estas plataformas, donde pasaba hasta 16 horas al día. Era adicta.